Mi pequeño Salottino

El Imperio de la Administración

«Vivimos dentro y según la Administración. Ella nos convierte en lo que somos: ciudadanos y empleados, doctores, cónyuges, personas que poseen cosas. La Administración es espada, escudo y amenaza: insistimos en nuestro salario, nos negamos a pagar la renta, nos vemos forzados a pagar multas o se nos encierra en la cárcel, en nombre de lo que nuestro etéreo y abstracto soberano, la Administración, ha decretado. Y discutimos sobre lo que ha decretado, a pesar de que los libros donde supuestamente están registradas sus órdenes y directivas son silenciosos; actuamos entonces como si la Administración hubiera murmurado su sentencia, en voz demasiado baja como para ser escuchada con claridad. Somos súbditos del imperio de la Administración, vasallos de sus métodos e ideales, amarrados de espíritu mientras debatimos qué debemos hacer».

El párrafo precedente se corresponde con la traducción del inicio del prefacio de la obra «El Imperio de la Justicia» (Gedisa, 1992), de Ronald Dworkin. Pero, donde el insigne pensador norteamericano escribió «ley», yo me he permitido escribir «Administración». El cambio podrá considerarse un atrevimiento, alguien lo criticará y no faltarán tampoco quienes me acusen de confundir o forzar los términos y sentido de la reflexión dworkiniana. Soy consciente de ello. He seguido la obra de Dworkin desde que comencé a estudiar Derecho hasta que nos abandonó el pasado 14 de febrero, pero el título y presentación de su trabajo me parece oportuno y útil para exponer brevemente una realidad: la progresiva confusión entre «ley» y «Administración». Una confusión que, como tantas otras cosas, no es en absoluto una novedad y además discurre paralelamente a otros fenómenos, más o menos relacionados, que vienen a perturbar o distorsionar el sistema representativo en toda su extensión. Es cierto, no obstante, que su intensidad no ha parado de crecer en los últimos años. Hasta tal punto, que se puede sostener que ambos términos, «ley» y «Administración», son ya igual o más intercambiables incluso que en tiempos en los que se presuponía o no se dudaba que lo eran.

Mito y realidad de la Administración contemporánea

El fenómeno apuntado, creo que se explica como consecuencia de una serie de factores o realidades de carácter socio-político que, larvados durante décadas - tal vez varios siglos -, hoy asoman con nitidez a causa de la gran recesión que padecemos, siendo cada vez más identificables y reconocidos por los propios ciudadanos. Y para realizar un adecuado análisis de esta cuestión, creo inevitable remontarse a los años previos y posteriores a la última década del siglo XVIII. Entre otras referencias destacables, Turgot,Taine y, sobre todo, Alexis de Tocqueville, son de obligada lectura para entender mínimamente los sucesos, también para contextualizar adecuadamente las instituciones y comprender su evolución posterior hasta nuestros días. En sus obras y biografías ya hemos advertido en otras ocasiones que encontramos importantes claves interpretativas que se proyectan hasta hoy de modo más o menos inalterado.

En este sentido, tal vez fue Tocqueville quien más preocupación mostró sobre el hecho de que la Administración pública tiende a configurarse en todo caso como poderosa estructura. Una estructura que ayuda, permite, impide, promete y puede dar mucho, muchísimo. Porque como también hemos comentado ya en varias ocasiones, desde ella se influye de mil maneras en la marcha general de los asuntos y también en la suerte de las familias, así como en la vida privada y profesional de cada persona. Unas veces mediantes actos administrativos, otras mediante normas de diferente nivel o rango, otras simplemente mediante la no actuación. Como en antaño, la Administración hoy no solamente mantiene ese esquema, sino que ha ido mucho más allá de lo que algunos imaginaban. Así, la crítica tradicional a la corrupción propia del centralismo, que promovió toda una serie de ideas-fuerza respecto de su transformación, parece hoy una broma si tenemos en cuenta la corrupción desbocada e incontrolable que hemos conocido con la descentralización político-administrativa anudada también al incremento notabilísimo de los títulos de intervención administrativa.

Consecuentemente, en los términos empleados por Dworkin, la Administración ha sido y sigue siendo: espada, escudo y amenaza; según se trate y según de quién se trate. Es decir, la Administración llega a ser, en primera y última instancia, «ley». Porque desde sus entrañas se condicionan las normas y su desarrollo, también su interpretación, con la influencia de otros círculos o de modo aislado, a beneficio de los propios integrantes de la Administración o de quienes desde ella así se decida, en contextos de abundancia y también en circunstancias de penuria. En el nivel central, el regional el local o cualquier otro que se inventen. Porque, como advertía también el sabio aristócrata francés, basta estar ligado a la cosa pública por un hilo para no tener nada que temer de nadie que no sea ella misma. Y yo añadiría que también basta estar conectado por ese hilo para ser el último que tenga algo que temer. En estos tiempos no es un detalle menor.

Reformas desde la Administración, por la Administración y para la Administración

Así es como la Administración acaba configurando su propio «imperio». Un imperio que nos ha llevado a una situación de extraordinaria presencia administrativa en nuestras vidas. Seguramente la mayor jamás conocida a pesar de los esfuerzos para convencer a la gente de lo contrario. Porque nunca antes los ciudadanos hemos estado sometidos a mayor regulación, nunca antes hemos estado expuestos a más supervisión administrativa, nunca antes hemos estado tan fiscalizados tributariamente y nunca antes los poderes públicos  -y quienes en ellos se encuentran- han dispuesto de semejante número de títulos de intervención como en nuestro tiempo para no solamente condicionar o dirigir nuestro albedrío, sino también para justificar sus propias estructuras.

Sin embargo, y a pesar de la creciente conciencia social sobre el problema de la Administración en nuestras vidas, estos días algunos pretenden hacernos creer que semejante despliegue administrativo poco o nada tiene que ver con el empobrecimiento colectivo que hoy padecemos y que el cierre de unos centenares de empresas públicas, la implantación de la factura electrónica, el impulso de sistemas de ventanilla única en algunos municipios y enérgicos alegatos en favor de la siempre misteriosa cooperación y coordinación administrativa, además de representar un trabajo titánico, inédito en la historia de las Administraciones públicas, supone un encomiable movimiento transformador en materia de Administración pública.

El trabajo y líneas generales propuestas, qué casualidad, ha sido impulsado y realizado desde casa y para casa, una propuesta de reforma de la Administración, desde la Administración y para la Administración, y que por encima de cualquier otra consideración y/o expectativa respecto de su éxito o fracaso, en las actuales circunstancias que padecemos, no viene sino a confirmar el triunfo total, absoluto e incontestable de la Administración. Un triunfo que se cimenta, tal vez, sobre la convicción de que, a pesar de todo, a la Administración le seguiremos pidiendo, de ella seguiremos esperando y a ella seguiremos aspirando. Una Administración, en conclusión, configurada y entendida como fin y no como un medio.


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