Mi pequeño Salottino

Psicología de las masas

Desde que empecé a escribir en Vozpópuli he intentado ser fiel en la medida de lo posible al siguiente y conocido pensamiento de Bernardo de Chartres: “somos enanos encabalgados sobre los hombros de gigantes y así podemos ver más cosas y más lejos que ellos, pero no por tener la vista más penetrante o poseer más alta estatura, sino porque el gran tamaño de los gigantes nos eleva y sostiene a cierta altura”. Es por esto por lo que he recurrido con frecuencia a autores que creo que pueden considerarse como tales y por eso hoy, antes de irme de vacaciones, quisiera dedicar un escrito a un autor que todavía no he citado en esta travesía, pero que considero merecido miembro del club. Se trata de Gustave Le Bon y, en concreto, de su obra Psicología de las masas (Ediciones Morata, 2014). Un libro que conocí gracias a un viejo especulador bursátil, que fue quien me llevó a él, y que ahora la editorial madrileña ha tenido el gran acierto de reeditar este mismo año.

En Psicología de las masas uno encuentra tesis, razonamientos y conclusiones de lo más interesante y con múltiples aplicaciones en nuestras vidas y, si bien es verdad que algunos han considerado que el pensamiento de Le Bon ya está superado, yo soy de los que cree que ni muchísimo menos. Sus reflexiones sobre el fracaso de la democracia, su agudo análisis sobre los sentimientos, las transformaciones del individuo o el potencial autoritario de las colectividades o los programas de transformación social, creo que siguen siendo muy actuales y el acierto de muchos de ellos me parece que está fuera de toda duda. De hecho, si alguien lee hoy la obra y le dicen que se terminó de escribir ayer en vez de en 1895 el lector difícilmente fruncirá el ceño.

Dicho esto, entre otras interesantísimas reflexiones y observaciones que nos presenta Le Bon en su libro, especial atención merece su advertencia de la idea psicológicamente errónea, pero generalmente admitida, de que muchos hombres reunidos son más capaces que un número reducido de ellos para adoptar una decisión sabia e independiente acerca de un determinado asunto. Por eso se esmera en diseccionar las denominadas asambleas parlamentarias, en las que, dice, encontramos las características generales de las denominadas masas: simplismo de las ideas, irritabilidad, sugestibilidad, exageración de los sentimientos e influencia preponderante de los líderes. No creo que sea necesario citar ejemplos contemporáneos sobre esto, porque cualquier buen observador desapasionado sabe que es exactamente así.

Además, por otro lado, el psicólogo francés nos alerta en su manuscrito de la invariable tendencia a resolver los más complicados problemas sociales mediante los principios abstractos más simples y por leyes generales aplicables a todos los casos. Así, en consonancia con la opinión de mi admirado Alexis deTocqueville, apunta que el tipo más perfecto del simplismo de los fenómenos asamblearios fue el realizado por los jacobinos durante la Revolución Francesa. Allí, dice Le Bon, provistos de unos cuantos dogmas, aquellos sujetos imaginaron rehacer de arriba abajo toda una sociedad y hacer retornar a una refinada civilización a una fase muy anterior de la evolución social. No hace falta tampoco indicar a quién o a quiénes nos evoca esta fijación, ya que en la actualidad tenemos conocidos y emergentes ejemplos de esta lógica de pensamiento y acción.

Las masas parlamentarias, se aduce igualmente, son muy fáciles de sugestionar, y como siempre, la sugestión emana de líderes aureolados de prestigio; de ahí que ni el talento de Demóstenes, quien fuera el mejor de todos los oradores de la antigüedad, sería capaz de modificar el voto de un diputado acerca de cuestiones que pongan en peligro las exigencias de electores influyentes. Nótese en este sentido la anécdota que se cita, del viejo parlamentario inglés que contaba cómo en los cincuenta años que había permanecido en Westminster había escuchado millares de discursos, admitiendo que pocos le hicieron cambiar de opinión nunca y, sobre todo, ninguno le hizo cambiar nunca de sentido su voto.

Los hombres-masa y el sistema representativo

La categoría de hombres-masa para Le Bon tiene consecuentemente un interés extraordinario, y según sus estudios y su parecer, conforman ese segmento de personas que no saben estar sin amo. Por ello se puede concluir que los votos de una asamblea no representan, generalmente, sino las opiniones de una reducida minoría, algo que también parece inobjetable por mucho que algunos se empecinen en advertir o patrocinar ideas que sugieren lo contrario. De hecho, lo cierto es que la mayoría de asambleas parlamentarias son prácticamente prescindibles, o como mínimo, su número de integrantes. Entre otras cosas, porque esas reuniones formales o formalizadas, constituyen un agrupamiento de hombres-masa que sólo aspiran y esperan a ser manejados por alguien. Y para manejarlos hábilmente, Le Bon advierte, también en sintonía con otros pensadores clásicos muy acreditados, que hay que centrarse en el líder, que es quien debe captar, al menos de modo inconsciente, la psicología de las masas y saber cómo hablarles, conociendo sobre todo la fascinante influencia de las palabras, las fórmulas y las imágenes, siendo preciso que posea una especial elocuencia, compuesta por afirmaciones enérgicas e imágenes impresionantes, encuadradas dentro de razonamientos muy sumarios.

El líder de las masas, además, puede incluso ser inteligente y/o instruido, pero esto tiene un valor relativo según Le Bon, ya que en ocasiones puede resultarle más nocivo que útil, porque no olvidemos que en una asamblea parlamentaria, el éxito de un discurso depende casi exclusivamente del prestigio del orador y nada, en absoluto, de las razones que propone. El orador desconocido que pronuncia un discurso repleto de excelentes razonamientos no tiene probabilidad alguna de ser ni siquiera escuchado. Las asambleas parlamentarias pueden alcanzar un grado de excitación tal, que se equiparan a masas heterogéneas corrientes y sus sentimientos presentan, en consecuencia, la particularidad de ser siempre extremados o tendencialmente extremados. El individuo puede llegar a dejar de ser él mismo y votará incluso las medidas más contrarias a sus intereses personales.

En esta trayectoria o análisis, Le Bon apunta algo que me parece muy cierto y también actual. Sugiere que si un mismo navío lleva hacia tierras febriles de la relegación a un político corrompido y a un anarquista, éstos podrán entablar conversación y se mostrarán mutuamente como los dos aspectos complementarios de un mismo orden social. En periodos críticos, se puede afirmar sin pudor cualquier barbaridad, que se podrá mantener públicamente sin suscitar siquiera grandes protestas. Es una dinámica y elocuencia que ha reinado en todas las asambleas de manera más o menos intermitente y que se acentúa, enfatiza Le Bon, durante los periodos críticos.

A pesar de todo esto, para que nadie se equivoque y no se dejen llevar por opiniones de quienes no han leído a Le Bon, hay que decir que él cree que pese a todas las dificultades de su funcionamiento, las asambleas parlamentarias representan el mejor método encontrado hasta ahora por los pueblos para gobernarse y sobre todo para sustraerse lo más posible al yugo de las tiranías personales. De hecho, remarca, son el ideal de gobierno para filósofos, pensadores, escritores, artistas y sabios, es decir, para todo aquello que constituye la cima de la civilización; pero él denuncia, claro está, los defectos y vicios del sistema, así como sus cualificados peligros, que pasamos a citarlos.

Los peligros del sistema

Gustave Le Bon señala queel sistema así diseñado no presenta más que dos peligros serios: el despilfarro y una progresiva restricción de las libertades individuales. El primero de tales riesgos es consecuencia forzada de las exigencias y la imprevisión de las masas electorales. Así, si un parlamentario propone alguna medida que proporcione satisfacción al ideario colectivo o a “ideas democráticas”, como por ejemplo puede ser el asegurar rentas a todo el mundo, consultas populares, pensiones elevadas o aumentos de salario, los demás diputados, sugestionados por el miedo a los electores, difícilmente osarán a rechazar la medida propuesta o encontraran no pocas dificultades. De este modo es como se van gestando y perpetuando los vicios que conducen al despilfarro y el desastre, difuminándose además, en ocasiones, la diferencia entre las opciones electorales a las que uno puede optar y dejando desamparados a los mejor de los cuerpos electorales, que como hemos ya analizado, son quienes pierden siempre. Es frecuente también identificar perfiles en las labores de gobierno que podrían estar tanto en un lado como en otro, e incluso decir o defender con igual entusiasmo lo que dice o defiende su adversario. No es un pequeño detalle.

El segundo de los riesgos, y creo que el más importante, es el resultado de la aprobación de innumerables leyes y reglamentaciones, normalmente restrictivas, cuyas consecuencias no advierten los parlamentos, con su espíritu siempre simplista y cortoplacista. Se cita a H.Spencer, que ya indicó, creo recordar que en la obra El individuo contra el Estado, que el aumento de la libertad aparente tenía que ir seguido por una disminución de la libertad real. De este modo, Le Bon nos recuerda que la creación de innumerables medidas legislativas, algo que es consecuencia directa de la multiplicación de centros con capacidad normativa, conduce forzosamente a aumentar el número, poder y la influencia de la Administración y los funcionarios encargados de sustentarla y aplicar también esas reglamentaciones. Dichos funcionarios tienden así a convertirse en auténticos dueños de los países civilizados. Su poder es tanto mayor puesto que, dados los incesantes cambios de gobierno, sólo la casta administrativa, que escapa a dichos cambios, posee exclusivamente la irresponsabilidad, la impersonalidad y la perpetuidad. Y de todos los despotismos, concluye Le Bon, los más onerosos siempre se presentan bajo esta triple forma. De este modo, víctimas de la ilusión de que fortaleciendola Administración y multiplicando las leyes quedan mejor aseguradas la igualdad y la libertad, los pueblos aceptan trabas cada día más pesadas, sin que sea en absoluto fácil escapar de ese círculo nada virtuoso.


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