Mi pequeño Salottino

Okies

Durante la Gran Depresión, centenares de miles de ciudadanos emigraron desde el área de Oklahoma y desde todo el medio-oeste estadounidense hacia California en busca de una prosperidad que, después de haberlo perdido todo, en sus lugares de origen se antojaba imposible por décadas. Se les conocía comúnmente como okies y pocos como John Steinbeck, en su conocidísima novela «Las uvas de la ira», han sabido relatar aquellos sucesos. Pocos han sido también los que, como John Ford,han sabido llevar a la gran pantalla un episodio de enorme trascendencia sobre la base de una formidable obra escrita, incluso permitiéndose separarse del contenido de la misma. 

Las uvas de la ira constituye también un relato que siempre vuelve o amenaza constantemente con hacerlo, de ahí su interés y su actualidad permanente. De hecho, en este espacio ya la citamos junto a otras obras cuando advertimos de que tendríamos que huir ante lo que se avecinaba y que unos cuantos millones de personas tendríamos que abandonar nuestro país. Lamentablemente hoy, unos años después de aquellas líneas, ya es frecuente encontrar en las noticias, también en las conversaciones entre conocidos, familiares y amigos, historias de personas cualificadas, tanto de nuestro país como de otros muchos lugares de Europa, que se encuentran en parecida situación. Migraciones de personas que nunca pensaron que se verían abocados a ello, pero que ya aceptan que no hay más remedio que buscar refugio y mejores perspectivas en el centro del continente, en Gran Bretaña, Norteamérica y también Suramérica o el Sudeste asiático.

Los datos y cifras oficiales a este respecto son, como casi todo en este país, contradictorios o poco fiables, pero quienes tenemos la suerte de viajar con frecuencia, sabemos perfectamente que el éxodo es masivo y que no es superior por la sencilla razón de que mucha gente ni siquiera está preparada para embarcarse hacia lo desconocido como consecuencia del analfabetismo idiomático al cual nos han condenado nuestros gobernantes. Es importante aclarar y hacer hincapié, además, que no sólo son ingenieros, arquitectos, publicistas, investigadores, abogados, empresarios de todo tipo o profesores de universidad, los que están saliendo en estampida para seguramente no volver nunca. La emigración no cualificada, es decir, la de aquellos que podríamos identificar como los más cercanos a los okies de entonces, también es un hecho y son miles de personas las que se están desplazando a muchos lugares del mundo, dispuestos a hacer cualquier cosa y, como consecuencia de ello, expuestos también a protagonizar episodios e historias de desgracia que la prensa ahora empieza a recoger, no sin cierta vergüenza, por la tristeza y amargura de las mismas. Al fin y al cabo, no dejan de ser compatriotas y ello siempre resulta por motivos obvios más difícil de digerir.

Tampoco podemos desconocer que hay más okies por el mundo e incluso en peores circunstancias. De hecho, hace unos días, en la pequeña isla italiana de Lampedusa, fallecieron centenares de personas en las circunstancias por todos ya conocidas. Y más allá del drama incesante, llama la atención que al poco tiempo del suceso, el Gobierno italiano decidiera otorgar la nacionalidad a título póstumo (cittadinanza onoraria) a los fallecidos, mientras que las personas que habían sobrevivido y también quienes les habían ayudado, según hemos podido saber estos días, se les había notificado - o se les notificaría en breve -, el denominado avviso di garanzia, es decir, la comunicación del Ministerio Público italiano, en virtud de la cual se les informa que quedan sujetos a investigación por la posible comisión de un delito. Se trata de los tipos relacionados con el polémico reato di immigrazione clandestina, regulado en la controvertida Ley Bossi-Fini de 2009 y que conlleva esencialmente, para estos supuestos, sanciones económicas y también un procedimiento de repatriación/expulsión con mayor celeridad. La hipotética aplicación de esas disposiciones en este caso convierte la tragedia en una farsa doblemente cruel, pero legal al fin y al cabo.

Los sucesos de Lampedusa han provocado obviamente una reflexión general acerca de los instrumentos y medios que se deben establecer en este tipo de circunstancias. La normativa será revisada de manera inminente, aunque otra cosa será, claro está, que el resultado de esa revisión sea satisfactorio, que seguramente no lo será como consecuencia de la extraordinaria complejidad que acompaña al fenómeno migratorio. 

En cualquier caso, estos sucesos, como otros muchos, nos recuerdan Las uvas de la ira y aquellos okies de entonces. Unos okies que, como los de ahora, los propios y los ajenos, no hacían más que huir de la miseria y la servidumbre que no saben o no estamos sabiendo corregir o ni siquiera convencer de que realmente se pretende corregir. Y si bien es cierto que la cinta de John Ford terminaba con la célebre y esperanzadora frase «We are the people», en esta ocasión tal vez sería más adecuado recordar otra bien diferente, aquella que enunciada por Henry Fonda en la película, que no aparecía en la novela y que decía «Look like a lot of times the government’s got more interest in a dead man than a live one», es decir, que «muchas veces los gobiernos parecen preocuparse más por los muertos que por los vivos». Lampedusa, como otras muchas zonas mediterráneas, es buena prueba de ello.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba