Mi pequeño Salottino

Memorias de la hermana mercedaria María Angélica Salabarría

Hace unos años pude viajar a las Islas Marianas y disfrutar de una experiencia inolvidable. Por el lugar en sí, su clima, naturaleza, también sus gentes, el pasado y presente del archipiélago, y también por otros motivos que no ha lugar citar aquí, pero si tuviera que destacar un recuerdo de todos los que conservo de aquella visita, éste seguramente sería mi casual encuentro con un libro editado en 1994 por el Committee on the Commemoration of the 50th Anniversary of World War II y el Micronesian Area Research Center,de la Universidad de Guam, cuyo protagonista era una ciudadana española, en concreto, la religiosa María Angélica Salaberría.

El libro se publicó con el título Tiempo de agonía (1994), en inglés y en castellano, y gracias a él y otros documentos que pude leer durante mi estancia, obtuve una preciosa información sobre las misiones religiosas que inauguró el sacerdote Diego Luis de Sanvitores en las Islas Marianas del Norte allá por el año 1668. Supe que desde entonces, estas misiones estuvieron a cargo de los jesuitas hasta su expulsión del Imperio Español, en 1767 por Carlos III, y que posteriormente se sucedieron abundantes cambios en las islas, no sin incertidumbre e inestabilidad, hasta que finalmente, en 1898, la guerra con Estados Unidos hizo que la Administración española en el Pacífico, especialmente en Guam, se desvaneciera por completo y su presencia en el océano acabase con la dolorosa venta de las Islas Marianas y las Carolinas a Alemania, exactamente el 12 de febrero de 1899.

A partir de aquella venta, la presencia alemana, fructífera en lo educativo, según se desprende en algunas crónicas que pude leer, duró poco porque en octubre de 1914 los japoneses invadieron las islas. La incertidumbre asaltó entonces a las comunidades religiosas, pero los nuevos gobernantes nipones prometieron libertad de religión y de conciencia, por lo que los religiosos españoles de la etapa anterior y los alemanes que había llegado a las islas, decidieron permanecer allí y seguir sus tareas educativas y religiosas. Eso sí, el aislamiento con el resto del mundo fue desde entonces absoluto; hasta tal punto que tuvieron que cerrar las escuelas por falta de alimentos y suministros de todo tipo, dedicándose los religiosos casi exclusivamente a sobrevivir y convivir con los nativos.

El Tratado de Versalles de 1919 reconocería posteriormente la soberanía de Japón sobre las islas y este reconocimiento hizo que acto seguido los religiosos alemanes fueran expulsados, aunque los chamorros, que son los nativos de las islas, pidieron entonces a las autoridades japonesas el regreso de los misioneros católicos por el buen desempeño que allí realizaban. Sólo la Compañía de Jesús aceptó el ofrecimiento después de numerosas negociaciones entre Japón y la Santa Sede, y así es como una veintena de jesuitas andaluces saldrían con destino a Saipán, el 15 de diciembre de 1920. Dos siglos y medio después de que Diego Luis de Sanvitores inaugurara en aquellas tierras la misión, el padre Santiago López Rego regresaba como vicario apostólico, inaugurando así una nueva misión a la que se uniría poco después, exactamente en 1927, un grupo de Misioneras de Bérriz. Jesuitas andaluces y mercedarias vascas, empezaron entonces a colaborar en las Islas Marianas bajo la supervisión de las autoridades japonesas, pero en armonía con la comunidad de chamorros.

La irrupción de la Guerra del Pacífico

Poco tiempo duró aquella armonía, puesto que la Guerradel Pacífico truncaría los trabajos de los religiosos. Las memorias de la hermana Mª Angélica Salabarría son un testimonio excepcional a este respecto. Su manuscrito comienza describiendo la situación prebélica entre Japón y Estados Unidos en 1941 y la ansiedad que existía entre los habitantes de Islas Marianas, tanto en Saipán como en Tinián y Rota. De hecho, en 1941 ya existía un gobierno militar que ocupó las iglesias y capillas de las islas como depósitos de armamento, mientras que en Roma se palpaba la tensión de nuevo y no se sabía si sustituir al religioso español dimitido, López Rego, vicario de Islas Marianas, Carolinas y Marshall, por un obispo japonés, ya que la hostilidad japonesa hacia la Iglesia Católica crecía a marchas forzadas. Hasta tal punto esto fue así, que el Gobernador militar llegó a exclamarles a los religiosos que “la Iglesia Católica no debe ser gran cosa cuando Hitler la persigue tanto en Europa”. Como consecuencia de ello, el Vaticano optó por enviar a Saipán a un visitador japonés para que estudiase la situación y también instruyera a los religiosos españoles en su trato con los militares japoneses, pero lo cierto es que nada mejoró realmente.

El 7 de diciembre de 1941 pasaría a la historia como la fecha del ataque japonés a Pearl Harbour, pero lo cierto es que ese mismo día los japoneses atacaron con anterioridad la Isla deGuam, gracias a un dispositivo militar organizado desde la isla de Rota, con algunas embarcaciones japonesas, utilizando, contra su voluntad, habitantes nativos de las Islas Marianas. Guam caería en solo un par de días y los japoneses habían introducido así a Estados Unidos en la II Guerra Mundial. Los episodios que se sucedieron a continuación son por todos conocidos.

Desde entonces, los militares japoneses empezaron a tomar medidas drásticas con los religiosos españoles de las islas, primero utilizándolos para sus necesidades de transporte, luego, cuando creyeron que podían convertirse en elemento de guerra, agrupándolos a todos en una zona de las islas conocida como Fanagan, donde estuvieron semanas alimentándose gracias a los chamorros y algunos amigos japoneses, para volver a desplazarlos de modo irracional en muchas ocasiones y, finalmente, abandonarlos a su suerte durante los bombardeos e incluso perseguirlos para matarlos. En estas circunstancias emerge la figura de Angélica Salabarría, de quien se destacaba su espíritu de abnegación y sacrificio, sufriendo constantemente y ayudando a los demás en la medida de sus posibilidades, pero siempre sin quejarse. Los bombardeos norteamericanos se sucedieron en todo este tiempo e incluso acabaron con la vida de algunos religiosos. La hermana Angélica fue herida gravemente también, según cuenta la hermana Remedios P. Castro en otro relato, y no sanó hasta que los norteamericanos posteriormente tomasen la isla, pero desde la primavera de 1942 hasta marzo de 1944, la vida de la comunidad de religiosos se limitaba a la supervivencia, la oración y el estudio, siempre bajo la presión y, en ocasiones, los excesos de los japoneses, que se encontraban claramente divididos ante la presencia de los religiosos españoles en la isla. Algunos pensaban que eran espías norteamericanos y proponían asesinarlos, mientras que otros se mostraban solidarios con ellos, les ayudaban con alimentos y también con medicinas en caso de necesitarlas.

En marzo de 1944 los japoneses desplazaron nuevamente a los religiosos españoles hasta Ganapán, en una colina, donde podían oficiar misa y medio vivir hasta que, en junio de 1944, comenzó la Batalla de Saipán. Desde entonces el espectáculo fue aterrador. Todas las mañanas las montañas aparecían ardiendo y los bombardeos no cesaron, sin que ningún proyectil alcanzase milagrosamente a los depósitos de municiones que los japoneses habían almacenado en las dependencias de los religiosos. Durante la primera semana del asedio, Angélica Salabarría cuenta que sólo podían salir del refugio poco tiempo para respirar. Los bombardeos empezaban al amanecer y no cesaban hasta el anochecer, el desasosiego aumentaba conforme se desarrollaba la contienda, y los desplazamientos y la penuria para conseguir alimentos y mantenerse vivos era una constante. A veces tenían que surcar campos electrificados para lograr un refugio más seguro, evitando también las cuevas ya ocupadas por los chamorros, aunque en ocasiones éstos les cedían espacios o les indicaban dónde podían lograr ubicación, en otras ocasiones las salidas de los refugios eran exclusivamente para pedir auxilio y conseguir medicamentos y materiales sanitarios para atender a los heridos, que no siempre se lograba.

Las semanas posteriores fueron similares, escondidos en cuevas escuchando el fragor de la batalla, los disparos mientras recorrían los montes de sur a norte de la isla, buscando agua potable y alimentos, manteniéndose días enteros con trozos de caña de azúcar, hasta que el 8 de julio entendieron que, por el ruido de los disparos y de los aviones, las tropas norteamericanas estaban más cerca que nunca. Unos días después, Angélica Salabarría cuenta que se encontraron con un capellán católico que estaba en el centro mismo de la batalla atendiendo a los heridos, les saludó mientras huían entre las bombas hacia: “Benedictio Dei Ommnipotentis Patris et Filii…” Y el sacerdote no pudo acabar la bendición porque se emocionó de tal manera que se le anudó la garganta y rompió a llorar… Este grupo de monjas entendió más tarde que la primera pregunta que hacían los chamorros a las tropas norteamericanas conforme iban avanzando era ¿Y los misioneros? ¿Dónde están nuestros misioneros? Algo que impresionó a los norteamericanos, y de modo muy especial al capellán católico, que les hacía muertos a todos porque aunque sabían de su existencia, había perdido sus referencias hacía semanas.

En el texto de Angélica Salabarría uno puede encontrar detalles estremecedores y que no podemos reproducir aquí, pero se trata, en definitiva, de uno de los pasajes más emotivos de la contienda más importante de la Guerra del Pacífico. La escena final es perfectamente imaginable: militares norteamericanos, avanzando en el asalto a la Isla de Saipán, se encuentran sorpresivamente con una comunidad entera de católicos encabezada por Gregorio Oroquieta, el padre José María Tardío y las monjas Mercedarias de Bérriz. Entre las tropas norteamericanas había soldados de origen mexicano y la alegría del encuentro se produjo así, curiosamente, en castellano; gracias también a la presencia del Teniente Gadnier, de origen italiano pero que hablaba igualmente nuestro idioma. Acto seguido, producido el encuentro, éste mostraba a las monjas una niña pequeña de origen japonés diciéndoles: Esta niña ha visto a sus padres suicidarse esta mañana y la hemos recogido. ¿Querrían ustedes hacerse cargo de ella? De manera natural, las monjitas reiniciaban sus tareas de asistencia a los demás, a los necesitados.

Finalmente, quisiera destacar que hasta hace unos años todavía había gente en Islas Marianas que sabía rezar en español y había clases en español. No sé si aun será así, y por esto mismo, en mis últimos días en la isla me interesé al respecto. Supe que todavía quedaba en Saipán una mercedaria española, conocida como Sister Macu, pero no conseguí reunirme con ella porque, al parecer, estaba, a pesar de su avanzadísima edad, atendiendo educación y oficios religiosos en un centro de las colinas o tal vez en otro islote, según me dijeron. Desgraciadamente, al día siguiente ya tenía que viajar de regreso. Eso sí, no conocí a nadie en Saipán que no hablara bien de la hermana “Macu” y que no tuviera un recuerdo, más o menos directo, de la vivencia y relato de María Angélica Salabarría. Por si a alguien le interesa, en un pequeño pero documentadísimo museo, de la red Pacific Historic Parks, allí en Saipán, se puede encontrar documentación abundante.


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