Mi pequeño Salottino

¿Deberíamos emigrar dos millones de personas?

Decían varios miembros del Gobierno a mediados del año pasado, que en ningún caso se llegaría a los 5 millones de parados EPA y que a partir de aquél momento se iba a crear empleo. Ahora sabemos fehacientemente que esa cifra se ha rebasado holgadamente y que puede seguir creciendo. De hecho, al dato habría que sumarle los centenares de miles que ya han abandonado el país y pensar también en la estratosférica cifra de familias con todos sus miembros desempleados para hacernos una idea de la situación. Es evidente que aquellas personas sabían de lo que hablaban.

La cifra es ignominiosa, dramática, aberrante... Ya se encargan algunos portavoces de poner todos los calificativos posibles al dato y de paso crear discursos y argumentarios sobre la base del vergonzante logro. Pero más allá de las pseudo-teorías de causa y efecto sobre el desempleo y las inanes recetas de cada cual, lo más importante tal vez sea que habida cuenta las circunstancias internas y externas que padecemos, el número de desempleados es ya claramente inmanejable para las autoridades, que más allá del voluntarismo y ciertos ejercicios de realismo, empiezan a ser conscientes de su incapacidad para contener la hemorragia.

Como otros autores, L. Thurow nos advertía hace ya décadas que en la vida económica los problemas no resueltos tienen la desafortunada característica de que se refuerzan entre sí. Nuestra incapacidad manifiesta como sociedad para resolver serios problemas relacionados con la gobernabilidad, las finanzas, la educación, la justicia, el funcionariado, las relaciones laborales, las tensiones político-territoriales y un largo etcétera, nos sitúa en una posición crítica y es lógico que aquellas personas que aspiran a desarrollar un proyecto de vida con unos estándares razonables no esperen más y opten por honrar a Bártolo de Sassoferrato y hagan sus bártulos más pronto que tarde. Ayer servidores, vendimiadores y otros recolectores, hoy licenciados e ingenieros, mañana no habrá distingos. América, Asia e incluso algunos rincones de África. La huída del capital marca la senda de la posterior huída migratoria y algunos pensarán que de este modo hacen incluso un favor a las sufridas arcas públicas.

No hay recetas de corto plazo

Admitámoslo. Salir de la ratonera del endeudamiento, del infame desaguisado financiero y del galimatías regulatorio creado para mayor gloria de algunos que siguen vendiendo «desregulación» como chivo expiatorio, ni es tarea fácil ni tampoco es un cometido de corto plazo. Hasta el más despistado puede comprender ya que el núcleo de nuestro drama nacional pasa por ese particular purgatorio cuya espina dorsal son las variables señaladas y la eterna asignatura pendiente de la productividad.

Es obvio que uno no puede ser productivo donde no tiene la oportunidad de trabajar, mientras que puede ser poco, algo o muy productivo donde sí la tiene. La productividad es una variable directamente relacionada con el crecimiento económico y que obviamente ayuda a mitigar el desempleo o a crearlo con fuerza, según se trate. Pero el crecimiento no puede ser una realidad si se merma la capacidad de consumir, que dicho sea de paso, depende en gran medida también de nuestra capacidad de producir. La respuesta a parte de los males que azotan a nuestra sociedad y que empujan a miles de personas a abandonarnos se centra precisamente en este punto. Una cuestión que en realidad trasciende las reformas laborales, los discursos políticos y también las ocurrencias varias que puedan llevarse al Diario Oficial.

Llevamos años teorizando sobre el necesario cambio del modelo productivo. Pero en un país como el nuestro no es sencillo abordar semejante empresa y menos aun en un contexto de calamitoso endeudamiento. Para hacer que la fuerza laboral y la inversión se trasvase a sectores nuevos es inevitable retirar fuerza laboral y capital de sectores antiguos de baja productividad, poco competitivos e incluso obsoletos. Pero cada desinversión representa una amenaza para alguien y ya se ocupan los agitadores y las clases satisfechas creadas a su alrededor de imposibilitar cualquier movimiento a este respecto. Nuestra consigna cultural es mantener el statu quo a costa de lo que sea y de quien sea. Pero si no sabemos o no estamos dispuestos a afrontar ese proceso y desarrollar políticas serias de desinversión, no solamente no podremos revertir el desempleo, tampoco podremos competir y no nos queda más remedio que asistir al espectáculo del empobrecimiento generalizado y la fuga masiva de mano de obra de todo tipo.

Así las cosas, todo apunta a que seguiremos asistiendo a numerosos debates y polémicas sobre las causas y efectos del desempleo. Muchos de los que discuten y teorizan tal vez no son conscientes de que aquellos de quienes viven ya no les hacen caso alguno. El Estado presencia hoy algo para lo que no parecía estar diseñado en la mente de algunos. Este es uno de esos momentos en el que los individuos empiezan a actuar desde la resignación y el hastío. Parecen reflexionar como sujetos verdaderamente libres, despojados de servidumbres ideológicas y llevados por sus necesidades más elementales. Falta muy poco para que ya no se pueda jugar con ellos al patriotismo, ni se les pueda exigir fidelidad, tampoco más sacrificios ni sumisión alguna. Sólo los provisionalmente satisfechos parecen estar en condiciones de no maldecir por el daño creado.

Mientras tanto, el Kyrie eleison se murmura nuevamente entre las familias de los pueblos. Twitter: @JJGAlonso


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