Materias grises

De sentido común y decepciones

Las primeras horas de Manuela Carmena al frente de la alcaldía de Madrid no han sido especialmente placenteras. Una serie de escándalos absurdos sobre escritos, declaraciones y chistes de mal gusto en la redes sociales han sumido al grupo municipal de Ahora Madrid a un zarandeo constante. Alguna de las nuevas propuestas de la nueva alcaldesa han sido recibidas con extrañeza. Mientras tanto, el programa electoral ha resultado ser desde el primer día una lista de sugerencias. Tras tantos adalides de la nueva política pidiendo hacer de los programas de los partidos documentos vinculantes, el nuevo equipo de gobierno en la capital ha empezado a ignorar la voz de sus bases antes que acabara su primera semana en el ayuntamiento.

Hubiera sido un milagro que nadie de Ahora Madrid hubiera soltado alguna bobada en el pasado, y no es ninguna sorpresa que nadie se planteara revisarlo

Aunque los periodistas y medios conservadores han reaccionado con una bien poco disimulada mezcla de alborozo y orgullo tras ver sus predicciones de desastre ya justificadas, lo cierto es que estos problemas iniciales son hasta cierto punto comprensibles.

Ahora Madrid y Podemos son organizaciones muy nuevas, recién llegadas a la política nacional. Con las prisas de tener las listas a tiempo y el furor de la campaña, era previsible que algunos candidatos se colaran sin que los dirigentes del partido o el equipo de comunicación tuvieran tiempo de pasarlos por una inspección y darles una mano de pintura. Nadie mínimamente cuerdo vive su vida pensando en todo lo que no puede decir o hacer por si se diera el caso que algún día puede llegar a ser político, al fin y al cabo. En una organización bien institucionalizada y establecida, la gente que va en listas en una ciudad como Madrid o bien lleva suficientes años en el partido como para saber controlarse, o bien alguien del partido le echará una mano para asear su imagen. Hubiera sido un milagro que nadie de Ahora Madrid hubiera soltado alguna bobada en el pasado, y no es ninguna sorpresa que nadie se planteara revisarlo.

Los patinazos de Manuela Carmena en declaraciones a la prensa han sido también un tanto desafortunados, pero previsibles. Carmena tuvo la suerte de tener una campaña electoral plácida, donde pudo ganar las elecciones sin decir gran cosa. La atención de los medios estaba, como de costumbre, centrada en ese imán de micrófonos humano que es Esperanza Aguirre. Ahora Madrid ganó las elecciones en parte porque no era el PP, en parte porque el PSM presentó a un candidato aún peor de lo habitual.

La realidad es que ser un político profesional es complicado, y dominar la parte de comunicación lo es aún más. Un político tiene que evitar de forma automática expresiones que impliquen romper su palabra, debe aprender a utilizar lenguaje completamente neutro sin el más mínimo retazo de machismo, está obligado a mantener una cierta disciplina en el mensaje y entrenarse para ser capaz de repetir lo mismo ochenta veces sin dar la sensación de aburrirse a sí mismo. Hay algunas criaturas paranormales o personajes medio desequilibrados que son capaces de hacer todo eso de forma natural y sin apenas esfuerzo, pero son pocos y están medio chiflados. Cualquier persona normal, por inteligente que sea, necesita cierta práctica para poder hacer estas cosas.

Esta zozobra terminará. Será entonces cuando la nueva alcaldesa, armada con su lista de sugerencias, deberá empezar a tomar decisiones, y empezarán a llegar las decepciones

Carmena aprenderá a controlar su mensaje, y Ahora Madrid finalmente será capaz de borrar toda su presencia en redes sociales anterior a abril del 2015. Esta zozobra terminará tarde o temprano. Será entonces cuando la nueva alcaldesa y su equipo de gobierno, armados con su lista de sugerencias anteriormente conocida como programa electoral, deban empezar a tomar decisiones, y empezarán a llegar las decepciones.

Uno de los mensajes recurrentes salidos de la nueva política en España estos últimos años, especialmente desde la izquierda, es la necesidad de gobernar desde la decencia y el sentido común. Que la gente de Ahora o Podemos sea decente no lo voy a dudar; nadie se somete a  una campaña electoral y se come la tortura mediática que han sufrido Zapata, Maestre o Soto sin tener al menos algo de sentido cívico. No obstante, la idea que el sentido común, junto con buenas intenciones, basta para tomar buenas decisiones de gobierno es tremendamente ingenua.

La realidad es que en política hay muy pocas cosas que sean realmente de sentido común. Por ejemplo, aunque todo el mundo insista comparar los presupuestos de una ciudad o país con los de una familia, lo cierto es que hay muy poco en las cuentas de cualquier administración pública que tenga nada que ver.

Una ciudad es un ente casi inmortal que puede conseguir más recursos a base de amenazar a la gente con enviarla a la cárcel. Una familia no planifica infraestructuras a 100 años vista o tiene cientos de empresas actuando por su cuenta dentro de ella sin tener ningún control directo sobre ellas. Las cuentas de una ciudad como Madrid son una complicadísima mezcla de promesas de políticos pasados, inversiones en curso, servicios que no pueden ser obviados y miles de decisiones de asignación de recursos escasos basados en información incompleta y prioridades nunca lo suficiente definidas. Saber qué nos gustaría que fuera Madrid es hasta cierto punto algo sencillo; saber cómo traducir esa idea en presupuestos tiene poco de sentido común.

Más allá de las cuentas públicas,  hay multitud de impuestos, decisiones y regulaciones municipales que tienen resultados y consecuencias increíblemente contraintuitivos. Bajar los impuestos sobre la propiedad, por ejemplo, encarece el precio de esas propiedades. Aumentar la capacidad de una autopista casi nunca elimina atascos, sino que lleva más coches a la calle. Restringir los desahucios o promover la dación en pago sube el precio de la vivienda y hace más difícil acceder a ella. Dar ventajas fiscales para atraer empresas acostumbra sólo a aumentar sus beneficios sin generar apenas crecimiento. Es muy, muy fácil tener un programa lleno de propuestas que suenan bien y parecen estar llenas de sentido común, pero que en realidad son completamente contraproducentes.

La realidad es que los políticos con agendas de sentido común, una vez llegan al poder, rara vez acaban por implementar demasiado de su programa. Lo que sucede habitualmente es algo parecido a lo que hemos visto hacer a Carmena con la “sugerencia” de banca pública: en el momento en que alguien les dice el coste real de la medida, la idea acostumbra a acabar en un cajón. Otras ideas menos costosas se topan con las protestas de los afectados, a menudo gente muy distinta a quien esperaba el político. En otras ocasiones algún funcionario acaba por recordarles que no tienen competencias para ello. A menudo, es la misma dificultad de transcribir algo de “sentido común” en una ley coherente lo que deja el programa a medias.

Todos los políticos decepcionan. Lo hacen los de izquierdas, que prometen justicia y buenas intenciones, y lo hacen los de derechas, que hablan de sentido común casi con el mismo fervor

Manuela Carmena, igual que Ada Colau en Barcelona, van a toparse con muchos de estos inconvenientes. En el caso de Carmena, es muy posible que la propia alcaldesa sea consciente de que muchas de las ideas de su programa electoral son banalidades aparentemente sensatas pero completamente irrealizables. Ahora que está en el poder, con unas bases expectantes y llenas de esperanza, es cuando va a decepcionarles.

Lo cierto es que todos los políticos decepcionan. Lo hacen los de izquierdas, que prometen justicia y buenas intenciones, y lo hacen los de derechas, que hablan de sentido común casi con el mismo fervor. Lo hacen porque en campaña deben hablar siempre como si ellos tuvieran la solución a los problemas de la ciudad, región o país, y deben hacerlo como si esa solución fuese obvia, sensata, casi autoevidente. El camino para ellos es obvio; la solución está ahí mismo, al alcance.

La política, sin embargo, es algo complejo e incierto. Los alcaldes, ministros y presidentes toman decisiones en absoluto obvias con información incompleta, tratando de influir en sociedades caóticas casi siempre de forma indirecta. No hay ningún candidato, sin embargo, que se presente a las elecciones bajo un programa electoral probabilístico y hablando en hipótesis. La modestia y la humildad no son virtudes habituales ni en la nueva ni en la vieja política.

Esperad decepciones estos días. Las cosas nunca salen como uno quiere.


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