Mi pequeño Salottino

Alemania merece ganar la guerra a la inflación

El profesor Huerta de Soto finalizaba el otro día una interesantísima intervención en el Auditorio de la Fundación Rafael del Pino de Madrid con esta inquietante afirmación. Vaya por delante que un servidor seguramente no está cualificado para poner en duda las opiniones y manifestaciones de quienes realmente saben de estos temas. Es lógico que cualquier incursión en este terreno, además del merecido menosprecio por el efervescente mercado de opinión económica, me haga acreedor de alguna etiqueta de esas que sirven para diferenciar «los buenos» de «los malos». Ya saben, keynesianos, monetaristas, austríacos, los de Chicago, etc, así como los «post» de cada una de las categorías y latitudes. Pero a mí lo que me gusta es el Océano Pacífico y desde hace mucho tiempo quienes me convencen son, Hesíodo y Heráclito por un lado, y don Alexis de Tocqueville por otro, así que imagínense lo mal configurado que puede estar alguien como yo entre tan autorizada fauna.

En cualquier caso, además de las interesantes reflexiones y preguntas expuestas en la concurrida reunión, me llamó especialmente la atención eso de que Alemania merece ganar la guerra a la inflación. Inmediatamente me pregunté conquién o a costa de quién debe ganar Alemania su histórico conflicto con la inflacióny qué quiere decir esto exactamente. Admito que soy de los que piensa que la inflación no es sólo un fenómeno monetario como apuntaba M. Friedman, sino también un fenómeno político como acredita mejor que nadie Argentina, así que de ahí viene mi desconcierto.

La inflación creo que se ha demostrado tan necesaria para le economía como las monedillas para el gitano húngaro (no money, no music) o para el homeless estadounidense (no money, God bless you). Es cierto, no obstante, que la inflación descontrolada nos ha enseñado que es el mal social con mayúsculas y por sí sola es capaz de desembocar en impredecibles acontecimientos. Se trata de un fenómeno que hace menguar el valor del principal e intereses de los títulos de deuda y esto hace que en cuanto se respira inflación en el ambiente caigan las cotizaciones del mercado de bonos y sus tenedores se pongan muy nerviosos. La inflación y las medidas que toman los Bancos Centrales para combatirla, explican como muy pocas otras cosas los movimientos de capitales, resultando de este modo una clave interpretativa formidable.

El caso alemán

Alemania arrastra taras históricas como la de principios del siglo XX o los sucesos posteriores a la Gran Guerra, por lo que en teoría estaría justificado su temor a la inflación. De ahí que el Banco Federal Alemán desarrollara una política de control de la inflación o de deflación teniendo siempre presente la consigna de la estabilidad con objetivo inflación cero. Esto es algo que está en el ADN germánico pero no está claro que tenga mucho sentido. Las dos grandes inflaciones en Alemania se produjeron tras dos guerras que dejaron el país hecho escombros, que era lo único que se podía comprar con el Marco. Escombros.

En un país fundamentalmente exportador esa estrategia se traducía en la destrucción de miles de empleos y en la deslocalización gigantesca de empresas. Pero hoy Alemania se financia mejor que nunca y parece controlar el desempleo, además de estar en condiciones de imponer su criterio político a la UE entera y su criterio financiero al Banco Central Europeo, que no tiene otra alternativa que mantener los tipos de interés en niveles bajos y hacer cosas que nunca debió hacer, para así al menos contener el desastre y que el invento de la UE no se vaya por el sumidero a una velocidad pasmosa.

Estos son los factores esenciales de una nueva ecuación que seguramente puede tener una trascendencia histórica en función de los acontecimientos venideros, pero creo que Alemania, ni merece ni desmerece nada; del mismo modo que no es ejemplo de nada a pesar de la opinión de quienes en sus años mozos se fueron a estudiar allí y se quedaron prendados. Los alemanes de Baleares en agosto son los mismos alemanes de Bremen en enero, y los alemanes que piden austeridad, rigor, disciplina, control y todas esas cosas, también son los mismos alemanes que especulan en los mercados organizados, si cabe, con más ferocidad y efusividad que sus pares norteamericanos, así que algo falla en el diagnóstico. Tal vez, que los apóstoles de esa Alemania no han considerado a Nietzsche, que de alemanes sabe un rato, ni han tenido ocasión de interaccionar en los mercados especulativos teutones para saber de qué va la cosa en realidad.

Detrás de los grandes fenómenos históricos se esconde siempre un gran evento financiero.

Como bien explica N. Ferguson, el Renacimiento fue posible gracias a la potencia financiera de los Medici; Holanda prevaleció a los Habsburgo por su floreciente y sofisticado mercado financiero; Napoleón perdió en Waterloo, entre otras cosas, por culpa de un Rothschild, mientras que el Euro acabó con el lucrativo mercado de cambio de divisas en el continente e inauguraba al mismo tiempo un mercado, si cabe, aun mayor. Y como colofón, hoy tenemos a unos comunistas como los mayores acreedores del mundo capitalista. Casi nada.

Además, la sombra o realidad de los impagos, siempre ha sido causa de importantes consecuencias históricas. Hay decenas de ejemplos. Los episodios de la Confederación estadounidense en el siglo XVIII, los primeros impagos iberoamericanos del siglo XIX, la invasión de Egipto en 1882; también el asedio a Venezuela por británicos, alemanes e italianos a comienzos del XX para proteger los intereses de sus bonistas o el colapso global iniciado por el impago de las hipotecas subprime de las familias de renta baja norteamericanas hace unos años. Sin olvidar las consecuencias depolíticas económicas y financieras equivocadas, como las patrocinadas por JacquesRueff, que enloqueció con el patrón oro y pudo influir en Charles de Gaulle, o el déficit alemán de 1923 cuando ya había suspendido pagos. Algo que provocó que Europa entera terminara pendiente de un tal Adolfo.

Esta última afirmación puede considerarse un reduccionismo. Es cierto que las revoluciones, sean de la naturaleza que sean y tengan lugar en el lugar que sea, siempre son impredecibles en sus consecuencias y tienen lugar cuando al hombre le va mal. En aquél entonces a los alemanes les iba muy mal, especialmente como consecuencia de la inflación que atribuían al Tratado de Versalles, cuyas indemnizaciones generaban un desorbitado déficit por cuenta corriente. Pocos suelen recordar la debilidad del sistema tributario y el gasto público temerario de Alemania en la época. La culpa del desastre de 1923, y lo que vino después, era exclusivamente Versalles y las indemnizaciones. Claro.

Twitter: @JJGAlonso


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