Mi pequeño Salottino

Efectivamente, es la confianza

La expresión o reformulación «It’s about the trust, stupid» suele citarse por la campaña electoral del ex-presidente Clinton hace años como sabrán muchos lectores. Desde entonces, su mensaje se ha limitado mayormente al ámbito económico, financiero y bursátil. De modo muy especial tras la repentina quiebra de EnronWorldcom y Globalcrossing, cuya caída en escala hizo tambalear el sistema con una virulencia pocas veces vista, aunque las turbulencias estaban sobradamente justificadas. Si no podíamos confiar en las cuentas de las grandes compañías, tampoco en las auditoras y menos aun en los supervisores y reguladores, que ni parecían ni parecen enterarse de nada, ¿en quién o qué se puede confiar? ¿Sobre qué se sustenta el gigantesco y cada vez más expansivo edificio?

Esta ha sido y sigue siendo una de las cuestiones de nuestro tiempo y a la luz de los hechos y el desarrollo de los acontecimientos, parece claro que sigue siendo un tema irresuelto. Es posible que en realidad no tenga solución y estemos condenados a convivir en un contexto de intermitente adversidad y colapso del sistema económico por causas de diferente o parecida índole. Algunas veces impredecibles, otras es cierto que algo más previsibles, porque en realidad nada es absolutamente nuevo, salvo que vivimos entre la constante incertidumbre y los indicios.

Pero la confianza no se agota en la contabilidad creativa ni en la capacidad de las grandes compañías para engañar a sus accionistas y reguladores, tampoco en el funcionamiento de las auditoras y organismos supervisores. La confianza tiene un radio de acción mucho más extenso de lo que pueda pensarse en un primer momento y cuando vivimos tiempos de evidente inestabilidad y ausencia de confianza, su restablecimiento supone en última instancia restituir la paz social misma; las relaciones sociales de todo tipo y orden, porque el deterioro continuo de la confianza hace imposible aventurar el desenlace y no presagia nada bueno.

Además, la confianza no se limita a tener un presidente más o menos previsible, mejor o peor vestido, más o menos ideologizado, más brillante o menos memo. Cuando entra en barrena, la confianza afecta a todos los estratos sociales sin excepción, desde las relaciones en el campo a las pólizas de crédito, pasando, claro está, por lo que sucede en el Diario Oficial. Pero el BOE podrá, por ejemplo, obligar a las Administraciones públicas a pagar a sus proveedores en un tiempo determinado y así intentar apaciguar la morosidad y el daño económico desde la esfera pública, pero si la situación de facto se encuentra cortocircuitada, como de hecho es el caso, de poco o nada servirán ese tipo de disposiciones. Es más, hay que aceptar que incluso ello no haría sino contribuir a una mayor pérdida de confianza en el sistema al evidenciarse la intemperie en la que queda también la cosa pública. Su propia incapacidad.

Por otro lado, los anuncios de brotes verdes, las llamadas al optimismo axiológico y el enroque de las clases satisfechas o provisionalmente indemnes, tampoco sirve para restablecer la confianza, que a estas alturas deberíamos entender que no se basa en discursos grandilocuentes, más bien es un estado de la sociedad, como el sistema representativo mismo. Así, la confianza existe cuando para obtener un crédito no hay que ofrecer garantías superiores a la cuantía prestada, cuando los ciudadanos saben que salir a la calle no es una aventura impositiva o sancionadora, cuando puedan despreocuparse de las cuentas y relaciones contractuales de todo tipo de sus padres o abuelos porque saben que nadie les engañará - desde la factura eléctrica hasta los depósitos bancarios, pasando, obviamente, por el teléfono -; cuando, en definitiva, no existe o desaparece esa sensación de «todos contra todos» en la que estamos instalados, digan los políticos lo que digan.

Restituir la confianza exige también la certeza de que Hacienda no abusará del contribuyente como de hecho hace con regularidad, que tu Banco de toda la vida no se aprovechará de ti ofreciendo productos y condiciones poco creíbles y muchas veces ininteligibles, que en tu municipio puedes vivir sin la sensación de que el Ayuntamiento en realidad es una agencia de colocación de gente afín y que se ha convertido en un insaciable ente recaudatorio. Recomponer la confianza exige también, en la medida de lo posible, que tus trabajadores se comprometen con la empresa y son conscientes de las dificultades que atravesamos todos, y viceversa. Que los pleitos se resuelven con celeridad, que las familias no tienen que recurrir a infames artimañas para conseguir centro educativo para sus hijos o un centro médico adecuado, que el nepotismo y favoritismo se desvanece en favor del talento y que en las televisiones y medios hay gente que se gana la vida de manera decente y no contribuye activamente a la autodestrucción y la vulgaridad.

Este razonamiento, que obviamente es ampliable a otras muchas cuestiones - sobre todo respecto a la necrosis institucional y judicial que padecemos -, creo que cualquier persona que no se encuentre atrapada en el diván de las instituciones, la política o la ideología, está en condiciones de comprenderlo porque es nuestro día a día. Urge una reflexión profunda sobre el mecanismo de convivencia que hemos montado y también diferenciar la paja del grano para afrontar las corruptelas que padecemos y que, en definitiva, son las que ponen en verdadero jaque la credibilidad del sistema. Un sistema al que hay que admitirle ciertos niveles de incertidumbre e incerteza, pero que requiere inexorablemente de esfuerzos colectivos para restituir la confianza, incluyéndose la participación dequienes aun permanecen favorecidos a pesar de la adversidad, que deben inevitablemente aceptar y comprender acciones económicas que en última instancia van dirigidas a salvarles también a ellos mismos.

En definitiva, la tarea actual es recomponer la confianza a todos los niveles. En una tierra que ha alumbrado obras tan colosales y explicativas como el Lazarillo de Tormes, La Regenta o Miau, con una incesante e inquietante tendencia histórica a la autodestrucción; donde, como decía A. Castro, «las decisiones importantes siempre se posponen», y donde, como creo haberle leído alguna vez a P. Baroja, «los reaccionarios siempre fueron de verdad y los liberales de pacotilla», el desafío es extraordinariamente complicado y debemos ser conscientes de ello porque nos jugamos varias décadas. Otra vez.


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