Mi pequeño Salottino

Debe haber más víctimas

Pocos nos recuerdan en este tiempo que hay un par de personajes que históricamente merecen situarse al mismo nivel que Richelieu y el propio Robespierre. Se trata, por un lado, del escocés John Law,a quien podemos considerarel primer gran genio financiero, y por otro, de Nathan Rothschild, que contribuyó igual o incluso más decisivamente que los dos primeros a ese particular proceso de aniquilamiento de la aristocracia europea y cambio de modelo de convivencia en el continente.

El papel de N. Rothschild en este singular proceso se explica por el desarrollo e implantación a lo largo de los siglos XVIII y XIX, de un nuevo sistema financiero que venía a dar continuidad a los ejercicios de alquimia realizados previamente por el de Edimburgo, así como a otras prácticas ya existentes en los florecientes mercados globales. Su sistema financiero pretendía dar respuesta a las demandas de una realidad mercantil en auge, pero lo más trascendente es que acabaría convirtiéndose en el instrumento perfecto de generación de nuevas élites y destrucción de las tradicionales. Un nuevo mecanismo que, como señala N. Fergusson a lo largo de su obra, venía a sostenerse en el menos fiable de los elementos: el dinero. El factor que en última instancia nos permite comprender gran parte de las perturbaciones que se producen constantemente en todos los órdenes de la vida, así como los cambios sociales, económicos, políticos y científicos que hemos conocido a lo largo del tiempo.

«El cambista y su mujer», de Marinus van Reymerswael (1539). Museo del Prado

Desde entonces, desde el impulso y consolidación del nuevo sistema financiero auspiciado por Rothschild, las relaciones entre las finanzas y la política, así como con la sociedad misma, no han dejado de ser objeto de polémica y debate. Por un lado, las clases tradicionales y más conservadoras no ocultaron su irritación por el advenimiento de un invento que suponía el fin de un mundo que les resultaba placentero y fácil de controlar, mientras que los radicales de izquierda llevan siglos lamentándose por las esquinas - confundiendo pensamiento con fantasía - por las consecuencias del auge de «algo» que no pueden controlar y que a duras penas terminan si quiera de comprender.

La innovación de Rothschild a escala mundial, más allá de las consecuencias ideológicas, permitió y sigue permitiendo los mayores desarrollos y progresos jamás conocidos. Y ello a pesar del elemento autodestructivo que también encierra el mecanismo, que viene a constituir un «poder» diferente al estrictamente político; que en esencia promueve la mutación y la selección constante, con capacidad real para fagocitar y engullir a los gobiernos y, consecuentemente, condicionar sus decisiones. Algo que ideológicamente aterra a muchos. Causa espanto la simple idea de que exista ese «algo» que pueda más que los diarios oficiales e incluso, llegado el caso, que la propia capacidad coactiva y punitiva del Estado. Un Estado que antes tenía una base absolutista y/o estamental, hoy felizmente asentado sobre nuevos ropajes bajo la fórmula del sistema representativo que tan buen acomodo procura a los sucesores del modelo previo, que como hemos comprobado, no son necesariamente, ni mejores, ni más bienintencionados.

El desconcierto generalizado ante el cataclismo

Como ya sabe casi todo el mundo a estas alturas, cada cierto tiempo el sistema financiero sufre un cataclismo como consecuencia, fundamentalmente, del fiel reflejo del mismo respecto de los comportamientos humanos. Nuestra serie histórica revela así los defectos e imperfecciones de un sistema que gira esencialmente sobre la euforia y el desaliento de las personas. Una explicación que difícilmente es aceptada y considerada como suficiente. Por eso, una vez que se hace patente el desastre, emergen ejércitos de columnistas y académicos, empeñados en identificar otros responsables más o menos directos y mediatos. Responsables que obviamente nunca tienen nada que ver con ellos mismos, incapaces de asumir intelectualmente ningún tipo de regresión y mucho menos de redefinir algunos de sus posicionamientos ideológicos, los cuales suelen considerar, claro está, una gran avance de la Humanidad.

A esta primera fase de desconcierto y borrachera de doctrina económica provocada por el anuncio de «desaceleraciones aceleradas» y cosas así, le sigue una situación de perplejidad más intensa y preocupante. Quienes controlan los diarios oficiales empiezan a comprender que en realidad gobiernan menos de lo que creían, mientras que la ciudadanía empieza a interiorizar que quienes gobiernan en realidad no son quienes creían que gobernaban, pero ahí están. Entonces, los simpatizantes de las viejas tendencias marxistas afloran con renovado entusiasmo, apareciendo también nuevos cazadores de todo signo y color que intentan convencernos de sus recetas. La demanda de información económica se dispara entre los ciudadanos ante el desasosiego, las librerías se inundan de material explicativo y reivindicativo que no aporta en realidad nada nuevo y la crispación se extiende de modo proporcional al número de víctimas, que aumenta en forma de desempleados y arruinados sin que nada ni nadie pueda hacer gran cosa para evitarlo.

El reguero de víctimas y la pregunta por los liquidadores

Un crack como el que vivimos en la actualidad se explica desde muchas perspectivas, pero esencialmente se comprende desde el funcionamiento de ese sistema financiero diseñado originariamente por los Rothschild y que más allá de Basilea I, II y III, sigue siendo prácticamente el mismo. La recomposición decente de un entuerto como el actual, pasa inevitablemente porun saneamiento profundo de todo el modelo, debiéndose aceptar víctimas de todo tipo. Porque cuando una sociedad, además de arruinada, alcanza niveles del 25% de desempleo y sus sistema financiero se convierte en todo un enigma, entonces todo, absolutamente todo, es obligatoriamente replanteable. Quienes desempeñan la función de gobierno deben entender que su papel en estas circunstancias no es de meros gestores sino fundamentalmente de liquidadores. Y deben atreverse a asumir esa función sin pretender que las víctimas del desastre se limiten a los centenares de miles de desempleados, a las decenas de miles de familias desahuciadas y otros tantos de pequeños empresarios arruinados ya para siempre.

La purga periódica y profunda está en la esencia del sistema económico y financiero como la selección natural aparece en la economía de las especies. Poco o nada se puede hacer contra ello y flaco favor nos haríamos a nosotros mismos si pretendemos minimizar los daños con los habituales ejercicios de quiromancia dialéctica, defender el statu quo recurriendo a técnicas ciertamente inconfesables o pretender dejar intacta la estructura bajo la cual se parapetan los responsables directos o indirectos de tamaña negligencia. Se equivocan quienes creen ganar tiempo para no se sabe qué, amparándose en instancias supranacionales y otras formas de sofística, del mismo modo que yerran quienes teorizan sobre el desastre limitándolo, poco más o menos, a escenas como la representada aquí por Rembrandt.

«Expulsión de los cambistas del templo». Rembrandt (1635). Rijksmuseum, Amsterdam

El fenómeno del cortocircuito financiero sigue siendo una realidad sin aparente solución, ni teórica ni práctica, y aboca a las sociedades que los padecen a la más absoluta incertidumbre. El trabajo de los poderes públicos en esta situación no es otro que facilitar la purga y hacerlo cuanto antes, porque una economía no saneada termina convirtiéndose en una losa moral y material sobre cualquier país. Urge que las entidades financieras más débiles o problemáticas desaparezcan cuanto antes y que los integrantes de ciertas élites empresariales, políticas, sindicales y de todo tipo, esas mismas que hemos conocido en las últimas décadas, tampoco sobrevivan y vayan extinguiéndose. Este es, creo yo, el verdadero desafío que debe afrontarse de manera cívica y ordenada, porque por mucho que la propaganda indique otra cosa, resulta escandaloso que más de cinco años después de la toma de conciencia de la magnitud del desastre y su proyección, sigamos igual o prácticamente igual que al principio.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba