Mi pequeño Salottino

Se agrava la situación

Más allá de las previsiones macroeconómicas, las estadísticas sobre concursos y liquidación de empresas, la caída de la recaudación fiscal, el número de desahucios o el alarmante desempleo, creo que interesa reflexionar en este momento sobre el desconcierto generalizado que se vive en toda Europa. La inestabilidad y desasosiego es evidente que ya excede, con mucho, de la mera problemática financiera.

No me considero una persona de esas que pasan cinco días en un país y regresa a casa exponiendo una teoría general de los males que azotan a la nación de turno, pero he tenido ocasión de viajar por casi toda Europa en los últimos años y el panorama no es nada alentador como, por otro lado, ya sabe todo el mundo. Ayer regresé de Italia y las sensaciones no pueden ser más inquietantes respecto del país transalpino, que replica ya algunos fenómenos conocidos en otros lugares y tal vez adelanta otros que seguramente están por llegar a otras latitudes.

En Italia el dinero huye de manera más o menos organizada a una velocidad más que notable desde hace tiempo. Insignes empresas, como la boloñesa Ducati, se ofrecen abiertamente a inversores extranjeros, también cunde el desánimo entre la población más joven e incluso vuelve – si es que alguna vez se fue – el fenómeno spalloni. Aquellos cargadores de dinero que llegaban a Suiza a través de las montañas en busca de mejor resguardo. A esto hay que añadir también el particular lío montado con las pensiones, otras medidas de austeridad nada populares y las consecuencias de la prohibición de realizar pagos en efectivo de más de mil euros tras la aprobación de la Legge 214, 22 dicembre 2011. Una norma pensada, al parecer, para combatir el dinero de dudosa procedencia, pero que tiene al mismo tiempo tintes de pseudo-corralito que dan mucho que pensar.

Estas medidas, una detrás de otra, además de generar un profundo malestar entre la población, parecen provocar una importante inmovilización de capital en un momento en el que urge precisamente lo contrario, pero por encima de todo evidencian las acuciantes necesidades de recapitalización de la cosa pública a costa de los anhelados ciudadanos, que en el caso italiano, en general, hay que admitir que su exposición al endeudamiento privado ha sido bastante más prudente que en otros muchos lugares, por lo que la desazón en muchos casos está más que justificada.

El malestar europeo: de Nigel Farage a Pierluigi Bersani

Una rápida ojeada al exterior, sea en Italia o en cualquier otro país de nuestro entorno, nos sirve para detectar que a la fase inicial de sentimiento antieuropeo que surgió con fuerza en Alemania y otros países nórdicos hace unos años al entender ellos que representaban la ortodoxia y la disciplina, le acompaña ahora otra fase de sentimiento antigermánico extendida por toda la orilla del Mediterráneo al entender sus pobladores que el sufrimiento provocado es directamente imputable a las exigencias de Berlín. No es catastrofismo, alarmismo ni agitación de fantasmas del pasado, es un hecho notorio como consecuencia de esa imputabilidad del sacrificio que padecen hoy millones de personas al pasaporte teutón con el beneplácito de sus propios políticos primero, y de los burócratas de Bruselas después.

El británico Nigel Farage lleva años enmendando la plana a todo elestablishment europeo, advirtiendo abiertamente del desastre y enunciando las verdades del barquero sobre lo que está sucediendo en el continente. Desde Bruselas sólo ha recibido exorcismos y caricaturizaciones repetidas veces, pero una de sus intervenciones merece la pena retenerla por lo que pueda pasar en el futuro. De hecho, esta intervención que se enlaza, nos evoca un estupendo pasaje de la fantástica película de James Ivory ambientada en los años 30: «Lo que queda de día». En concreto, aquella escena en la que el joven diplomático norteamericano (Cristopher Reeve) irrumpía la comida de altos dignatarios europeos para brindar efusivamente por todos ellos; «por aficionados y por incapaces de comprender mínimamente lo que estaba sucediendo en el mundo». Algo así es lo que lleva haciendo N. Farage mucho tiempo en Bruselas sin que nadie le hiciera mucho caso, aunque algunos parece que lo han entendido ahora, si bien nunca le darán la razón.

Por su parte, Pierluigi Bersani, político italiano de una tradición política muy diferente, ha expresado recientemente su profunda vergüenza por lo que está sucediendo con Grecia <>, como de hecho se está haciendo y pensar que todo seguirá igual.

Efectivamente, nadie medianamente cuerdo puede pensar que esto será una buena estrategia porque las heridas abiertas, en caso de quedar solamente en eso, tardarán décadas en cicatrizar. De hecho, la tensión ha llegado hasta tal punto que en Grecia ya reclaman la deuda de guerra de Alemania para salvar/compensar sus cuentas. Esto no es ninguna frivolidad, encierra mucha más información de lo que inicialmente pueda pensarse e ilustra a la perfección sobre lo que está sucediendo.

Nadie está en condiciones de saber lo que sucederá pasado mañana y si unos y otros tienen cabida en eso que siguen llamando «Europa». Además, cualquier intento de explicar o diseñar una nueva genealogía de la estructura de poder parece que tendría igualmente escaso éxito, pero sí es el momento de recordar a quienes se parapetan detrás de las instituciones que todo el poder del Estado, ese que se practica desde los diarios oficiales y culmina con el mecanismo de la coacción y la fuerza, trae su causa en la transferencia de poder de la propia sociedad. Quienes encarnan el Estado y sus ejércitos de burócratas parecen haber creído durante demasiado tiempo que la fuente de alimentación era otra y en sus brazos se echaron, pero el nutriente es la gente misma, esa que hoy están estrangulando sin ni siquiera explicarles con claridad los motivos.

Twitter@JJGAlonso


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba