Mi pequeño Salottino

Defensa de un pretendido delito

(…) La celebridad que alcanzó doña Baldomera Larra primero, y luégo el ruido que han hecho los préstamos que se la hicieron, llamándoselos imposiciones en su casa, y despues su ausencia del país, que se calificó de alzamiento de bienes, y su prisión en París, y el actual procedimiento mismo, son circunstancias que á la primera vista ponen temor en el ánimo é infunden justos recelos para aceptar la defensa de aquella señora.

Tal es la razón por que el Letrado que suscribe, trató de excusarse del desempeño de este encargo, mayormente cuando se decia en la prensa que otro apreciable compañero era defensor de la tratada reo (…)

No son pequeñas, ciertamente, las dificultades á que me refiero, porque con personas constituidas en semejantes condiciones, la opinion es implacable, y da por fallada la causa, tal y como se formó idea de ella por los periódicos y por el rumor público, y hasta tal vez se admire la gente de que haya quien patrocine á una persona que el vulgo ha condenado sin oirla.

No es tampoco el menor de los obstáculos que se oponen á la defensa la misma preocupación del patrono que, llevado de la corriente general, se podia hallar dispuesto á encontrar invencibles dificultades para emprender su tarea, recelando que el clamor general preocupe é influya en las mismas personas respetables que han de fallar, no siendo fácil que unos y otros se sustraigan á las propias prevenciones, para mirar el proceso con esa conciencia néutra, inseparable compañera de la justicia, que requiere la imparcialidad, para formar el juicio humano.

En casos semejantes, el patrono encuentra á sus clientes bajo el veredicto de la opinion, y bajo el peso de una acusación judicial grave, y debe aspirar a defenderlos ante el Tribunal de justicia, y a sincerarlos, si fuese posible, ante el de la opinion, ó cuando ménos, atenuar, dentro de los límites de la moral y la verdad, la triste situacion de aquellos (…)

Los esfuerzos de la defensa forense tienen que encerrarse en el proceso, y en lo que de él resulta está autorizado el defensor, ¡qué digno autorizado¡ obligado por un deber de conciencia á esforzarse en sacar de aquellos méritos todos los elementos que pueden mejorar la condicion del acusado. Cuando la causa es grave, y el suceso ha tenido un gran eco, y el tratado reo se ve como agobiado por la pesadumbre de lo que se llama opinion pública, pide a voces una expiación, entónces sube de punto aquel honroso deber, y es preciso formar un gran empeño, mayormente cuando el defendido es víctima de una preocupacion enemiga, y hay que averiguar la razon de que aparezca así. Y si sus actos son de la gravedad que se supone, ó de la responsabilidad penal que se dice, ha de procurar infundir en el ánimo judicial aquel convencimiento y poner las cosas en su lugar, revelando por ventura hasta qué punto se confunden en los procedimientos, mediante ciertas circunstancias desgraciadas, los acusadores y los acusados, los engañadores y los engañados (..)

El deber no tiene más que un lenguaje y unos principios invariables en que no hacen mella los errores y los vicios dominantes en la sociedad: pero los errores y los vicios no pueden ménos de influir en la imputabilidad de las acciones humanas.

Porque disculpan y atenúan, y en cierto modo enflaquecen la libertad del bien, cuando se halló sumergido, por decirlo así, el sugeto de una accion, en una atmósfera pestilente, que le sedujo á obrar en determinado sentido, por estimulos poderosos que enervaron su propia iniciativa.

En semejantes circunstancias y en todas las que preocupan el ánimo, sería de desear, si fuese esto posible, que quienes han de administrar la justicia se colocasen mentalmente en el caso del acusado, para tomar en cuenta sus motivos y apreciar con ánimo sereno las excusas que nacen del hecho mismo ó de los accidentes que le rodearon.

Mejor fuera todavia que el Juzgador se abstrajese de toda prevencion y examinara las cosas, como si no viera por otro prisma que el de lo escrito en el proceso.

Y no es que yo niegue á los Tribunales y mucho ménos al Juzgado, á quien tengo la honra de dirigirme, la severa imparcialidad que reclama su noble encargo, sinó que creo y toco, por desgracia, en la presente causa que transpiró en ella desde su primera hasta su última página la preocupacion general, y el digno Magistrado que la dio principio no ha podido sutraerse tampoco al influjo atmosférico, por decirlo así, de la opinion soliviantada contra mi defendida.

Extracto de la presentación de la Defensa de Doña Baldomero Larra y Wetoret,

Luis de Trelles, Juan Caldeiro

Imprenta de Fernando Cao, Madrid, 1879.


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