Mi pequeño Salottino

El Euro, como El Coloso en Llamas

El argumento de la película dirigida por John Guillermin en 1974, como todo el mundo sabe, gira en torno al repentino incendio del lujoso edificio y las imprudencias cometidas por el constructor del mismo. Es cierto que cuando se hizo el edificio no se había desarrollado mucho la normativa sectorial contra el fuego, del mismo modo que cuando se diseñó el Euro no se pensó en la posibilidad de un fuego a gran escala en la eurozona que pudiera resultar devastador.

Los fuegos en los edificios como el de la película se deben a cortocircuitos eléctricos y su origen siempre es extraño, piénsese también en el Edificio Windsor de Madrid,mientras que el fuego actual de la eurozona se debe fundamentalmente al cortocircuito financiero, siendo su origen también extraño y confuso. Los primeros, como es sabido, se expanden por la arquitectura del edificio, que si no está debidamente estructurado para aislar zonas y crear habitáculos o espacios cortafuegos, las deflagraciones arrasan la edificación sin que nada ni nadie pueda evitar que termine reducida a escombros. Lo mismo sucede con el segundo.

Para evitar esto, el edificio debe permitir una evacuación rápida de los habitantes. La película nos enseñó que son necesarias salidas de emergenciaque no resulten fatigosas para sus ocupantes porque de lo contrario pueden terminar pisoteándose los unos a los otros buscando una salida. El arquitecto no debe olvidar tampoco algún tipo de sistema que detecte la presencia de fuego, además de procurar a la estructura ciertos utensilios, como mangueras, extintores u dispositivos de esos que cuelgan del techo y se activan automáticamente rociando agua. Quienes diseñaron el Euro no vieron la película.

Una fecha para el recuerdo: 1 de enero de 2002

El Euro nos hizo sentir parte de algo importante y prestigioso y por eso lo asumimos aun siendo conscientes del aumento de coste de todos los productos. Eran tiempos de liquidez y se admitía cualquier cosa con facilidad, pero lo curioso es que una década después todavía hay mucha gente, como por ejemplo mi madre - muy sabia y muy buena financiera porque no tiene título académico alguno -,  que no ha dejado de pensar y «valorar» en pesetas. En 2002 traducíamos de pesetas a euros y en 2012, curiosamente, traducimos cada vez más de euros a pesetas. Lo cual evidencia el fracaso del invento por mucho que sus defensores intenten convencernos de lo contrario con explicaciones de esas aparentemente sofisticadas.

Nuestra sociedad, y mucho menos los economistas, nunca mostrará gratitud ni reconocerán la importante función económica desempeñada por todas esas personas que, como mi madre, nunca dejaron de calcular en pesetas. Ellos y solamente ellos, han supuesto una barrera formidable para que el delirio y la esquizofrenia colectiva no haya sido incluso peor. Un punto de racionalidad entre la histeria del populacho mejor o peor vestido, pero enaltecido por aires de grandeza.

Una moneda corrompida

Suele atribuirse a Lenin aquello de que: «no hay medio más sutil ni más seguro de derribar la base de una sociedad que corromper su moneda». Esta reflexión puede tener un tratamiento profundo y afrontarse desde varias variables, pero lo cierto es que goza de toda su vigencia habida cuenta el cocktail explosivo que supone la disciplina del Euro para un buen puñado de países que no tienen nada que ver entre sí y que incluso se menosprecian entre ellos, junto al progresivo descrédito del sistema representativo en el que estamos instalados.

La irrupción repentina de las asimetrías de los países una vez desaparecida la liquidez ha causado un desconcierto generalizado que pocos están en condiciones de comprender verdaderamente, para aceptar que Grecia o Portugal no pueden compartir con Holanda o Luxemburgo algo tan importante como la moneda. La estrategia de quienes siguen al mando, como era de esperar, una huída hacia delante e intentar evitar los impagos como sea. Que no lo han conseguido, claro.

Llamaradas políticas y llamaradas financieras

Mientras tanto, los sucesos políticos en Italia, Holanda, Bélgica, Francia, Irlanda, Grecia, Portugal y los que están por venir en España, porque todo apunta a que este país no está a la altura de las circunstancias, así como la silente animadversión británica hacia los acontecimientos en el continente, nos dicen que la base social del proyecto europeo se tambalea a una velocidad de crucero por mucho que quienes de sus instancias viven insistan en lo contrario.  Como en otros tiempos, franceses y británicos culpan a los alemanes y los alemanes culpan a los franceses y británicos. Menuda novedad.

Pero las deflagraciones financieras son, si cabe, todavía más peligrosas. Los préstamos y créditos de todo tipo que hoy existen cruzados entre los Estados miembros de la Unión Europea, así como los asumidos con otras entidades extracomunitarias y la política desplegada por el Banco Central Europeo, apuntan a que, en buena lógica, la ruptura del euro no es un escenario asumible, digamos, por una vía pacífica. Pero este es un planteamiento estrictamente financiero que difiere mucho del planteamiento social y el grado de comprensión de la gente corriente y que no debemos desmerecer con una perspectiva ya de medio e incluso corto plazo.

¿Cuál es exactamente el argumento para defender el Euro?

La opinión unánime de quienes viven de la política y todas las instituciones que de ella derivan, pasa por defender el euro a toda costa. Según ellos, la alternativa sería  dramática y por eso no dudan en acuñar frases como «es tarde para abandonar el euro», o «no se puede deshacer una tortilla». Esta última referencia la han copiado de la película ¿Conoces a Joe Black? (1998), de Martin Brest. Pero lo importante de una moneda, como al parecer apuntaba el infame trotskista y como inconscientemente demuestran los ciudadanos más lúcidos, también es la percepción social de la misma. Y esto ha cambiado radicalmente en muchas sociedades una vez que han descubierto la monumental estafa política, económica e intelectual de la que han sido objeto. Esto es algo que los provisionalmente indemnes no están dispuestos a admitir y recelan e incluso responden con aspavientos cada vez que se sugiere. Pero el criterio de esta gente no nos interesa a las personas corrientes; del mismo modo que no nos interesa el criterio de quienes siguen defendiendo la necesidad de las Comunidades Autónomas en este país. Suelen coincidir.

Además, para que no se me acuse de reduccionista y otros exabruptos, recuerdo que las defensas del Euro son tan serias como la que le dedicaba alguien tan autorizado en el mundo de las divisas como George Soros hace unas semanas en Le Monde, afirmando que «el Euro debe sobrevivir porque una ruptura causaría una crisis en Europa que el mundo no podría permitirse». Ahora bien, al mismo tiempo y en la misma entrevista, reconocía que él invertía contra la moneda europea y que tenía claro que los dirigentes europeos están llevando el continente al desastre. Simplemente brillante. ¿Qué escenario puede ser mejor para el capo dei capi de la especulación, que millones de idiotas enemistados entre sí, acusándose entre sí, pero enganchados por una moneda común? Algunos dirán que veinticinco monedas fluctuando en el mismo ambiente. Es posible.

En cualquier caso, que las sociedades recuperen un aspecto clave de soberanía, como es la moneda, para algunos sería dramático, mientras que para otros despistados, como por ejemplo un servidor, no sería otra cosa que la recuperación de un el elemento primordial para poner orden en casa, acotar los plazos del desastre y abrir los ojos a quienes por ahí todavía los tengan cerrados. Claro que si tenemos a cualquier analfabestia en el Banco Central o en el Ministerio del ramo, de poco o nada serviría la medida. Esto también hay que admitirlo y seguramente es el argumento más poderoso para seguir en un barco a la deriva. La neutralización de la incertidumbre o deflagraciones que puede general el sistema representativo. Que ahí es nada.

No puedo, y creo que no debo cerrar este «incendiario artículo», sin recordar a Paul Newman, que nos decía en la escena final del filme que nos trae hoy aquí, que los escombros de aquél edificio tal vez deberíamos dejarlos «como monumento a la ambición humana».

Twitter:@JJGAlonso


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