Mi pequeño Salottino

El ascenso de la autotutela

Hace poco más de un año, un buen amigo de la Universidad de Castilla La Mancha me preguntó por la Oferta Pública de Venta de acciones de Bankia. Le respondí que se olvidara y que se protegiera de estas cosas porque en realidad se trataba de una estafa organizada al más alto nivel, que la acción resultante no valía nada y que en consonancia con otras técnicas de corralito ya en marcha, estábamos ante un potente diseño para secuestrar el dinero del máximo número de personas. Al día siguiente, paseando por la hermosa ciudad de Toledo, bromeamos con un sorteo del Euromillones que anunciaba un suculento premio de 90 kilos. Algunos de los presentes me decían con tono jocoso que si nos tocaba, según mi tesis, podría comprar Bankia yo solo. Les repliqué que no estaría dispuesto a ofrecer más de 5 ó 6 euros por el total del capital social y que un Euromillones de tal calibre le da a uno para optar a otras formas de vida infinitamente más estimulantes y placenteras. Pensaron que era otro de mis exabruptos.

Pero mi amigo, además de una persona formidable, es un gran estudioso del Derecho público. Y por eso mismo el tratamiento de la cuestión tenía su interés. Él sabe perfectamente de las corruptelas del sistema, pero cree firmemente en el «Estado», en los reguladores, en la intervención pública y en categorías como el «interés general», para mejorar y asegurar las condiciones de vida de las personas. Yo, por el contrario, tengo desde hace tiempo una escasa consideración por las instituciones contemporáneas. Rara vez detecto en ellas ese pretendido espíritu de servicio que explicamos a los alumnos en las facultades y he terminado por confiar más en la idea de autotutela que en cualquier otra cosa. Estoy convencido, además, de que quienes consideran que desde las actuaciones de la Res Publica brota bondad o equidad, y que en sus intervenciones se encuentran las soluciones para los problemas de los ciudadanos, deberían redefinir cuanto antes sus planteamientos. Y deberían hacerlo precisamente por «interés general».

La autotutela como principio y realidad verificable

Thomas Hobbes nos enseñó que el proceso institucional de creación del Estado partía del temor de los hombres a la destrucción mutua. El hombre renunciaba de este modo al derecho a defenderse a sí mismo, transfiriendo ese derecho - que le era natural - para garantizar la protección recíproca de todos. El miedo de todos contra todos no desaparecía como elemento que condicionaba la vida de las personas, sino que ahora se convierte en un miedo de todos hacia el nuevo poder común soberano: el Estado. Un poder investido de una fuerza coactiva que alcanzaba así a todos y cuyo fin último, teóricamente, era asegurar la supervivencia colectiva. Gran invento.

Pero el propio Hobbes, al tiempo que construía su tesis, reparó en la felicidad como fin último y supremo de las personas. Su argumentación pasaba porque cada individuo debe procurar alcanzar esa felicidad a través de los medios que considere apropiados. Y aquí es donde podemos entrever la idea de autotutela frente a los semejantes y también, como no, frente a la nueva creación. Una idea que soporta la fórmula del «Rule of Law», que queda latente en este singular proceso y que incluso, llegado el caso, puede desarrollarse y hasta revertir el proceso de creación y consolidación institucional. Optar por los medios que uno considera adecuados para protegerse, además de conveniente en algunos casos, resulta hasta obligatorio. Especialmente ante el advenimiento de sucesos excepcionales que constatan el fracaso colectivo y que llevan a los sujetos a pensar que, efectivamente, ha llegado el momento de auto-tutelarse y alejarse de las directrices marcadas por la entusiasta creación, que de mecanismo que asegura lo convivencia, pasa a convertirse progresivamente en nuestro peor enemigo. Ni que decir tiene que las razones y caminos que llevan a esto son múltiples y frecuentemente de muy diversa naturaleza.

Habrá algún malpensado que crea ver en este análisis un llamamiento o defensa de la subversión. Ni mucho menos. Sólo abordamos una cuestión que creo que tiene su interés porque, entre otras cosas, esos vestigios y opciones de autotutela no solamente representan un reclamo constante frente a los excesos de quienes detentan formas de poder general, sino porque conforme se agrava la situación económica, no podemos obviar que el recurso avanza progresivamente, convirtiéndose en una realidad palpable y verificable. En gran medida como consecuencia, insistimos, del fracaso social colectivo y de ese poder común, directamente anudado en nuestro tiempo al sistema representativo.

La imagen es del grabado de Pieter Van der Heyden, del cuadro «La batalla por el dinero», de Pieter Brueguel el Viejo, del siglo XVI. Un documento que, analizado en sus justos términos, contiene más y mejor información que cualquiera de los informes que por ahí circulan y que nos evoca y explica ese fracaso del poder común soberano. De esa ecuación compuesta por el principio de legalidad, la idea de libertad y el orden social por concurrencia, como consecuencia, según muchos, del desarrollo de políticas económicas erróneas. Tal vez tengan razón y así es como se abre progresivamente una situación de lucha generalizada, real o virtual, de mayor o menor intensidad, que no solamente nos adentra en unos escabrosos escenarios de incertidumbre que ponen en jaque toda la estructura jurídica, política e institucional en la que algunos - la mayoría - venían confiando ciegamente, sino que viene a legitimar, desde esa otra perspectiva, la autotutela de los individuos. Actuaciones o reacciones que en otro contexto serían seguramente impensables o al menos reprochables por algunos.

El fenómeno no me lo he inventado, está ahí y sólo hay que observar e interaccionar un poco con nuestro entorno para tomar conciencia de ello. Su fuerza es innegable y no parece que haya reforma ni diario oficial que pueda contenerlo ante los continuos fracasos de las fuerzas oficiales y su correspondiente deslegitimación. Su estado es avanzado y quién lo iba a decir, pero la idea de autotutela ya seduce incluso a quienes en principio renegarían de ella por su fiel confianza y fe en la Res Publica. Seguramente muchos de ustedes conocerán interesantes ejemplos al respecto. Porque la autotutela no es exclusivamente un fenómeno económico o dinerario, se propaga entre nosotros de muy diferente manera y no siempre de buenos modos. Piensen que son los propios miembros de la Res Publica quienes se comportan estos días como los protagonistas del grabado de Pieter Van der Heyden. No obstante, para tomar conciencia del proceso, personalmente me quedo en este momento con quienes, a marchas forzadas, están sacando sus ahorros del país y quienes insistentemente preguntan por cómo hacerlo. Ya hay de todo. No crean que se trata de un recurso de grandes fortunas o sujetos que pueden permitirse determinados asesoramientos. Autotutela.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba