Mi pequeño Salottino

Respetar y proteger la Constitución

Nuestra Constitución de 1978 y, por extensión, todo el sistema constitucional que de ella deriva, nunca había recibido tantos ataques, desprecios, improperios y amenazas, como está padeciendo en este tiempo. De manera un tanto incomprensible y también, por qué no decirlo, asalvajada; estos ataques no solamente provienen, en muchos casos, de quienes conocen nuestro sistema constitucional y de él se benefician más directamente, sino también de quienes ignoran por completo sus artículos. Creo no exagerar si afirmo que hoy existe una múltiple y efusiva estrategia de agitación social que apunta directamente a la Constitución y que nos lleva a leer cosas como «el Tribunal Constitucional es inconstitucional», «las leyes no son democráticas» o «el proceso constituyente de 1978 fue una pantomima». Se trata de afirmaciones que siguen extendiéndose entre la opinión pública y que sólo pueden comprenderse, bien por el desconocimiento, bien por la maldad, o bien por el complicado contexto político, económico y social en el que nos encontramos. Un contexto en el que, a mi modo de ver, existe claramente una línea de actuación política y mediática, con la complicidad de otros sectores de la sociedad, tendente a desordenar las ideas de la ciudadanía sobre conceptos básicos que aseguran la convivencia.

En este mismo espacio ya me he referido al error que, a mi modo de ver, representa el razonamiento y diagnóstico que desemboca en ataques al orden constitucional. Para refutar dichas tesis no solamente he citado en otras ocasiones motivos históricos, sociológicos y económicos, también he mencionado la enseñanza ofrecida por reputados pensadores como el propio Thomas Jefferson, quien a principios de siglo XIX escribió a su vecino, el Dr. William Bache, una deliciosa carta para informarle sobre los tristes acontecimientos que se estaban sucediendo en París. En aquella misiva, Jefferson admitía no estar al tanto sobre los reales motivos por los que se había hecho una revolución, y reconocía, con temor, desconocer el desenlace que podrían tener aquellos sucesos. Asimismo,se preguntaba si ante la algarabía desatada y las frustraciones sociales existentes, se repetiría la historia de Robespierre o la de César, aunque tal vez estaba asistiendo al novedoso fenómeno de la usurpación del gobierno para, en teoría, liberarlo.

El sabio gobernante norteamericano, recordemos e insistimos otra vez, comentaba a su vecino, que los ciudadanos deben aprender de los acontecimientos de París y extraer importantes lecciones, y por encima de todas, la necesidad de arropar firme y estrechamente su Constitución y no tolerar jamás que se infrinja uno solo de sus preceptos, debiéndose entender igualmente, la necesidad de inculcar a las minorías el deber de aquiescencia de la voluntad de las mayorías; y a las mayorías el respeto a los derechos de la minoría, además de precaverse de las fuerzas militares, aunque éstas sean de ciudadanos, así como de otorgar demasiada confianza a ningún hombre, puesto que la confianza del pueblo francés a Bonaparte le permitió a éste derribar a puntapiés su Constitución y hacerle depender de su voluntad y su vida. Para Jefferson no había momento más terrible que el de la subversión del orden constitucional. Un acontecimiento que por desgracia ha sido muy común en nuestra tradición, con fatales consecuencias.

Como complemento a las enseñanzas de Jefferson a este respecto, creo necesario recordar también las observaciones de John Stuart Mill, que en 1861 señalaba en sus Consideraciones sobre el gobierno representativo, que hemos de tener en cuenta que en la democracia, al ser un sistema de todos y no sólo de la mayoría que coyunturalmente pueda darse, los intereses, las opiniones y los grados de inteligencia que existan en cada lugar y momento, aunque sean inferiores en número, pueden sin embargo tener la oportunidad de hacerse oír y obtener, gracias al peso de su carácter y a la fuerza de sus argumentos, una influencia superior al de la simple fuerza numérica. Para Stuart Mill, sólo una democracia que permita esas condiciones merece denominarse como tal, porque solo de este modo, el sistema se vería protegido de los males que aquejan a las denominadas falsas democracias. El filósofo, político y economista británico, entre esos males, identificó los denominados gobiernos de clase, dejando apuntado a este respecto, que las Constituciones pueden quedar sujetas, efectivamente, a los vicios característicos de esos gobierno de clase; y precisamente por ello, toda la confianza que se pone en las Constituciones está basada, no sólo en el convencimiento de que los depositarios del poder no harán mal empleo del mismo, sino que no podrán hacerlo aunque quieran.

En definitiva, la democracia no es la forma ideal de gobierno, a menos que este punto débil suyo pueda ser reforzado, es decir, a menos que el sistema pueda organizarse de tal manera, que ninguna clase, ni siquiera la que coyunturalmente sea más numerosa o más poderosa, pueda eliminar políticamente todo lo que no sea ella misma y dirigir todo el curso de la legislación y el poder dela Administración, de acuerdo con sus propios intereses y estrategias. Una fijación que cobra hoy plena vigencia, que nos evoca situaciones que padecemos actualmente en algunas latitudes de nuestro país y que nos aboca también a asumir y reflexionar sobre el problema de los medios para impedir este abuso, sin llegar a sacrificar las ventajas características del gobierno popular. En todo caso, la garantía en momentos de exaltación, en los que se suceden situaciones como las apuntadas, no es otra que respetar y defenderla Constitución.


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