Mi pequeño Salottino

Breve historia de una estafa organizada

Uno de los episodios con mayor fuerza explicativa acerca de los sucesos acaecidos estos últimos años en nuestro país, a mi modo de ver, lo representa la historia de la entidad financiera Bankia. Una historia ampliamente abordada por numerosos análisis y artículos de opinión, que aquí también hemos tratado en algunas ocasiones, pero que sigue escribiéndose como consecuencia de las diferentes causas judiciales y extrajudiciales en curso, así como las decisiones administrativas que deben tomarse en lo sucesivo. Algunas de estas decisiones, con total seguridad, nos ilustrarán con mayor nitidez sobre las corruptelas y deficiencias del sistema. O tal vez no.

En cualquier caso, como ya es tarde para prácticamente todo, en este momento lo único relevante puede que sea la necesidad de tomar conciencia de que los movimientos y despropósitos que han rodeado a Bankia no deben caer en el olvido para las próximas generaciones de ciudadanos ni tampoco para los especuladores anónimos, que deben tomar buena nota del pasaje para evitar así importantes sobresaltos en el futuro e incluso para, llegado el caso, sacar buen provecho. Un adecuado análisis de este desastre, tengan por seguro que también sirve para entender la verdadera naturaleza del Estado contemporáneo. Algo que tiene su particular interés y relevancia en la senda que nos hemos propuesto y que no es otra que la de arrojar luz en la lucha por un sistema de mercado más limpio y menos corrupto.

Algunas fijaciones sobre el engendro

Más allá del debate de la forzada salida a Bolsa de Bankia (el precio de colocación o las presiones que rodearon a las fusiones previas), cuyas consecuencias están aun por dirimirse, llama poderosamente la atención que los miembros del Comité Asesor del IBEX 35 decidieran que esos títulos debían estar en este índice. Uno puede pensar que en los títulos concurrían elementos que así lo aconsejaban, pero no dejábamos de estar ante la mayor estafa económico-financiera de nuestra historia, como para permitir a esos papelitos ocupar sitio en el «selectivo bursátil». Es cierto, no obstante, que siempre podremos y podrán encontrar argumentos de carácter técnico para justificar esa medida. Pero no resultan, ni mucho menos, convincentes.

Pero esta no ha sido la única fijación llamativa en torno a la aventura bursátil de la entidad. El despropósito era y es de tal envergadura, que cualquier observador atento recordará también a la actual Presidenta de la CNMV, escandalizada por el bajo valor de cotización de Bankia cuanto se negociaba a ¡¡1,17 euros!! Es decir, la futura máxima autoridad del regulador bursátil no parecía comprender qué había sucedido con esta entidad y, sobre todo, qué iba a suceder. Nadie le había advertido tampoco de que, sobre Bankia, lo más inteligente era guardar absoluto silencio porque lo más desagradable no había sucedido aun y estaba por llegar.

Una última fijación que no debemos pasar por alto en esta disparatada historia, la constituye el hecho de que en ese nivel de cotización, según se publicó en algunos medios y así me han confirmado, centenares de empleados de la entidad financiera, jaleados por sus superiores, acudieron al rescate de la misma invirtiendo importantes cantidades de sus propios ahorros. Es verdad, todo sea dicho, que muchos de ellos pudieron escapar cuando el valor muy puntualmente rebotó unas semanas después hasta los 1,50 euros, pero muchos de los empleados acudieron a la OPV a 3,75 euros y sólo deseaban que el valor alcanzase un nivel superior para al menos compensar. Otros ingenuos pensarían que sus superiores eran unos genios financieros y que incluso terminarían pronto con pingües beneficios a costa de los papelitos fraudulentos. Nada ha sucedido.

La valoración de Bankia, el levantamiento del velo y el desenlace final.

Pasaron las semanas y Bankia seguía, por motivos obvios, en el punto de mira de todo el sector. Y así hemos llegado a estos días pasados, cuando conocimos oficialmente lo que en realidad todos sabíamos o sospechábamos. El FROB entiende y sostiene que la entidad vendría a tener un valor negativo de más de cuatro mil millones de euros. Una cifra que habría sido muy superior si las autoridades y reguladores no hubieran permitido a esta entidad – como a otras muchas - cuatro años de fechorías y abusos con los ciudadanos.

Hay que admitir, no obstante, que Bankia tiene un importante honor. El de haber permitido a todas las casas de análisis bursátil, por una vez, acertar en sus diagnósticos de valoración. Aunque debamos señalar que la mayoría de estos pronósticos se sucedieron después de la sonora y costosa auditoría de Oliver Wyman y Roland Berger, pero coincidiremos en que es cierto que después de aquél «veredicto», existía práctica unanimidad sobre el valor prácticamente nulo de las acciones de la entidad, para mayor escarnio de todos los accionistas, condenados a huir del valor asumiendo ingentes pérdidas o, por el contrario, esperar algún tipo de milagro.

Es igualmente obvio que a este breve análisis se podrá responder con argumentos pseudo-técnicos y uno especialmente convincente: A Bankia había que recapitalizarla a toda costa por su previsible impacto en la economía nacional y también había y hay que dejarla cotizar para que los accionistas, si lo desean, puedan materializar su venta. Lo primero es simple y llanamente falso, mientras que lo segundo sería algo así como reconocer abiertamente que la colocación de esos papelitos no era más que una operación fraudulenta diseñada al más alto nivel y que la autorización de fluctuación vendría a permitir, si el accionista así lo desea, la materialización de la pérdida y, de este modo, el buen fin del saqueo organizado.

En la actualidad, como se ha apuntado, hay varios procesos abiertos para aclarar, entre otras cosas, la salida a Bolsa de Bankia. Una operación que nunca debió producirse, que dará lugar a aburridos y embarazosos debates políticos, y que en última instancia podrá defenderse bajo el señuelo de las reglamentaciones aplicables, pero, ¿de verdad no había nadie en el BdE, ni en la CNMV, ni tampoco en el Ministerio de Economía, que supiera que «esto» estaba por llegar? O lo que es lo mismo, ¿que Bankia no valía un céntimo? Ja.

Por último, señalar que el silencio de todo este zoológico político-financiero, tal vez sea la prueba más sonora de la naturaleza misma de la operación. En lo sucesivo proseguirá la salvaje especulación con el valor, las dudas de los minoritarios y demás parafernalia, pero téngase en cuenta que toda esta historia, incluida la alta volatilidad en su cotización, ha estado provocada, patrocinada y auspiciada, por los propios poderes públicos. La cotización actual era algo que estaba por llegar y lo único que puede que se eche de menos en toda esta secuencia, seguramente será que nadie, absolutamente nadie, saltará desde alguno de esos edificios altos de Madrid. Incluso de los inclinados. Esto último es lo que mandan los cánones en estos casos y sería, desde luego, un cierre digno y honroso. Pero no sucederá.


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