Mi pequeño Salottino

Quebrar la autocensura

La autocensura constituye un fenómeno cotidiano de dimensión individual y también colectiva que rara vez se considera con la importancia que tal vez requiere. Creo, muy sinceramente, que no se le presta la debida atención, aun representando una importante variable a la hora de calibrar el estado en el que se encuentra una sociedad y su posición o preparación para afrontar desafíos de cierta entidad.

Como cualquiera puede imaginar, la autocensura supone esencialmente una autolimitación en la expresión oral y escrita, así como una restricción también autoimpuesta en las comunicaciones privadas o públicas. En algunas ocasiones se explica por la pertenencia a alguna organización con imposición de discurso, y en otras muchas, por el temor a las consecuencias que pueda acarrear una libre manifestación de opinión o pensamiento en la esfera personal, profesional e incluso familiar. De sobra es sabido que tenemos incluso una tendencia natural a justificar el silencio, el no compromiso o el alineamiento interesado.

Hay que tener en cuenta, además, que la autocensura puede practicarse tanto de manera activa como pasiva. Es decir, uno puede, como se ha apuntado, alinearse con opiniones que en el fondo no comparte, puede sostener también afirmaciones que en verdad no piensa, evitar decir en público o en privado las que realmente cree, además de comprometerse con aquello con lo que no está de acuerdo, o simplemente guardar silencio y mostrar equidistancia e indiferencia ante determinados temas e incluso en todos los temas. Se trata de una opción personal que curiosamente suele dar buen resultado a aquellos que la practican.

En cualquier caso, lo que me interesa destacar en esta ocasión, es que al igual que sucede con la censura, la autocensura también nos puede llevar a la imposición de una línea o corriente de opinión(incluso de toda una política), que cristaliza en línea de pensamiento y que con el paso de tiempo puede convertirse en una barrera difícilmente superable. Creo que podemos sostener sin demasiado riesgo a equivocarnos, que en muchos casos y ante muchos temas, si la autocensura se desarrolla e impera, la servidumbre prospera.

El comportamiento descrito, creo además que lo practicamos la totalidad de los ciudadanos con frecuencia y en relación a múltiples temas y cuestiones, si bien es cierto que en diferentes escalas y con distintas consecuencias prácticas función de la posición de cada cual. De este modo, la autocensura más censurable posiblemente sea aquella que practican quienes se encuentran en una determinada posición que les puede permitir mejorar la opinión e información pública, y de paso dar cumplimiento a esa función de control que en cierto modo tenemos encomendada los ciudadanos respecto de nuestros gobernantes y su inmensa prole. Sobre todo cuando de asuntos importantes y trascendentes que afectan a los derechos y libertades individuales se trata, e incluso cuando la convivencia pacífica se ve comprometida.

No debemos olvidar, creo, que en muchas ocasiones, el temor al ejercicio libre de pensamiento o crítica en nuestra sociedad seguramente se debe a la sanción que de u modo u otro lleva o puede llevar aparejada. Una sanción real e inmediata, o bien una sanción futura en forma de frustración de expectativas. De ahí que podamos diferenciar, por un lado, entre aquellos que ejercen ese libre pensamiento y crítica de manera natural, espontánea, con convicción y responsabilidad - aun siendo conscientes del perjuicio que ello les puede acarrear -; y por otro lado, aquellos que viven agazapados, sin manifestarse abiertamente sobre cuestiones generales o particulares que sean escabrosas y que tarde o temprano puedan llegar, como se ha dicho, a perjudicarles o afectarles en sus intereses o estrategias de vida. Reconozco que es muy frustrante comprobar cómo ante determinadas cuestiones, de gran importancia y trascendencia, personas y personalidades de las que sería esperable una enérgica reacción, continúan silenciosos, abordando en alguna ocasión esos temas de modo tangencial, sin hacer demasiado ruido y sin expresarse con la firmeza, claridad y determinación que sería deseable. Es verdad, no obstante, que hay excepciones y en algunos casos parece que cada vez hay más. De hecho, en estas últimas semanas hemos tenido algunas de ellas que merecen especial reseña.

Así, por ejemplo, el conocido abogado y catedrático Federico Durán,se atrevió hace unos días a escribir un artículo titulado "En defensa de lo privado", en el que ponía de manifiesto toda una serie de verdades en torno al maniqueísmo estúpido que impera en nuestro país en relación a "lo público" y "lo privado"; refiriéndose de paso a algunas vergüenzas que deberían analizarse con detalle. Ni que decir tiene que al señor Durán ya nunca le nombrarán Ministro de Trabajo y hasta el fin de sus días será algo así como "derechista peligroso", para importantes actores de nuestra vida pública. Pero lo importante, lo destacable, es que él ha optado libre y conscientemente por manifestar y argumentar sobradamente un pensamiento que todos sabemos que es difícil de compartir o expresar abiertamente en muchos ámbitos.

Del mismo modo, especial mención creo que merece la reaparición de Victoria Prego en la recepción del XIX Premio a la Tolerancia, que ha entregado la Asociación por la Tolerancia hace unos días. En su discurso, la conocida periodista, según pude leer en algunos medios, animó a los "moderados silenciosos" a alzar la voz y hacer frente sin descanso a los radicales que intentan romper la convivencia pacífica en nuestro país, advirtiendo del "ejercicio de totalitarismo que supone el intento de arrancar del corazón de la sociedad catalana de todo sentimiento positivo hacia España".

Es evidente que a Victoria Priego en determinados sectores le dedicaran un exorcismo y tampoco la nombrarán nunca ministra, portavoz de Gobierno, vicepresidenta ni secretaria de Estado, puesto que quienes toman estas decisiones tan importantes, pensarán que alguien así podría poner en riesgo la estabilidad de las relaciones territoriales en este país. Pero es evidente que a criterio de muchos, entre los que por supuesto me incluyo, ella ha hecho algo infinitamente más importante que a lo que nos tienen acostumbrados ministros, vicepresidentes, consejeros o alcaldes. Con sus palabras se ha unido a las incipientes voces que comienzan a quebrar la autocensura y optan por comportarse con responsabilidad, compromiso y diríamos incluso que con honor, porque el honor también queda en entredicho cuando a quienes se les presupone, guardan silencio, equidistancia, se muestran indiferentes o permanecen agazapados ante los desafíos de la servidumbre y la tiranía.


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