Mi pequeño Salottino

Perder siempre

Hace algo más de diez años, Antonio Muñoz Molina publicóen la revista dominical de El Paísun sugerente artículo así titulado. El escritor jienense, con disgusto y cierta resignación, explicaba en su columna que cuantas más elecciones ganaban aquellos que consideraba «los suyos», más lejos iba sintiéndose de ellos. Sólo cuando entraban en declive les sentía algo cercanos y entonces solía votarles otra vez, cuando ya lo tenían todo perdido. Aun así, el paso del tiempo y los episodios protagonizados por «los suyos», tanto dentro como fuera de España, le llevó a concluir que la última vez que de verdad ganaron «los suyos», seguramente fue en la batalla naval de Salamina, cuando los griegos derrotaron a los invasores persas.

Ante unas elecciones, como sucede en la vida misma, hay un determinado tipo de ciudadanos que más allá de ilusiones y expectativas momentáneas, decide echarse a un lado porque saben que con independencia de lo que hagan, les tocará perder. Obviamente, no se trata de los incondicionales, ni tampoco de aquellos que dirigen sus movimientos vitales, o sus votos, en función de las declaraciones de los embaucadores de turno o sus estrategias de beneficio personal, sino de gente talentosa, trabajadora, reflexiva, honrada, respetuosa con las libertades, moderada en sus planteamientos, observadora, sacrificada con sus familias y consigo mismos, e incluso diría yo, personas muy conscientes de la importancia del sistema representativo y la gobernabilidad. Seguramente, muchos de ellos son más conscientes de esto que aquellos que participan de modo entusiasta comicios tras comicios y que de vez en cuando se creen ganadores de algo.

Entre estos perdedores permanentes, a diferencia del Muñoz Molina de entonces, encontramos perfiles que ni siquiera necesitan haber pasado por desengaños electorales, ellos se abstienen de participar en las elecciones porque fundadamente consideran que estamos instalados en el absoluto despropósito, no les motiva suficientemente ese pseudo-argumento del «voto útil» y piensan que no hay norma o instrucción humana o divina que les pueda convencer de que hay que participar en este vodevil en el cual se ha convertido el sistema representativo. Tampoco creen que ello sea ‘lo correcto’, ni ven motivo alguno para pensar que se trata de una especie de deber cívico. De hecho, con independencia del análisis y el efecto electoral que pueda tener su ausencia en los comicios, muchos de ellos creen que cuando éstos se celebran, lo más cívico e incluso lo más útil, puede que sea quedarse en casa leyendo, escuchando música o simplemente disfrutando de la familia. En las actuales circunstancias, tal vez esa opción sea la única manera de «ganar».

Los ausentes, los absentistas electorales, no son ciudadanos rebeldes al sistema en todos los casos, ni tampoco son personas inconscientes de las consecuencias que su propio comportamiento pueda tener en el sistema y la convivencia. Son buenos ciudadanos que se encuentran huérfanos de representación. En realidad, ellos son los grandes, grandes perdedores, entre los que es muy fácil encontrar, como se ha apuntado, personas que incluso entienden más y mejor que los propios activistas del voto y quienes viven de las instituciones, la importancia del sistema representativo, así como de las amenazas y riesgos del surgimiento de roedores de extrema derecha y extrema izquierda. Ellos comprenden perfectamente que esos roedores, llegado el caso, podrían no solamente condicionar de modo más o menos importante la vida pública, sino incluso llegar a gobernarla y acto seguido arruinarnos a todos.

Además, los absentistas, los perdedores de siempre, creo que son quienes ilustran mejor que nadie la necrosis institucional y sistémica que padecemos. Algo que se torna especialmente preocupante, porque en contextos como el nuestro, ello sugiere o insinúa que los procesos electorales no solamente no estimulan a un sector muy importante de la sociedad, sino que puede que ni siquiera sea ya un mecanismo de solución de problemas, sino antes al contrario, una fuente de creación de nuevos y complejos desafíos difíciles de resolver. Quienes pierden siempre se preguntan y también preguntan, de qué sirve esforzarse, demostrar talento, capacidad e independencia, si al final siempre son otros quienes ganan constante o periódicamente: los incondicionales o los oportunistas. Asimismo, por extensión, se preguntan de qué sirve en verdad el sistema representativo si quienes lo gobiernan no parecen preocuparse demasiado por los gobernados - y de modo particular por quienes verdaderamente financian sus cómodos estilos de vida -, ni los electores parecen tampoco preocuparse mucho por promocionar y elegir a personas cualificadas que gestionen y administren el esfuerzo de todos, sino a aquellos que gastan más dinero en los procesos electorales y prometen más que nadie, o bien, aquellos otros que se dedican a jalear lo que la masa, en su angustia y necesidad, desea escuchar.

Ayer mismo escribía José M. de Areilza en El Correo, que actualmente la tarea de los partidos y gobiernos responsables es luchar contra la desafección política, puesto que el problema principal no son los antisistema, sino los votantes moderados que no acuden a las urnas, pero resulta que para quienes no acuden a las urnas, la derrota, la progresiva ingobernabilidad, así como la incertidumbre y la desafección, no son en absoluto una sorpresa ni algo inesperado; en realidad la han previsto desde hace tiempo y se da por consumada desde el principio, con algo de rabia y resignación, porque como le sucedía a Muñoz Molina, incluso en aquellas ocasiones en las que alguien genera algún tipo de ilusión o esperanza de que puede suceder algo extraordinario, la experiencia acumulada y la razón les dicta que en verdad, lo que sucederá con el paso del tiempo es una nueva derrota, una nueva desilusión. Porque este sector de la sociedad, tan importante como definidor, se sabe de antemano perdedor. Su designio, en un país como el nuestro, donde los estatistas y quienes monopolizan la cosa pública pueden hacer gala de un triunfo incontestable y donde explorar cualquier otra opción o alternativa no merece más que exorcismos, es perder. Perder siempre.


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