Mi pequeño Salottino

Château de Valrose

En 1867, el músico y financiero ruso Paul Von Derwies compró varias parcelas a las afueras de Niza y ordenó a los arquitectos David Grimm y Antonio Crocci la construcción de un complejo palaciego con varias edificaciones y una generosa zona ajardinada. Los trabajos se prolongaron durante varios años, se empleó a centenares de trabajadores en la obra y el coste final del proyecto ascendió a varios millones de francos-oro. El resultado de aquella iniciativa fue el Château de Valrose. Un castillo de estilo gótico, decorado en su interior de manera extraordinariamente lujosa y acompañado de un jardín exterior repleto de refinada flora italiana. Palmeras de la bellísima localidad de Bordighera y también otras especies de Génova y Florencia que habían sido encargadas y transportadas expresamente para la ocasión.

El Château de Valrose, como era previsible, se convirtió inmediatamente en un lugar de encuentro social y en sus dependencias era habitual que se organizasen diferentes actos y eventos culturales, los cuales eran frecuentados por la alta sociedad, también por diplomáticos, dignatarios y otras reconocidas personalidades, músicos e intelectuales de la época. Pero a finales del siglo XIX, el financiero ruso comenzó a tener serios problemas económicos y no pudo evitar la bancarrota, que le llegaría finalmente en 1899. El espectacular Château de Valrose tuvo así que ponerse en venta, pero no era nada fácil encontrar un comprador que asumiera el precio de venta y, sobre todo, el coste de mantenimiento de semejante propiedad. Así, el complejo quedó expuesto a movimientos especulativos durante más de una década, sin patrocinador o casero que pudiera darle vida, uso y alegría a tan magnífico paraje.

La irrupción de la familia Patiño y la cesión al Rey Alfonso XIII

Simón I. Patiño, uno de los personajes más fascinantes de todo el siglo XX, magnate del estaño boliviano, de descendencia española - vasco para ser más preciso -, adquirió en 1920 la majestuosa residencia ubicada en Cimiez. La compra se materializó tras una curiosa historia de ventas y reventas como consecuencia de la mencionada quiebra de Von Derwies, pero desde aquel momento la familia Patiño al completo alternó su tiempo entre Château de Valrose, París y Biarritz, donde también habían adquirido otra residencia un tiempo antes.

Familia Patiño, por Avelino G. Nogales, Museo Nacional de Arte de Bolivia

Cuenta Charles F. Geddes en su deliciosa biografía «Patiño: Rey del estaño», obra traducida al castellano por Walter Montenegro (diplomático y miembro de la Academia Boliviana de la Lengua Española), que la prensa mundial - menos la española - se hizo eco a mediados de 1931 de que Alfonso XIII, que por entonces residía en Fontainebleau, deseaba trasladarse a Niza y buscaba una propiedad que dispusiera de treinta o cuarenta habitaciones, amplios salones y un jardin. Le propusieron entonces dos opciones en la zona a un precio de unos cincuenta millones de francos y una de las alternativas era precisamente el Château de Valrose, que por entonces, como se ha dicho, ya era propiedad de Simón I. Patiño.

En mayo de ese mismo año, según el anglo-escocés Geddes, que durante décadas estuvo relacionado empresarialmente con Patiño, el rey Alfonso XIII aceptó el ofrecimiento del empresario boliviano y estableció definitivamente su residencia en el magnífico palacio. En ninguna de las biografías, documentación o textos históricos relacionados con don Simón I. Patiño, se hace mención a contraprestación económica alguna, por lo que hemos de suponer que el propietario cedió el Château de Valrose a su majestad para que dispusiera del mismo todo el tiempo que considerase oportuno, con el consecuente ahorro de los cincuenta millones de francos que estaban previstos desembolsarse en la adquisición de una residencia, claro está.

Un gesto propio de quienes practican generosidad, lealtad y gratitud

Gestos como el de Patiño hacia el rey Alfonso XIII no representan precisamente un comportamiento convencional. Parece lógico, eso sí, entenderlo en un contexto muy particular. Seguramente, cesiones como la indicada suponen una forma de entender las relaciones y también las lealtades. Son gestos que, contrariamente a lo que se piensa muchas veces, existen - o al menos han existido -, y los realizan un muy determinado tipo de perfiles. Habrá quienes consideren que no se trata más que de contraprestaciones encubiertas, mientras que otros opinarán que estamos ante gestos que se prodigan entre la vieja nobleza o aristocracia, también entre gente adinerada ávida de reconocimiento o deseosa de futuras prebendas o compensaciones. Pero nada de esto parece que concurría en el caso de Simón I. Patiño. En primer lugar, porque él no provenía de abolengo, nació en el humildísimo pueblo boliviano de Caraza - hoy Santiváñez – y su primer empleo parece ser que fue vendedor de artículos importados en una pequeña tienda en una localidad próxima a Oruro. Tuvo la habilidad, eso sí, de incorporarse a tiempo al auge mundial de la minería y la fortuna de tropezar con «La salvadora», que resultó ser uno de los mayores almacenes de estaño del mundo. Pero la mencionada mina no habría sido suficiente si Simón I. Patiño no hubiera sido dinámico, trabajador y emprendedor. Se convirtió en una de las mayores fortunas del mundo en muy poco tiempo, pero nunca perteneció a la aristocracia o la nobleza, que por entonces ya venía claramente a menos en todo occidente. Tanto él como su señora esposa, eran discretos y de gustos sencillos; y aunque es cierto que las relaciones entre Simón I. Patiño y don Alfonso XIII se remontaban a la época en la que el industrial ostentó cargo diplomático en Madrid y que una de sus hijas se casó con el Marqués del Mérito - que acompañó al rey Alfonso XIII la noche que tuvo que abandonar Madrid -, su ayuda al monarca en Niza es propia de las mejores almas nobles y creo que merece destacarse.

En la actualidad, el Château de Valrose alberga un campus científico y se encuentra protegido por la normativa francesa de monumentos históricos desde 1991, pero en sus entrañas se seguirán ocultando historias y episodios interesantes que poco o nada tienen que ver con su actual uso. Téngase en cuenta que incluso se llegó a especular con la presencia de fantasmas que salían a bailar a la luz de la luna en los jardines, pero me imagino que alguien consciente de que semejante publicidad podría hundir el valor de la propiedad, publicó que las apariciones se debían a una esposa sonámbula de un empleado del servicio. Nadie parece estar en condiciones de confirmar o desmentir la presencia de fantasmas, pero lo cierto es que el Château de Valrose constituye unedificio más que apto para albergarlos. Al conocer del incidente, no pude evitar recordar algunos pasajes de las breves novelas Fantasmagoría y Los acertijos de Saldaña, contenidas en la obra Trivio de Espejos (J.G. García-Valdecasas, Calpe narrativa, 1991) que tanto me impresionaron hace unos años. Allí se dice que sólo un modestísimo erudito local alcanzará a comprender y sabrá en detalle la historia de Saldaña; como en nuestro caso, tal vez, la de Château de Valrose.

*** El pasado 3 de enero falleció don Jaime Ortiz-Patiño, nieto de don Simón I. Patiño. Entre otras muchas cosas, don Jaime fue el gran impulsor del golf en nuestro país. Residía entre Suiza y España. Las semanas anteriores a su fallecimiento estuve intentando concertar una cita con él y accedió generosamente al encuentro con ocasión de su viaje desde Suiza para pasar las navidades en Marbella. El encuentro nunca tuvo lugar por su triste pérdida, pero me habría encantado mantener una conversación con don Jaime sobre su abuelo. Sólo deseo que este texto valga también como personal reconocimiento a su trabajo y memoria. 


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba