Mi pequeño Salottino

Soluciones

 Un compañero de la Universidad de Sevilla leyó mi artículo de la semana pasada y me escribió un correo para decirme que los análisis que estaba haciendo en VOZPÓPULI le parecían interesantes, pero que faltaba lo más importante: un esfuerzo por ofrecer soluciones concretas.

Ante el desafío, admito que lo primero que me vino a la cabeza fue una excusa: «yo no trabajo ni cobro para solucionar los problemas de Grecia, Bruselas o el Ayuntamiento de Cuenca». Hay miles de personas que se dedican exclusivamente a solucionar el entuerto con cargo a nuestros impuestos y es a ellos a quienes les corresponde el cometido. Pero puedo entender el reto y la nobleza del mismo, porque viene de donde viene y porque desde la Universidad siempre hemos pensado que tenemos una particular obligación de afrontar y ofrecer soluciones a todo. Aunque nuestra Universidad ya no es, ni de lejos, lo que era. Por no cumplir, ni siquiera parece cumplir esa función de ascensor social que fue adquiriendo con el tiempo. Pero este es otro tema que casi mejor ni mencionar.

Vayamos a la cuestión central. Mi amigo sabe que soy muy pesimista desde mucho antes de 2009, cuando coincidimos en una particular academia de buenas-malas costumbres, según se mire. Recordará perfectamente cómo les horrorizaba con mis pronósticos sobre la que se avecinaba y también mis intentos explicativos sobre la cartografía del desastre, que a mi juicio, iba mucho más allá del diferencial del bono, la opinión de Krugman, las calificaciones de Moody’s o el criterio de cualquier universitario o columnista que fusila la literatura económica clásica y vende libros intentando hacernos creer que realiza grandes «aportaciones». Las causas de esta calamidad yo siempre he creído que están en cuestiones más simples, tan simples que por eso son mucho más difíciles de resolver. Por eso tal vez nos movemos en unos círculos viciosos en los que todo parece perecer y todo parece renacer (perdón por la cacofonía).

Es por esto último por lo que soy especialmente pesimista y también por lo que pienso que cualquier intento de ofrecer terapias y soluciones concretas en el actual contexto está más cerca de la adivinación que de cualquier otra cosa. Que Grecia, como España y otros países, nunca debieron compartir moneda – y no sólo moneda – con otros países europeos, ya es tan evidente que sólo quienes se mantienen provisionalmente indemnes ante el tsunami y quienes cobran a final de mes directa o indirectamente del invento, lo dudan o siguen sosteniendo lo contrario. Que los efectos de la expansión monetaria, unido a las asimetrías económicas mundiales, serían dramáticos, pues también creo que lo sabe ya todo el mundo. A esto debemos añadir el incesante ascenso de perfiles y productos ideológicos tóxicos en todos los ámbitos de la vida pública y semi-pública, que han contribuido activamente a crear toda una cultura sobre la base de un entramado que resulta excesivamente complicado deshacer ahora de modo civilizado.

Entonces, casi que prefiero limitarme a analizar ciertas cuestiones desde lo general a lo particular, desde el pasado al presente, y esforzarme en descifrar las rutas que unos y otros van hilvanando bajo la presión de la fuerza de los hechos. Deseo, eso sí, la mejor fortuna a quienes se esmeran en ofrecer soluciones concretas. Pero me parece que la encrucijada en la que nos encontramos no se soluciona con los diarios oficiales, tampoco con tesis ideológicas ni con la teoría del gurú de turno. En realidad, muy rara vez desde esos ámbitos se soluciona algo. Ellos no lo saben e incluso una vez pasada la tempestad no dudarán en atribuirse la calma. Pero solucionar lo que se dice solucionar, más bien poco.

La propaganda, siempre la propaganda

La propaganda nos dijo que teníamos «derecho a una vida mejor» y lo creímos. Llegaron aquellas condiciones de abundancia y la imputamos al mensaje de la propaganda, sin preguntarnos el porqué ni por las causas últimas. Nos dijeron que esa vida mejor se debía a «modelos» y/o posicionamientos políticos y lo creímos. De hecho, en nuestro caso particular, entre otras muchas cosas, aun hay gente por ahí que cree que el bienestar alcanzado años atrás se debía al «Estado Autonómico». Algo que tiene la misma base científica que atribuírselo a Espinete o don Pimpón, pero ahí está el posicionamiento doctrinal, que llena bibliotecas enteras.

La propaganda financiada a cargo de la propia gente facilitó la ilusión, una esperanza ilimitada y un enorme optimismo. Vino la fase de exuberancia, la posterior eclosión y el desconcierto y sufrimiento de todos. De todos. Yo mismo tengo guardados mensajes de banqueros de Londres y Zurich de 2008 en los que se leía algo así como «intentando apuntalar el mundo y fracasando estrepitosamente». Cualquiera sabe también de enormes fortunas que hoy viven al borde de la indigencia o han optado por el noble suicidio. Pero sin embargo tenemos académicos por ahí que dicen que en la crisis sólo sufren las clases más desfavorecidas. ¿Cuáles son exactamente esas clases?

La propaganda facilita también que hoy todo el mundo sepa y hable despreadscdsshort squezzeself-regulation y esas cosas. Pero cualquier observador mínimamente honesto debe saber elevarse y evitar los atajos culturales, elaborar un diagnóstico y balance propio. Alejarse y desconfiar de la propaganda. Esto, en cierto modo también es aportar soluciones. Aunque pueda pensarse que no es más que un mecanismo de  autodefensa.

Sea como fuere, ahora es evidente que toca sufrir y también un singular aquelarre de banqueros y de los chicos de Goldman Sachs o Lehman Brothers. Para algunos incluso causa estupor que muchos de ellos estén, digamos, «al mando». Pero tengo dudas; igual no es excesivamente preocupante que quienes en cierto modo contribuyeron activamente al desastre, intenten ahora reconducirlo. Ni siquiera esto sería una novedad en nuestra tradición. De hecho, hay casos mucho peores. Me viene a la cabeza W. Von Braun, que después de arrasar Londres y Amberes con modernos misiles balísticos, llegó a ser condecorado por su contribución a la tecnología militar norteamericana e incluso por ayudar a mandar al hombre a la Luna. ¿Quién mejor que este científico nazi para asesorar sobre cuestiones militares?

Así las cosas, soluciones lo que se dice soluciones, personalmente no tengo demasiadas y mi pesimismo creo que me ubica en una posición poco aconsejable para ofrecerlas. Opto por guardarme de la propaganda y disfrutar de algunos documentos como «Los ladrones somos gente honrada», de Pedro Luís Ramírez y la genial película «Optimistas» de G. Paskaljevic. Ambas cintas creo que nos ofrecen pasajes que ilustran mejor el momento que vivimos que cuarenta informes del FMI.

Twitter: @JJGAlonso


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba