Mi pequeño Salottino

Breve bosquejo sobre el arte de la renuncia

La renuncia, y también la no-renuncia, consiste en un gesto, acto o comportamiento humano que nos permite conocer un posicionamiento y realizar también una introspectiva en la personalidad de la gente. Normalmente se suceden como consecuencia de eventos o acontecimientos particulares, pero también sobre otras cuestiones de mayor alcance. Existen renuncias individuales y renuncias colectivas, pero lo habitual suele ser que conozcamos de renuncias particulares, sobre todo con ocasión del logro de alguna distinción o reconocimiento, ejerciéndose frecuentemente a modo de reivindicación o protesta. No obstante ello, hay casos es los que las renuncias se acompañan de unas circunstancias y un entorno casi místico, que purifica y hasta espiritualiza. Así, tanto la renuncia como la no-renuncia, creo que tienen un valor pedagógico muy preciado y se manifiesta en todos los órdenes de la vida.

Algunas renuncias han sido muy sonadas y con frecuencia han supuesto también una fuente de polémica y desconcierto. Es el caso, por ejemplo, de la renuncia al Nobel de Jean Paul Sartre en 1964. El escritor llegó a decir que "no sería lo mismo firmar como Jean-Paul Sartre que si firmaba como Jean-Paul Sartre, Premio Nobel". Su caso fue especialmente singular porque todo apunta a que no quería compartir esa distinción con Albert Camus - que había obtenido el reconocimiento unos años antes – y por eso tal vez se adelantó incluso al anuncio, advirtiendo mediante carta al Comité de los Nobel unas semanas antes de su veredicto, de que no deseaba el premio y les pedía que se abstuvieran de concedérselo.

Por su parte, en el mundo del cine podemos recordar el episodio protagonizado por Dudley Nichols, autor del guión de la película The Informer (John Ford, 1935). El guionista se convirtió en la primera persona en rechazar un galardón de Hollywood y lo hizo justificándose en el mal trato de la industria del cine a los de su profesión. Después vendría George C. Scott, que ganó el Oscar por su interpretación en Patton (Franklin J. Schaffner, 1971) y renunció al mismo; aunque es cierto que su negativa a recibir cualquier reconocimiento que la academia pudiera ofrecerle, ya había sido anunciada desde hacía tiempo. Seguidamente, Marlon Brando obtuvo la estatuilla por su papel en El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972) y aprovechó para renunciar a ella porque, a su juicio, no era admisible festejar nada con una industria que había difamado y desfigurado sistemáticamente a los indios norteamericanos durante décadas. Hay que tener en cuenta que en aquel mismo instante, unos doscientos indios se hallaban sitiados en Wounded Knee. El actor no acudió consecuentemente a la ceremonia, pero envió a una amiga de ascendencia india, Sacheen Littlefeather, para que rechazar el premio en su nombre y leyera un manifiesto. Las desavenencias de Marlon Brando con Hollywood eran conocidas y ya había dejado claro que, a su juicio, los premios de la academia son parte de la enfermedad de Estados Unidos, porque te llevan a pensar en términos de quién gana, de quién pierde, también quién es bueno, quién es malo, quién es el mejor, quién es el peor…

El caso de Grigori Perelman

Una de las renuncias más simpáticas de los últimos tiempos ha sido sin duda la de Grigori Perelman a la prestigiosa - y muy bien pagada - Medalla Fields, tras resolver la conjetura de Poincaré. El matemático ruso, de modo tan natural como impasible, declaró que "me propusieron tres alternativas: acepta y ven; acepta y no vengas, y te enviaremos la medalla luego; tercero, no aceptes ni vengas. Desde el principio tuve clara la tercera opción", aclarando que el premio era completamente irrelevante para él: "Todo el mundo entiende que, si la demostración es correcta, entonces no se necesita ningún otro reconocimiento".

Luego vinieron otras renuncias. Hace unos años, un comité científico le ofreció la medalla del Congreso Internacional de Matemáticos y le invitaron a Madrid para que recogiera la distinción. Pero tampoco apareció. El comité seguramente no debió comprender el mensaje lanzado por Perelman poco tiempo antes, cuando rehusó también el premio de la Sociedad Matemática Europea con una inquietante insinuación hacia el comité del premio, del cual pensaba que no estaba cualificado para evaluar su trabajo. Posteriormente, ya en 2010, a Perelman le concedieron el Premio del Milenio y lo rechazó igualmente. Las últimas noticias de este maravilloso personaje las tuvimos gracias a un intrépido italiano, que hace unos meses se propuso encontrarle en Rusia y proponerle una charla, a lo que accedió finalmente tras ofrecer recelo y no pocas reticencias.

Otros casos interesantes

Un acto parecido al de Perelman con la Sociedad Matemática Europea, lo tuvo el español Salvador Dalí mucho tiempo antes. Ante un consejo de disciplina, renunció a examinarse de historia del arte porque consideraba que ninguno de los miembros del tribunal sabía más que él de Rafael Sanzio, que era el tema que le tocó en el sorteo, por lo que a su juicio no tenía sentido que ellos le evaluaran. Obviamente, a pesar de que Dalí no había dicho nada que no fuese cierto, acto seguido le echaron de la Real Academia de San Fernando, lo cual demostraba, entre otras cosas, el tino de los académicos. Algunos les justificarán por la actitud irreverente del genio de Figueras, pero lo cierto es que episodios o actos de rebeldía como el protagonizado por Dalí son tan de agradecer como necesarios.

En la lista de renuncias dignas de especial mención debemos recordar también a Bobby Fischer. El ajedrecista estadounidense pareció renunciar a todo, creía que los maestros eran más estúpidos que los alumnos y terminó convirtiendo su vida en un auténtico caos. Eso sí, entre sus jugadas maestras, se encontraba la de aparecer y desaparecer, según le venía en gana, para finalmente acabar en los últimos lances de su vida, renunciando incluso a la nacionalidad norteamericana. Algunos creyeron que se trataba sólo de una estratagema para evitar su extradición desde Japón a Estados Unidos, donde la justicia le reclamaba por evasión fiscal y por violar el embargo contra Yugoslavia al enfrentarse con Spasski en 1992, pero parece claro que aquellos comportamientos de Fischer estaban rodeados de una mística muy superior. El atrevimiento de repetir en Yugoslavia la partida de Reykjavik en 1972, que le encumbró como uno de los mayores genios de este arte, desafiando así las instrucciones de su gobierno y las directrices de la comunidad internacional entera, hizo que se ganara la simpatía de mucha gente de por vida. Incluida la de un servidor.

Y por último, aunque este tema daría para mucho, señalar que también se puede renunciar a una distinción y aceptarla al mismo tiempo. En estos supuestos estaríamos ante una actitud muy parecida, pero diferente, a la que encontramos en casos que podríamos calificar de no-renuncia. Esto es lo que creo que hizo, por ejemplo, Barack Obama con el Nobel de la Paz. Aquello fue una especie de aceptación con reserva mental, por lo que obviamente hay que quedarse con lo que dicta la reserva mental; por cierto, tan elegantemente insinuada por el presidente norteamericano cuando conoció de su nombramiento. Y finalmente, hacer notar también se puede renunciar a un cargo o posición para lanzar un mensaje de carácter pedagógico y de paso, mediante el pretendido ejemplo, intentar poner orden en cuestiones no resueltas o difíciles de resolver. Estos gestos son muy comprensibles cuando uno considera que ya ha cumplido la función que se había propuesto. Algo parecido a esto es lo que seguramente ha hecho recientemente Benedicto XVI.


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