Mi pequeño Salottino

Bárbaros y hechiceros

El pensamiento de Ayn Rand, además de ser menospreciado e incluso ridiculizado con frecuencia, se ha presentado recurrentemente como una especie de catecismo radical que ha nutrido de ideas a sectores igualmente radicales que operan en el terreno político, económico y también social. No obstante, lo cierto es que una vez leída con atención su obra y contrastado el entorno, así como el devenir de muchas sociedades, es inevitable preguntarse si se puede desmerecer un pensamiento porque el adversario ideológico se nutra o diga nutrirse de él; y en segundo término, si muchos de entre quienes le dedican esas hirientes críticas serían capaces de escribir un solo texto, no ya solamente con la claridad, dominio de las fuentes y estilo conseguido por Rand, sino un documento que sea realmente original y lo que quizá sea incluso más importante, que en unos meses no caiga en el más absoluto olvido e irrelevancia.

Las críticas a la obra de AynRand suelen rebosar así de simplismo y también presentan numerosos reduccionismos, que parece ser el mecanismo contemporáneo para desmerecer todo aquello que por alguna extraña razón se considere una amenaza contra el credo propio. Hasta tal punto esto es así, que muchos de sus detractores no han tenido empacho en atribuirle incluso el cataclismo que vivimos hoy día como consecuencia del papel desempeñado en el mundo de las finanzas por algunos de sus «discípulos» o declarados admiradores. Quienes patrocinan estas ideas suelen ser los mismos que, ante la ausencia de un argumento poderoso o convincente, atribuirían los avances científicos, médicos, tecnológicos y de todo tipo que hemos experimentado en las últimas décadas, a la quiromancia, la alquimia o la magia negra. Pero con independencia de los matices o reservas que se pueden objetar a algunas de las tesis de Ayn Rand, ningún lector honesto podrá negar que ella ha sido, sin duda, un gigante del pensamiento del siglo pasado. Infinitamente más culta y mejor observadora que la mayoría de quienes le dedican sus aireadas quejas. Quejas entre las cuales, curiosamente, no es complicado detectar el comportamiento del bárbaro que ella misma analizó con tanto tino.

Así, si la importancia de un pensador puede medirse por la intemporalidad de sus reflexiones, por su acierto, así como por la validez y utilidad práctica de su pensamiento, parece claro que en la obra de Ayn Rand encontramos bastante de esto y de ahí precisamente que sea interesante recordarle con cierta frecuencia. De hecho, en El nuevo intelectual (Edit. Grito Sagrado, 2009), que es la obra en la que nos apoyamos hoy, creo que no solamente se diseñan los lineamientos generales de la propuesta de nuevo sistema filosófico como ya es unánimemente admitido, sino una guía personal que ayuda a interpretar muchos de los acontecimientos que vivimos. Útil para identificar la verdad y descubrir la mentira, también para diferenciar al bárbaro del documentado, y al hechicero de la persona racional. Y a partir de ahí, auto-protegerse.

Una breve referencia a la alianza del bárbaro y el hechicero

Se trata de una cuestión constante en nuestra historia y una de las reflexiones más inspiradoras, sugestivas y de mayor actualidad que podemos encontrar en la obra citada de Ayn Rand. Y aunque siempre es preferible remitirse a la totalidad del contenido y su explicación,creo que merece la pena citar un avance sobre la misma. Especialmente para aquellos que no conozcan este libro y deseen en el futuro dedicarle un tiempo.

Al mencionar la alianza debárbaros y hechiceros, Ayn Rand se pregunta por su incidencia en la conformación y dirección de las sociedades y también por el mecanismo de funcionamiento de esta peculiar asociación, advirtiendo de la trascendencia del hecho de que quien provee al bárbaro de valores históricamente haya sido el hechicero. La novelista y filósofa nos ofrece una vivisección de ambos perfiles que creo que goza de absoluta vigencia y que resulta utilísima para comprender algunos de los episodios y desafíos que en la actualidad afrontamos como sociedad. Dentro y fuera de nuestras fronteras.

Ayn Rand entiende que el bárbaro y el hechicero son dos tipos de personas que se ven constantemente abocados a formar una alianza aunque tienden a separar sus dominios respectivos, pero, ¿quiénes son exactamente los bárbaros y quiénes son los hechiceros? Los paralelismos que se pueden establecer son múltiples y lo dejo a la imaginación del lector, pero Rand lo analiza en los siguientes parámetros: el bárbaro es aquel que odia las cuestiones intelectuales, rehúye de los argumentos racionales y se dedica a reunir a los hombres en manadas para formar ejércitos, mientras que el hechicero establece los objetivos de esos ejércitos. El bárbaro conquista imperios, mientras que el hechicero escribe sus leyes. El bárbaro roba y saquea, el hechicero exhorta a las víctimas a superar su preocupación individual. El bárbaro domina por medio del miedo, manteniendo a los hombres bajo constante amenaza de destrucción, el hechicero domina mediante la culpa, intentando convencer al hombre de su depravación innata, impotencia y futilidad. El bárbaro puede llegar a convertir la vida humana en un infierno, mientras que el hechicero dice y justifica que en verdad no puede ser de otro modo, y además tiene que vivir del favor de un protector, de una dispensa especial, de un monopolio reservado, de la exclusión, de la supresión, la censura. El bárbaro fuerza además la obediencia por medio de un garrote, mientras que el hechicero la obtiene utilizando un arma mucho más poderosa: adentrándose en el campo de la moralidad. Y lo hace porque no hay modo mejor de convertir la moralidad en un arma de esclavitud que divorciándola de la razón del hombre. Es decir, no existe mejor modo de hacer que un ser humano acepte el papel de un animal destinado al sacrificio que destruyendo su autoestima y haciéndole despreciar incluso su propio interés individual.

De este modo, el triunfo de la asociación del bárbaro y el hechicero, como era de prever, y como se explica magistralmente, termina ensalzándose en la figura del «Estado», que emerge incondicional e irreflexivamente como la forma del bien, dejando al hombre como una especie criado y neosiervo. Un fenómeno que se prolonga en el tiempo, que para su consolidación ha sido necesaria la complicidad de las clases intelectuales y que cada vez resulta más patente tanto en la política, en las finanzas, en diversas manifestaciones artísticas e incluso en el derecho. Para Rand es desde ahí desde donde surge la subordinación del individuo a lo colectivo y el convencimiento de la bondad de su sacrificio en aras del «bienestar público». Una categoría y sofisma, ésta del bienestar o interés público, que en su día tan ilustrada y finamente describiera Alexis deTocqueville en El Antiguo Régimen y la Revolución (Edit. Alianza, 2004) mediante el ejemplo del ínclito Lemberville, como ya hemos tenido ocasión de citar en otras ocasiones.

Por último, destacar que Ayn Rand también nos advierte de cómo esa alianza entre hechiceros y bárbaros se diseña y construye fundamentalmente contra el ciudadano corriente, el trabajador y/o productor; y si bien es cierto que resulta nociva y perjudicial para el interés de los hombres, no es menos cierto que es débil y precaria, a pesar incluso del mal que circunstancialmente pueda ocasionar. La alianza es débil y precaria, porque en el fondo está basada en el miedo y en el desprecio mutuo. El bárbaro considera al hechicero un teórico, un soñador estúpido, mientras que el hechicero considera al bárbaro un inmoral insignificante. Ejemplos de esta descripción podemos encontrar actualmente en muy diferentes latitudes, algunas muy cercanas, y es que no debemos olvidar que el bárbaro, como cualquier matón y como muchos animales, dice Rand, sólo se siente confiado cuando huele el temor de quienes considera sus adversarios, de ahí que cada avance en sus intenciones sin oposición la procese como una victoria parcial que le hace más fuerte. Es importante tomar nota y conciencia de esto último.


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