Mémesis

El viral mató a la estrella de Internet

La cultura de la viralidad asume un protagonismo cada vez mayor en la forma que tenemos de consumir información. Memes y virales destapan muchas veces las miserias del ser humano arruinando carreras y vidas de personajes famosos o anónimos.

El viral mató a la estrella de Internet
El viral mató a la estrella de Internet

La descomunal fuerza de la viralidad en Internet suele dejar cadáveres en las cunetas digitales. Los virales que vemos pasar diariamente por nuestras redes sociales pueden desencadenar consecuencias nefastas para sus protagonistas. Funcionan como unidades digitales autónomas que buscan propagarse con la velocidad del asombro y sobrevivir como seres independientes en la maraña diaria de bits y caos digital, sin importar qué o a quién se llevan por delante.

Detrás de un meme gracioso suele haber una persona ofendida, una historia mal contada o una vida a punto de cambiar para siempre. Es esta transgresión de la ética común la que más gasolina aporta a la fuerza de propagación de un viral y, a la vez, más contamina a su protagonista. Y es que la viralidad no entiende de cortesía. Lo vectores digitales abruman a sus intérpretes con la fama efímera y sus consecuencias desmesuradas adulteran la percepción general de su existencia. Una vida levantada a base de esfuerzo puede tambalearse en un momento con un tweet, una foto mal pensada en Instagram o un video subido por un desconocido a Youtube. Y no siempre tiene la culpa su protagonista. Hace 20 años esto se quedaba olvidado en la barra de un bar o en una caja de zapatos. Hoy rompe vidas.

La breve historia de la red está llena de carreras o vidas truncadas por un escenario de esta índole. Grandes historias que han dado la vuelta al mundo y pequeñas desgracias que siguen atormentando a protagonistas anónimos.

El caso de Rick Astley

Que se lo pregunten a Rick Astley, una estrella del Pop de los 80 fagocitada por la estela de uno de los memes más populares de Internet. Su carrera no ha sido la misma desde que en 2007 alguien de 4Chan decidiera enlazar un vídeo suyo como trampa para anunciar otro contenido interesante. Hoy ya es un gesto, un guiño asimilado en el nuevo lenguaje anónimo de la cultura digital. Ya hay una generación completa que sólo le reconoce por su RickRoll.

Rick decidió retomar su carrera tras diez años de descanso pero desde entonces el artista sólo ha sacado recopilaciones y ha actuado en pequeños festivales o en bodas y fiestas menores, como él mismo reconoce. Haga lo que haga su nombre, su talento y su carrera estarán ligados a su meme para siempre. Sólo en 2012 su famoso desnudo en una playa española consiguió competir en viralidad para cambiar su leyenda.

El viral no apunta y dispara solo a la fama. La fuerza del asombro y la indignación no entiende de galones y puede arrasar con cualquiera en cualquier momento.

Rob es un padre de familia australiano que ha sufrido en sus carnes el rigor de esta ponzoñosa viralidad. En primavera de este mismo año visitó un centro comercial para comprar una batidora y aprovechó para hacerse una divertida foto con un cartel de Darth Vader que había en el centro y así compartirla por whatsapp con sus hijos; grandes fans de la saga. Un selfie inocente que ha arruinado su vida ¿qué pasó?

Antes de hacer el selfie pidió permiso a unos niños que había cerca del cartel. Rob tenía el móvil encendido y una madre sobreprotectora que observaba la escena en la distancia interpretó que el caballero estaba engañando a sus hijos para hacerles una foto con oscuras intenciones. —“Se la voy a mandar a un chico de 16 años” —Escuchó desde lejos—. La madre le hizo otra foto y la subió a facebook para identificarle y denunciar públicamente los hechos.

Como era de esperar la denuncia caló entre conocidos y desconocidos que siempre se ponen de parte del más débil en un tema tan sensible. No importa la fuente o la veracidad de los hechos. 13.000 personas compartieron en unos minutos la publicación del supuesto agresor sexual mientras este se metía en una reunión de trabajo. La policía empezó a buscarle.

A la salida el móvil de Rob no dejaba de sonar. Le habían identificado amigos que se cruzaron con la foto de aquella histérica madre. Él no entendía nada. Su mujer, en estado de shock, buscaba una explicación coherente a la cascada de acusaciones e insultos llegados a su perfil de Facebook.

El mensaje ya había mutado con otros vectores modificados y su gen se había transformado en un linchamiento sin sentido alimentado por la indignación y la desinformación general. Las acusaciones pedófilas circulaban junto al retrato de Rob por toda la red. Sólo habían pasado unas cuantas horas. El mal estaba hecho.

Rob acudió inmediatamente a la policía para aclarar los hechos. No tuvo ningún problema legal. Pero no pudo salir de casa durante unos días. Tras un incendio digital la estela de humo y rescoldos tarda un tiempo en apagarse... o no lo hace nunca. Todavía sigue recibiendo insultos o comentarios hirientes incluso de compañeros de trabajo incapaces de reconstruir el relato objetivamente. Su cara seguirá ligada a la pedofIlia en las profundidades de la red. Esa que gusta tanto de indignarse con las cenizas de la sospecha. 

El Selfie de Rob y la foto de le hizo la madre ofendida. Vía bdcwire.com

Rob no denunció a aquella madre irresponsable.  También está teniendo su ración de linchamiento mediático. A pesar de pedir perdón una y mil veces ha sido golpeada por la revancha viral. Soldados anónimos que intentan aplicar una supuesta justicia social mientras cometen el mismo error que reprochan.

El agresor de La Diagonal

Este fenómeno de la Red no siempre afecta al inocente, también lo hace con el irresponsable o el delincuente. En España tenemos un caso reciente. El conocido como ‘Agresor de La Diagonal”

Mario G. embistió de forma estúpida y gratuita a una mujer en Barcelona mientras su compañero de juergas y fatigas grababa la escena con su móvil. Un delito punible y execrable que aceleró la viralidad de su lapidación pública en redes sociales. En este caso su identidad iba ligada a su obra, lo que hizo mucho más pernicioso el linchamiento. El hashtag que se viralizó era su propio nombre.

La huella digital de Mario es hoy en día equiparable a la de un nazi o criminal de guerra. No hay empresa de SEO capaz de limpiar el rastro que ahora mismo tiene en Google. Ni siquiera la propia Google con su “Derecho al olvido” puede ponerle puertas a un campo que ellos mismos han sembrado. Un castigo excesivo añadido a su justa condena. Su nombre y apellidos aparecerán para siempre ligados a sus travesuras y aunque cumpla con la justicia tendrá que acarrear con sus antecedentes digitales. Cualquier empresario avispado que en un futuro quiera contratar a este estudiante y haga una simple búsqueda en la red se encontrará de bruces con un pasado cruel y sobredimensionado. El arrepentimiento nunca es viral.

Ha quedado demostrado que el poder de las nuevas herramientas de comunicación social es tan grande como para derrocar gobiernos pero también puede arruinar vidas con pequeños gestos. La sutil diferencia de compartir tus delirios, tus bromas en una reunión de amigos o en una red social abierta. La intención puede ser la misma no así la audiencia.

Alicia Ann Lynch y el maratón de Boston

Eso le pasó a Alicia Ann Lynch, una joven norteamericana con ganas de juerga que decidió ingenuamente hacer público su último disfraz de Halloween en Twitter e Instagram. La elección era del todo desafortunada fuera de su círculo de confianza. Alicia decidió libremente disfrazarse de corredora de maratón ensangrentada, en clara referencia a los atentados de la Maratón de Boston de 2013.

Foto de Alicia publicada en su cuenta de Twitter.

La bomba también le estalló a ella. La masa anónima condenó aquel gesto antes de que pudiese reaccionar. Fue identificada por las mismas brigadas que la identificaron antes por una foto de su carnet de conducir. Las amenazas pasaron a su familia y a todo su entorno. Perdió el trabajo y a muchos amigos víctimas de aquella imprevisible tormenta.

El problema de Alicia se responde desde la ingenuidad. El límite entre lo público y lo privado en redes sociales nos tiene cada vez más desorientados y provoca estos terremotos sin control. Somos capaces de compartir una foto en ropa interior en instagram pero nos avergüenza saludar con un beso a un desconocido que, probablemente, haya dado like a esa misma foto la noche anterior. No tiene sentido.

Quizás el debate de la trascendencia de los medios sociales esté demasiado tiempo en los foros legales, de marketing y empresariales y muy poco en el campo educativo o familiar. Lo que antes se quedaba en una trastada de patio de colegio ahora es capaz de arruinar vidas anónimas al otro lado del cobre o la fibra óptica. Y no somos conscientes de ello.

The Star Wars Kid

Eso es lo que ha aprendido ‘The Star Wars Kid’, uno de los primeros electrocutados por un rayo viral. Ahora se dedica a ayudar y compartir experiencias con otros jóvenes sometidos a los estragos de la viralidad. No hay terapia para algo tan brutal. Si has conectado alguna vez a internet en los últimos 10 años conocerás al protagonista del vídeo más viral de la historia. Tenía sólo 15 años cuando un compañero rescató un vídeo personal  —¡en VHS!— para compartirlo en redes P2P ya que todavía no existía Youtube. Las parodias y el instinto innato que tenemos de ridiculizar a nuestros semejantes hicieron el resto.

Los insultos llegaron de lejos y de cerca. Los que más duelen. En su colegio le animaban a suicidarse. Desde el otro lado del planeta le coronaron como rey de la cultura nerd. Nada ayudó. Ghyslain Raza abandonó todo para comenzar un tratamiento psiquiátrico que aún perdura. Sus padres demandaron a los compañeros que difundieron aquel vídeo. Nunca hubo juicio porque se llegó a un acuerdo económico confidencial. Nada que compensara las secuelas.

El viral distorsiona la realidad hasta consumir a sus víctimas o sus carreras. Muchos aprenden y lo aprovechan. El famoso luchador ninja que se destroza la cara en un vídeo era y es en realidad un gran especialista de cine conocido por sus intervenciones en películas como Terminator 3 o Wild Wild West. Aquél día llegó tarde y poco preparado a una audición de Nike para este anuncio. A pesar de su torpeza Mark Hicks consiguió el papel pero arruinó su carrera. Nadie le quería contratar después de aquel desafortunado tropiezo.

Todo según su versión. En realidad aprovechó su papel de víctima para ganar notoriedad y acceder a algún casting más. Utilizó su desgracia en beneficio propio para producir y dirigir una película Ninja.

En España tenemos nuestro propio catálogo. El universo friki televisivo creado bajo la estela de Sardá y Pepe Navarro ahora se alimenta de estrellas digitales anónimas. Ya no hay guionistas detrás modelando —y pagando— personajes rocambolescos con zanahorias en la cabeza. Ahora es la inercia viral la que elige gratis las mejores estrellas de nuestro reparto más friki.

La socorrista tóxica

La Socorrista Tóxica fue un gran ejemplo. Un personaje que irrumpió en nuestras vidas como una nube de ácido clorhídrico —o lo que fuera— para provocar una reacción ‘que lo flipas’ y ‘liarla parda’ con su vida. Hoy huye como de sus mezclas de cualquier persona que intente contactar con ella para dar fe y testimonio de las consecuencias sufridas por aquel cóctel piscinero. Es un síntoma pero está en su derecho.

El caso de Carlos es diferente. El protagonista de “Contigo no, Bicho” decidió tomar las riendas de su viral para evitar que este le consumiera. Con 28 años supo digerir los efectos de cinco millones de visitas de aquel vídeo. Cerrando las puertas a entrevistas, a ofertas ridículas de portales eróticos y gestionando su fama solo para protagonizar algún que otro proyecto con fines solidarios. Lo ha conseguido.

Puede que el nivel sociocultural o la fama sea atenuante o herramienta para mitigar los estragos virales. Eso explicaría el número de celebridades que siguen en activo después de meter una y otra vez la pata en redes sociales.

Hay que estar preparado para digerir el maremoto que provoca ser tendencia por un día. Ramón ‘El vanidoso’ no lo estaba. Siempre se arrepintió del ataque de sinceridad extrema y apología de las drogas que hizo a las puertas del Metro de su barrio. No superó su instante de fama.

A lo mejor Andy Warhol estaba realmente equivocado. Nadie merece la crueldad de 15 minutos de gloria, al menos si esta se fragua con un meme o viral en Internet.


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