Mi pequeño Salottino

Se agrava la situación. Otra vez.

Tenía previsto escribir esta semana sobre un asunto diferente, pero las noticias que llegan desde Flandes, Frankfurt y Francia, creo que son ya lo suficientemente inquietantes como para optar por un cambio de última hora en la temática.

La estabilidad de la eurozona dicen que pasa inevitablemente por este proceso de ajuste y consolidación fiscal que nos tiene en vilo desde hace ya tiempo. Pero más allá de los objetivos marcados a este respecto, lo cierto es que nadie parece estar en condiciones de determinar  qué se entiende por estabilidad ni cuales serían «los niveles adecuados de estabilidad». El proceso, además, se ha convertido en un fin en sí mismo y la razón de ser de la totalidad de las autoridades sin que nadie parezca estar en condiciones de contradecir la consigna. Y cuando esto sucede, vemos que incluso caen gobiernos y parlamentos enteros si hace falta. Lo cual nos da una idea de la gravedad del asunto.

Pero si el objetivo de toda comunidad debe ser la paz y el bienestar, conviene preguntarse si en realidad estamos bien encaminados. Porque no parece que la estabilidad pase exclusivamente por el proceso trazado y ni mucho menos está claro que aquella quede garantizada por éste. Es cierto, no obstante, que sólo la estabilidad puede minimizar los extremismos, y como bien advertía el viejo Kostolany, sólo la estabilidad evita que surjan los cazadores de ratas tanto de derechas como de izquierdas. El principal objetivo, por tanto, debe ser siempre la estabilidad política, pero como dijo Helmut Schmidt, para lograrla «siempre es preferible un cinco por ciento de inflación que un cinco por ciento de paro». Y es aquí donde seguramente hemos fracasado con estrépito, quedando claro que algunos lo han entendido demasiado tarde, habilitando de este modo la referida caza.

En cualquier caso, lo realmente preocupante en Europa en este momento ya no es el daño que J.C. Trichet haya podido hacer al continente desde su presidencia del Banco Central Europeo o las resistencias y disparates de los analfabetos que, uno tras otro, han ido desalojando las presidencias de gobierno. Ahora se trata de gestionar la confrontación real o virtual que existe entre los países europeos y el clima generalizado de desconfianza que sólo bajo el aparentemente poderoso paraguas de Bruselas se intenta minimizar o incluso ocultar. Pero como sucede con la ópera o las sinfonías, siempre es posible detectar el tema que se repite, ese que suena de fondo; en segundo plano.

El sistema representativo como problema

Este subtítulo puede resultar provocador para algunos. Es posible también que se me acuse de vaya usted a saber qué cosa, pero el dramático escenario que afrontamos como sociedad lo último que necesita es precisamente el politiqueo en el que tan cómodos se encuentran algunos. Garabateando argumentarios en unos casos, charlataneando en las ondas, en otros. Preocupados exclusivamente por lo particular o por los intereses del grupúsculo y evidenciando que ni forman ni parecen querer formar parte de un sistema representativo mínimamente decente.

El desconcierto que padece mucha gente ante el contexto y los acontecimientos de los últimos meses, tal vez se explica precisamente en este sentido. Porque la estabilidad de la que hablábamos antes y la neutralización de serias deflagraciones populares, por mucho que pueda sonrojarnos, está directamente relacionada con la necesidad de arrinconar la política y también a los políticos, que dicho sea de paso, se encuentran absolutamente sobredimensionados. Desconozco si hay algún estudio específico al respecto - en este medio alguna referencia se ha hecho -, pero dudo mucho que nunca en la Historia haya habido tantos políticos y «subpolíticos» como en nuestro tiempo.

La cuestión numérica de la política en nuestras vidas no es en absoluto irrelevante. Porque ello hace que el mercadeo ideológico y ese politiqueo patrocinado y teledirigido, tanto a nivel nacional como supranacional, sea igualmente amplio y especialmente intenso. Algo que con toda probabilidad, y habida cuenta las circunstancias actuales y venideras, nos llevará irremediablemente a otros tiempos ya pasados en el continente. Unido a las evidentes tensiones existentes entre Londres, París y Berlín, que sólo quedan sofocadas en parte, porque en sus sedes presidenciales saben perfectamente lo que hay en juego y saben también que por el momento hay que seguir con la quiromancia y el mantenimiento de las formas a costa de lo que sea.

El horizonte de la res facta europea

Es muy complicado no recordar la teoría de Nietzsche sobre el entreacto europeo que va desde Rousseau hasta Napoleón y que lleva finalmente a la democracia. Reflexión que goza de una inquietante vigencia nuevamente. Según él, Europa quedaba abocada a procrear un tipo preparado para la esclavitud en el sentido más sutil. La base de un organismo involuntario para criar  nuevos tiranos. Y en ese proceso juegan fundamentalmente Alemania, el país de las personas más inasibles, amplias, contradictorias, desconocidas, incalculables y sorprendentes. Admirables para muchas cosas, pero expertos en caminos tortuosos que conducen al caos. Francia, que ya ha tomado nota de lo primero y apunta en los últimos tiempos sorprendentes maneras defensivas en sus discursos; y Gran Bretaña, donde saben perfectamente que los alemanes se alían con la cerveza alemana y con la música alemana para terminar germanizando Europa entera. Y entre esta particular tríada, un grupo de acomplejados y arruinados países como el nuestro, además de una instancia, el Banco Central Europeo: el dictador de los intereses que se resiste a ser lo que no debe ser y lo que nunca le debieron pedir que sea. Al menos, por fortuna - creo yo -, se encuentra dirigido en este momento por un italiano.

Así las cosas, más allá de la ratonera del endeudamiento cruzado a todos los niveles en el continente, lo realmente serio del «problema europeo», como aventuraba el filósofo de Sajonia-Anhal, tal vez sea otra vez la selección de la casta que gobierna Europa. Un tema realmente inquietante a tenor de los progresivos acontecimientos que vamos conociendo comicios tras comicios y al que debemos prestar mucha atención en lo sucesivo.

Alguna gente, cuando nos leen a los pesimistas, se cuestionan si realmente todo es tan serio y tan grave como apuntamos. La pregunta se la hacen los provisionalmente indemnes. Esa subclase a la cual pertenecen cada vez menos personas pero que por fortuna siguen gastando y consumiendo. A mí siempre me viene en mente la fabulosa cinta de Elia Kazan: «Esplendor en la Hierba» (1961); con Warren Beatty y una estelar Natalie Wood. Allí, la melodía principal de la obra se centraba en las disputas e incomprensiones entre padres e hijos, pero en el fondo se dejaba sentir también la ruina económica en ciernes. De hecho, en uno de sus pasajes, exactamente en un abarrotado cabaret, se agradecía la concurrencia a pesar de la abultada caída de la Bolsa ese día. Al teléfono alguien advertía del hundimiento de los valores, mientras uno de los protagonistas decía que no había que dejarse llevar por el pánico. Luego vino lo que vino, claro.

Twitter: @JJGAlonso


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