Mi pequeño Salottino

Consejo a los estudiantes: Huid, huid, malditos

A finales de 2007 recomendé a mis estudiantes de Derecho administrativo-económico el documental «ENRON: los tipos que estafaron a América» y también tres películas: «El gran salto», de los hermanos Cohen; «Las uvas de la ira», de John Ford; y por último, «Danzad, danzad, malditos», de Sydney Pollack. Sospechaba que no verían ninguna de las cintas, pero no se me ocurrió mejor forma de explicarles lo que estaba sucediendo e insinuarles al mismo tiempo la que se avecinaba y que prepararan las maletas. A quienes no hablaban inglés – la práctica totalidad -, les dije que lo aprendieran cuanto antes, dejándolo todo para pasar una prolongada estancia en cualquier país angloparlante o por Centroeuropa haciendo cualquier cosa, aunque fuera servir hamburguesas, cuidar animales en un parque o estar de socorrista. Cualquiera de esas experiencias le sería más útil que un curso de verano impartido por renombrados catedráticos y premiado con créditos de libre configuración. Esos que sirven para que sus organizadores se aseguren cierta concurrencia.

Mi planteamiento les causó gran impacto e incluso me consta que llegó a oídos de otros colegas de profesión, que no dudaron en acusarme de exagerado y alarmista. Yo, en cambio, como docente y también como persona que había tenido la inmensa suerte de estar intermitentemente dentro y fuera del país, y que tal vez tenía formación y elementos de juicio adicionales sobre el contexto, me veía en la obligación de lanzarles aquella advertencia. Era mi obligación decirles abiertamente que lo que hacíamos seguramente les serviría para poco, en algunos casos incluso para nada, y que si querían encauzar cuanto antes sus proyectos de vida, debían comenzar a valorar muy seriamente la posibilidad de hacerlo en el exterior, renunciando incluso a desarrollar la profesión para la cual estaban estudiando.

En aquellas semanas el nerviosismo financiero tomaba velocidad ante los ya cada vez más evidentes problemas de importantes marcas financieras e industriales a ambos lados del Atlántico y las reacciones de los políticos eran sumamente ilustrativas. Sus declaraciones, una tras otra, confirmaban mis sospechas y temores. Fue el propio presidente de gobierno quien me hizo ver con claridad que mi planteamiento no acabaría siendo desacertado. En octubre de 2007 se le ocurrió afirmar con vehemencia que la economía española tenía unos excelentes fundamentos y que las posibilidades de crisis eran pura falacia y catastrofismo. Aquellas palabras inmediatamente me recordaron el discurso del presidente Coolidge dirigido al Congreso norteamericano en 1928, en el que se congratulaba y anticipaba un largo periodo de prosperidad y bienestar para la nación. Luego vino lo que vino, claro.

Han pasado ya algunos años y lo cierto es que pocos estudiantes se encuentran hoy en el exterior. Algunos me escriben emails en busca de consejo, pero en realidad poco o nada puedo decirles. La situación laboral de España por todos es conocida y el gap profesional para los jóvenes titulados universitarios es algo realmente dramático y no se está atendiendo como es debido. Ni siquiera se está afrontando con transparencia y nadie está en condiciones de aventurar el tiempo que necesitaremos para que los profesionales que han perdido su empleo se puedan recolocar y que se den las condiciones para que los jóvenes titulados comiencen a tener alguna oportunidad. Hablamos de centenares de miles de personas que han quedado en un limbo profesional, abocados a un sinfín de cursos, masters y distintos procesos de formación adicional que, si somos sinceros, tampoco servirán para nada. Salvo para hacerles perder más tiempo y dinero.

Ante este panorama, es lógico y habrá quien piense incluso que deseable, que la huída del país pase de ser una alternativa a una obligación. Por eso no es casualidad que estos días algunos informes nos digan que unos 50.000 ciudadanos españoles abandonarán el país de manera inminente y que otros 500.000 extranjeros harán lo propio ante las nefastas perspectivas laborales. Es decir, el código de supervivencia se ha activado y la sociedad empieza a entender con claridad que nadie les va a solucionar sus problemas con celeridad. Dicho en otros términos, la sociedad empieza a interiorizar que los reguladores en realidad poco o nada pueden hacer ante la tragedia, limitándose la estructura a la propaganda y la mayoría de sus componentes al aseguramiento de su propia supervivencia y bienestar. Esta es, sin duda, la más cruel de las diapositivas de nuestro tiempo y seguramente el pasaje más irritante del cada vez más cuestionado sistema representativo. Las sonrisas de los diputados y senadores electos, así como la complacencia de la hueste de gardingos en espera de acomodo, en realidad, más que cualquier otra cosa, muestra alivio.

Ante esto, resulta inevitable que aflore de nuevo entre nosotros una particular forma de autotutela ante la adversidad y la inoperancia de los poderes públicos. Una autotutela que se concreta de muy diferentes formas y que todas y cada una de ellas está justificada. Emigración, retornos, nuevas aventuras empresariales, economía sumergida y también el desplazamiento de los servicios públicos de empleo por otros operadores. No es casualidad que la gente confíe más sus posibilidades de búsqueda de empleo a webs como la que recientemente urge a cubrir unos 5.000 puestos en Noruega dentro del ámbito de la ingeniería, que a los servicios públicos de empleo, cuya razón de existir habría que replantearse muy seriamente, y no es la única cosa pública que debería replantearse. Estamos, en definitiva, ante una peculiar forma de (re)afirmación de la sociedad frente los poderes públicos, que de maquinaria expendedora de dádivas y favores, pasa a convertirse en inservible organización en unos casos, en un serio problema en otros, y también en un insoportable competidor en otros muchos supuestos. Por no hablar ya de su insaciable actividad confiscatoria so pretexto de mantener «prestaciones». A esto último, con un poco de suerte me referiré en otro momento con ocasión de un supuesto real que afecta a muchas personas y que causa verdadero espanto.


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