Mercado abierto

Diario de un indeciso

Que no sea el mejor lugar para vender churros no quiere decir que no sea el mejor lugar para captar votos. Eso han debido de pensar los partidos políticos que desde hace varias semanas ocupan la esquina frente a la parada de metro del barrio en el que vivo. Antes había una churrería, ahora hay puestos con sombrilla y se reparten panfletos. Unos días los simpatizantes son morados, otros días, naranjas o azules o rojos. No se mezclan, no se crean. Pero la actitud con la que miran y saludan a la gente que pasa junto a ellos es la misma. Vamos, que por el color o el lenguaje corporal uno no distinguiría sí quieren elevar el salario mínimo o están a favor de que el IVA tienda a un tipo único. Les miro mientras pedaleo en bicicleta.

¿En la letra pequeña los partidos incluyen que cualquier propuesta es susceptible de no llevarse a cabo?

 A pocos días de las elecciones no he decidido mi voto. Soy uno de los españoles indecisos. ¿Me paro en un puesto con sombrilla a recoger un folleto? ¡Qué pereza! A lo mejor el problema es que no he ido a ningún mitin, pero es que a estas alturas creo que solo sirven para rellenar minutos en los informativos y para evidenciar el poder de convocatoria, para poco más. ¿Debería sacar un rato para mirar la web de cada partido y conocer qué proponen? ¿En la letra pequeña los partidos incluyen que cualquier propuesta es susceptible de no llevarse a cabo? Creo que no tengo tiempo de estudiar cada programa y menos con la cantidad de libros que me traigo entre manos. Son todos de economía y me los mandan las editoriales. Yo sigo pensando que no hay tanto español para tanto ensayo sobre economía y que si leyésemos todo lo que se publica no permitiríamos que un banco nos diese acciones donde antes nos daban una batería de cocina.

Estos días aguardo el nuevo libro de José Carlos Díez, La economía no da la felicidad, pero ayuda a conseguirla (Plaza&Janés). Él me explica que es un manual para entender conceptos y tener criterio propio. “Las encuestas de felicidad no mejoran cuando la economía se recupera y empeoran mucho cuando las cosas van a peor. La economía debe preocuparse de evitar la infelicidad con buenas prácticas”, me dice José Carlos. “Se trata de un libro con un punto renacentista que vuelve a poner al hombre en el centro de las decisiones”. Al escuchar esto en boca de José Carlos pienso en Settembrini, el liberal de La montaña mágica cuyas ideas renacentistas dominan el libro de Thomas Mann, y de ahí salto a Juan Ramón Rallo.

Si Settembrini tuviese que elegir entre Díez y Rallo, se quedaría con el segundo y con eso de que “In dubio, pro libertate”, es decir, que en caso de duda debe respetarse la libertad de cada persona

Creo que si Settembrini tuviese que elegir entre Díez y Rallo, se quedaría con el segundo y con eso de que “In dubio, pro libertate”, es decir, que en caso de duda debe respetarse la libertad de cada persona. Rallo acaba de publicar Contra la renta básica (Deusto). “Una renta mensual de 500 euros cobradas entre los dieciocho y los noventa años de edad sería equivalente a recibir de golpe unos 145.000 euros a los dieciocho años”, explica en el libro. Rallo reconoce que su nueva publicación toma la renta básica como excusa para criticar algo más amplio: la redistribución de la renta. “Es algo asumido como válido y justo. Mi crítica es que no es justo ni ético quitar el dinero a unos para dárselo a otros. Una cosa es tratar de ayudar a los necesitados, es una la virtud moral ayudar a los que lo necesitan, pero la coacción no es legítima ni siquiera cuando se usa para un fin moralmente bueno”. La gente piensa que todos los liberales son conservadores Juan Ramón Rallo no me parece de esos. Buena parte de sus argumentos son impecables, aunque no nos convenza. ¿Pero quién convence al 100%? Yo no lo he conseguido de ningún partido político, y así estoy, indecisa a cinco días de las elecciones. 


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