Mi pequeño Salottino

Vivir el ostracismo

«Yo no sabré templar una lira o tañer un salterio; pero sí, tomando por mi cuenta una ciudad pequeña y oscura, hacerla ilustre y grande». Temístocles.Atenas, 525 A.c.-Magnesia del Meandro, 460 A.c.

Hace meses recordé en este mismo espacio la denuncia que hizo don Alexis de Tocqueville en su magistral obra «El Antiguo Régimen y la Revolución», sobre la instrumentación que se hacía frecuentemente del «interés general» para conseguir beneficios particulares y la expansión de la mediocridad en las instituciones de la posrevolución. Como complemento explicativo a estos episodios - a menudo distorsionados y minusvalorados - para alcanzar una reflexión de mayor alcance, creo que hay que recordar o tener presente también la figura del destierro. Una figura que, no obstante, es cierto por sí misma tiene su interés desde muchos puntos de vista. Entre otras cosas, porque nos lleva inevitablemente a insignes personalidades que en diferentes momentos históricos lo han padecido con mayor o menor intensidad.

Una de esas personalidades, qué duda cabe, es Temístocles. El genial estratega de la histórica batalla de Salamina, que como es sabido, sentó las bases de la derrota definitiva de los persas en Platea y Mícala, pasando seguidamente a disfrutar de altísimas cotas de popularidad y reconocimiento en la sociedad ateniense. No obstante ello, en muy poco tiempo comenzó a relacionársele con determinados episodios oscuros y surgieron también muchas dudas sobre su personalidad. Las críticas hacia su persona arreciaron como consecuencia de sus iniciativas individuales, y de modo muy especial, por el intento de promover una alianza contra Esparta. Atenas le condenó al destierro y tuvo que huir finalmente para evitar incluso ser asesinado.

Es cierto que Temístocles no tardó en encontrar refugio, pero tuvo que ser en el único lugar donde podría ser admitido: el Imperio Persa, qué contrariedad; pero fue Artajerjes quien le permitió desarrollar labores de gobierno bajo sus dominios, aunque finalmente, en un hábitat que le era ajeno, desposeído, desilusionado y ciertamente decepcionado, acabó suicidándose. Nunca sabremos con certeza si es verdad que, haciendo gala de su pundonor, se negó a ayudar al rey de Persia en su afán de atacar Grecia nuevamente y optó por envenenarse antes de ceder a las presiones y tentaciones vengativas contra la patria que le había visto nacer y por la que en realidad tanto hizo. Muchos seguiremos viviendo con la esperanza de que así fuera, porque la belleza del cierre biográfico sería entonces de una grandeza sin igual.

El destierro contemporáneo

En nuestros días es lógico acordarse de Émily Zola cuando se habla de destierro. El escritor franco-italiano se implicó activamente en el célebre «caso Dreyfus» en defensa de un militar francés de origen judío que había sido acusado injustamente de espionaje en un creciente ambiente antisemita. Lo hizo con varios artículos, entre otros, el famoso «J’accuse», de 1898, que luego ha dado lugar a tanta bibliografía. Un relato que consiguió que el proceso diera un completo giro y finalmente se denunciara al verdadero espía, que no era otro que el comandante Walsin Esterházy. Pero el tránsito de los acontecimientos no fue ni mucho menos ordenado, agradable ni pacífico para Zola, que tuvo que huir y vivir en secreto en Londres ante el acoso. Pasado el tiempo pudo regresar, es verdad, pero su desenlace ya estaba escrito. La presión y el destierro social le llevó a la ruina económica y también a la absoluta irrelevancia, pero nunca se arrepintió de haber apoyado y defendido a un inocente. 

«El ultraje de Zola», de Henry de Groux, 1898.

Hoy es frecuente verse en situaciones similares a las descritas aunque no sea exactamente en contextos o casos con esa trascendencia. En la alta Administración, en el seno de corporaciones privadas, en diversas instituciones y también en otros ámbitos mucho más modestos encontramos «otros ostracismos». Las causas contemporáneas del destierro de gente honrada, honesta, capaz, original y con iniciativa, ya no están relacionadas con los importantes intereses de Estado ni tampoco con la seguridad nacional. Esas causas descienden extraordinariamente de intensidad, se vuelven más vulgares y se generalizan por toda la sociedad, enervándola e impidiendo su desarrollo hacia una sana apertura. Algunos supuestos son insólitos, muy difíciles de comprender, pero ahí están. Y aunque sea ya un tema muy manido, no hay más que ver quiénes ascienden en las estructuras políticas o institucionales hoy día; quienes no se dedican a otra cosa ni se les reconoce especial talento. Mientras tanto, las personas con oficio y beneficio, con ideas e inquietudes, o no prosperan nunca, se condenan a diferentes modalidades de servidumbre o directamente son expulsadas del entorno por no avenirse a las diferentes formas de «disciplina» que hoy imperan.

El fenómeno aquí descrito aquí es obvio que no representa tampoco una gran novedad y seguramente el lector, ya sea por acción o padecimiento, tendrá constancia de algún pasaje al respecto. La constatación de situaciones de destierro de modo tan generalizado, no hace sino evidenciar el lastre de nuestra sociedad para despojarse de viejos revestimientos, mezquindades y recelos hacia una sociedad abierta donde el mérito, la capacidad y la iniciativa individual, no solamente coadyuven a lograr mayores niveles de justo progreso individual y satisfacción personal, sino incluso mejores beneficios colectivos. En realidad no se hace gran cosa en esta dirección.


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