Mercado abierto

Papá, quiero ser trader

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Cuando en la década de los 70 Niki Lauda le planteó a su padre que quería ser piloto de carreras, recibió un no rotundo como respuesta. “Jamás. Las carreras son para playboys y diletantes. Para personas frívolas y cabezas huecas. El apellido Lauda siempre aparece junto a políticos y economistas. No en portadas de revistas”, le respondió. ¿La reacción habría sido la misma si Niki hubiese entrado en el salón de la casa familiar declarando su intención de ser trader? El oficio de piloto ha ganado glamour con los años. La profesión de trader siempre la ha tenido. Porque si alguien se define como trader, automáticamente nos está transmitiendo ideas sobre su capacidad de gestión monetaria, su habilidad con los números, su aptitud para intuir lo que puede venir. Presentarse como trader es una manera de decir “soy inteligente y quizás tengo dinero” y todo ello sin mancharse las manos de grasa, como le sucede a un piloto. Porque no me digan, descorchar unas botellas de champán en un podio después de haber sudado tiene encanto, pero leer gráficos tiene más, al menos de cara a la galería.

Sabemos conducir pero no sabemos de mecánica o de física. Pero la mayoría hacemos nuestros pinitos en bolsa y definirse como trader está a la orden del día

Supongo que eso tiene que ver con el hecho de que abunden las personas que se definen como traders. Fíjense: la mayoría somos conductores y no nos definimos como pilotos. Sabemos conducir pero no sabemos de mecánica o de física. Pero la mayoría hacemos nuestros pinitos en bolsa y definirse como trader está a la orden del día. Lo bueno del hecho, es que esto evidencia que nos preocupamos por gestionar nuestro capital y rentabilizarlo; en otras palabras, que tenemos más cultura financiera. Lo malo, es que el término trader se devalúa hasta tal punto que un tuitero me comentó esta semana: “psicotrader, traumatrader, neurotraider, cirutrader, pero al final, venden libros”. Y cuánta razón encierran esas palabras.

La película “Rush” (Ron Howard 2013), relata la rivalidad que mantuvieron los pilotos Niki Lauda y James Hunt durante el campeonato de 1976. Pero también muestra la importancia de mancharse las manos y conocer hasta el último detalle del coche para conducirlo, o mejor dicho, para pilotarlo. Al final, Niki y James se ganaban la vida en la pista, y Niki incluso casi la pierde. Porque nadie es infalible. Tampoco un trader, por muchos libros que le quieran vender. 


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