Mi pequeño Salottino

Iñigo de Arteaga

Conocí al Marqués de Távara en la ciudad italiana de Bolonia una tarde primaveral de 2004. Por entonces ya sabía que era hijo del Duque del Infantado y, consecuentemente, de su pertenencia a una de las familias más destacables de la aristocracia española y europea; pero más allá del linaje, aquel encuentro en el cortile del Real Colegio de España me sirvió para descubrir a una persona ciertamente singular. Su naturalidad en el trato, así como su elegante pose, me llamaron profundamente la atención. Aquella presencia, afabilidad y cordialidad, incluyendo un punto de arrogancia bien llevada, imputable más a su energía y desparpajo que a cualquier otra cosa, resultaban tan llamativos como agradables.

El paso del tiempo, posteriores reencuentros y las noticias que de él recibía a través de otras personas, me ayudaron a comprender que Iñigo de Arteaga, como había intuido aquella misma tarde, era una persona auténtica y especial. Personificaba una extraña mezcolanza de tradición con modernidad. Igual introducía en una conversación algún dato del Cinquecento, como nos advertía de los últimos avances en tecnología fotovoltaica o recientes estrategias empresariales de financiación. Por convicción, por sentido de pertenencia a una antiquísima prole y también por su formación profesional, era una persona capaz de introducir unos apellidos, y con ellos, un enorme patrimonio centenario, de la mejor manera posible en el siglo XXI. Y hacerlo sin perder un ápice el sentido de la tradición y su proyección en el tiempo.

Foto: Iñigo de Arteaga con José Guillermo García-Valdecasas en el Real Colegio de España.

Iñigo tenía además un exquisito sentido del buen gusto. Nunca pareció renunciar a los goces materiales que consideraba, ni tampoco a las oportunidades que se le presentaban. Nos demostró también que era de esa minoría de personas que viajan y aprenden en sus viajes, y que los disfrutaba al máximo porque seguramente nunca se dejaba nada para la vuelta. Así lo atestiguan sus crónicas o al menos las que compartió en alguna ocasión conmigo sobre diferentes lugares del mundo. Sus relatos y observaciones, unido a sus inquietudes y su siempre enérgico compromiso con España, te hacían comprender que Arteaga, en otro tiempo, seguramente habría sido de los que aguardaba con Colón en La Rábida, de los que se aventuraría con Magallanes por el Pacífico, con Pizarro por los Andes, acompañando también a Blas de Lezo en Cartagena de Indias o al propio Cervantes en Lepanto; poniendo su talento a disposición de don Gil de Albornoz en el Salado o del Duque de Medina Sidonia para llegar a Dunkerque. Cualidades para asumir este tipo de empresas desde luego no le faltaban. En sus análisis tampoco se interpretaba nunca la historia con disfunciones temporales, sino en su adecuado momento espacio-temporal, lo cual le otorgaba una gran coherencia.

Alguna fijación, estilo y convicciones

Es común en otros ámbitos destacar sus relaciones y correcta armonía con la belleza, el buen estilo y la estética, de todo tipo y lugar, pero no creo que ello fuera lo más destacable de Iñigo. Tal vez, a este respecto, interesa destacar su especial sutileza a la hora de agradar cuando sabía que ello resultaría reconfortante e incluso útil, pero le salía de modo absolutamente natural. Recuerdo perfectamente una tarde en Bolonia comentándome algo sobre las técnicas contractuales leveraged buyout, cuando una señora italiana ya de cierta edad nos interrumpió porque quería saludarle. Él reaccionó con una sonrisa y le mostró su complacencia por el encuentro, al tiempo que le regalaba un elogioso comentario sobre su atuendo. Iñigo no solo le alegró la tarde a la señora, seguramente la semana entera, ganándose también, una vez más, su cariño y admiración.

No creo que queden muchos tipos como Iñigo de Arteaga. Y los pocos que existen con frecuencia son desdibujados malintencionadamente por diversos y a veces rancios motivos. Él era consciente de esto y le preocupaba en su justa - justísima - medida. Porque era de firmes convicciones, porque siempre mostró una insólita confianza en sí mismo y gran clarividencia en los planteamientos. Y aunque sus formas eran siempre muy diplomáticas, ante la adversidad o agresiones serias, él sería de los que, llegado el caso, renegaría de la delicadeza, consciente de que en ocasiones la justicia y la razón ameritan de un puñetazo encima de la mesa. Ante la zozobra, Iñigo se quedaría hasta el final, y si caía, su última petición sería seguramente que se contase, consciente de que en aquella actitud alguien podrá encontrar alguna enseñanza.

Foto de Pablo Zuloaga: Iñigo de Arteaga en el Palacio de la Monclova

En este último sentido, es posible que Arteaga perteneciera a una España ya inexistente, esa de la que incluso parecen renegar muchos de sus propios protagonistas y teóricos defensores; una España que tal vez solo queda en la retina, memoria y pensamiento de algunos entusiastas y cronistas o escritores, bien conocedores de su historia. Una España a la que Iñigo tanto quería y a la que de un modo u otro también ha contribuido desde su posición, ejemplo, trabajo y toma de decisiones.

El pasado 14 de Octubre se nos marchó en un desgraciado accidente de avioneta cuando regresaba a Madrid junto a Gonzalo Lapique Alonso y María África de la Calle. El desconcierto y desazón entre todos los que le conocíamos ha sido enorme y por eso decidí escribir este mínimo y personalbosquejo de la personalidad de alguien que tuve la inmensa fortuna de conocer. Alguien que, créanme, merecía la pena conocer. Este escrito, redactado con gran estima y admiración hacia su persona, supone también una muestra de gratitud hacia su familia. A pesar de la tristeza y el vacío que ha dejado, a muchos seguramente nos reconforta pensar que Iñigo puede que no se nos haya ido, es posible que más bien haya vuelto a casay esté en un lugar mejor.


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