Materias grises

¿Por qué seguimos teniendo austeridad?

Tras siete años de crisis económica, millones de vidas arruinadas, cientos de miles de proyectos enterrados y con el sueño de la unidad europea en peligro, vale la pena preguntarse por qué los líderes del continente parecen estar empeñados en seguir con la misma política económica. Hablamos de recortes, hablamos de disciplina fiscal y hablamos de contención presupuestaria, sin que a nadie parezca importarle el resultado. 

Aunque pueda parecerlo, esto no sucede porque a los líderes europeos sean estúpidos, masoquistas o disfruten perdiendo elecciones. De hecho, si atendemos a la enorme cantidad de presidentes de gobierno y primeros ministros caídos en acto de servicio durante los últimos años parece bastante obvio que las decisiones no deben venir sólo por electoralismo. Como de costumbre, la realidad es un poco más compleja.

Los políticos pueden romper bastantes cosas si les das acceso a la imprenta, así que tener un tecnócrata aburrido al timón contribuye casi siempre a mejorar la política económica 

Todo empieza, como muchas cosas en Europa, con el Tratado de Maastricht y la creación de la eurozona. Por aquel entonces, allá por 1992, muchos estados europeos habían creado bancos centrales independientes, una forma simple y efectiva de despolitizar su política monetaria. Los políticos, tanto dentro como fuera del viejo continente, siempre habían tenido problemas resistiendo la tentación de imprimir moneda para sacar a sus economías de recesiones o darse un empujoncito antes de las elecciones. Esto es relativamente inofensivo en países desarrollados donde un poco de inflación realmente no provoca demasiados problemas, pero es bastante irritante cuando vives en una región económica muy integrada y tienes a tus vecinos devaluando su moneda y llenándote el país de importaciones cada dos por tres. Los bancos centrales independientes retiraban esta herramienta de manos de los políticos, creando una institución que velaba sobre la estabilidad de los precios sin presiones electorales. 

Lo cierto es que el modelo funciona bien. Los políticos pueden romper bastantes cosas si les das acceso a la imprenta, así que tener un tecnócrata aburrido al timón contribuye casi siempre a mejorar la política económica. Esta autonomía, además, tiene la ventaja de crear un freno indirecto en la afición de los gobernantes a endeudarse: si un presidente o primer ministro abusa de la política fiscal hasta el punto de generar inflación, el banco central puede limitar los daños subiendo los tipos de interés. El modelo funciona ya que crea un compromiso creíble de portarse bien: aunque los legisladores puedan, en casi todos los casos, eliminar esta autonomía simplemente cambiando una ley, el hecho que tengan que cruzar el Rubicón hacia la irresponsabilidad monetaria explícitamente de ese modo casi siempre garantiza que no lo hagan

Al redactar los tratados que llevaron a la creación de la eurozona, los dirigentes europeos estaban a gusto con este modelo. La mayoría de gobiernos llevaban más de diez años sin tener nada que ver con su política monetaria; el país más poderoso y próspero del continente, Alemania, llevaba décadas de crecimiento bajo la benevolente supervisión del Bundesbank. La idea de ceder la gestión de tipos de interés, tipos de cambio y demás a un ente externo y autónomo no era una idea que produjera demasiado temor a nadie. El tener la moneda nacional en manos ajenas era una buena idea; el paso siguiente, eliminarla y compartirla con el resto del continente parecía un paso natural.

Cuando los líderes europeos deciden crear una moneda única con un banco central independiente, lo que están construyendo es una especie de confederación económica con reglas un tanto peculiares

Como todo en política económica, sin embargo, los detalles son importantes. Cuando los líderes europeos deciden crear una moneda única con un banco central independiente, lo que están construyendo, en realidad, es una especie de confederación económica con reglas un tanto peculiares. Primero, los estados siguen siendo independientes y soberanos, así que todos los políticos del continente siguen teniendo su política fiscal. Segundo, y algo que los dirigentes del continente no parecieron ver como relevante,  el eurosistema y el Banco Central Europeo nacen con el compromiso legal explícito de que nunca van a rescatar a nadie.

Estados Unidos, en cierto modo, funciona bajo principios parecidos: cada estado tiene total y completa autonomía para recaudar impuestos como quiere y gastarlos como le plazca. El gobierno federal actúa bajo el principio explícito de que nunca va a rescatar a nadie que se meta en un berenjenal presupuestario, ya que todos los estados de la unión son en teoría mayorcitos para portarse bien. Todos los estados, para evitar tener crisis presupuestarias sin salida, están obligados constitucionalmente (en constituciones estatales, se entiende) a tener presupuestos equilibrados todos los años. Es un intercambio lógico: la federación permite que sus miembros hagan lo que quieran, siempre y cuando se atengan a las consecuencias de sus decisiones. 

La eurozona, lógicamente, debería funcionar bajo criterios parecidos: si un estado miembro hace una barbaridad, eso es cosa suya y de su soberanía. El resto de miembros no tienen la culpa que Grecia gastara lo que no tenía o que España no respondiera a la burbuja inmobiliaria con una fuerte subida de impuestos sobre la vivienda para cortarla de raíz. El problema para los estados europeos, sin embargo, no es que nadie les rescate, sino la falta de un gobierno federal real que haga esta clase de disciplina fiscal posible.

California, Arizona o Florida tuvieron burbujas inmobiliarias iguales o peores que España en el 2004-2007. Precios subiendo, hipotecas basura, mercado descontrolado, etcétera; todo lo que podía ir mal fue mal. Cuando la burbuja estalla con la recesión la caída del mercado inmobiliario y los miles de hipotecas impagadas hacen que muchos bancos se hundan. A diferencia de lo sucedido en Europa, sin embargo, los rescates bancarios no corren a cargo de California, Arizona o Florida, sino que lo hacen a cargo del gobierno y la Reserva Federal, que son los que llevaban la política monetaria.

Una parte muy importante del gasto público de cualquier estado moderno es tremendamente anticíclico: el gasto en prestaciones de desempleo o servicios sociales aumenta con las recesiones

El papel de Washington no se queda ahí, por supuesto. Una parte muy importante del gasto público de cualquier estado moderno es tremendamente anticíclico: el gasto en prestaciones de desempleo o servicios sociales aumenta con las recesiones. Por añadido, una cantidad considerable de gasto público es inamovible; las pensiones o la sanidad cuestan lo mismo en expansión o crisis. Dado que una recesión provoca una caída de ingresos en todas las administraciones, es natural que estas partidas de gasto estén en manos del nivel de gobierno que está legalmente autorizado a endeudarse para evitar que la crisis se lleve medio Estado de bienestar por delante. En otras palabras, el gobierno federal.

La eurozona, en contraposición, tiene obligatoriedad de portarse bien y la prohibición que nadie va a hacer el cretino y pasarle la factura al otro, pero no tiene un gobierno federal de por medio que asegure que este arreglo sea sostenible. En recesión los estados europeos tienen la misma caída de ingresos que sus colegas americanos, pero siguen teniendo en sus manos los programas de gasto que más pesan en situaciones de crisis.

De forma más dramática, España, Grecia o Portugal aunque no controlaban la política monetaria sí que estaban obligados a cargar con el coste del rescate de los bancos afectados por la crisis. (nota: uno no puede dejar que un banco quiebre, llevándose los ahorros de sus depositantes por delante, el resultado es infinitamente peor. Lehman fue un recordatorio claro). Al no tener acceso a un banco central propio, además, el rescate sólo podía financiarse a través de impuestos o deuda, no recurriendo a la liquidez/impresión de moneda del banco emisor. El resultado ha sido conocido: rescates inasumibles para evitar quiebras bancarias incontroladas, estados demasiado endeudados y una crisis de confianza tras otra.

La realidad es que si los gobiernos europeos no mantienen sus presupuestos en orden sus cuentas públicas son increíblemente vulnerables

Las políticas de austeridad no nacen del capricho de los políticos. La realidad es que si los gobiernos europeos no mantienen sus presupuestos en orden sus cuentas públicas son increíblemente vulnerables: nadie va a rescatarles, y no tienen un banco central asociado que pueda compensar una contracción fiscal con una devaluación a no ser que toda la eurozona ande igual. 

La solución obvia en este caso es federalizar: si los estados no pueden endeudarse porque no deben tener accesos a rescates, lo natural sería que sea un gobierno central con capacidad de hacerlo que se encargue de los programas económicos que pueden generar más problemas presupuestarios. El Estado de bienestar potencialmente puede serlo, pero los estados pueden crear fondos de reserva para recesiones. La parte que si puede volar por los aires un presupuesto es un rescate financiero, y esto al menos es algo que la eurozona está ya federalizando

A medio plazo, los líderes europeos encontrarán una forma políticamente viable de permitir que los estados puedan recibir apoyos presupuestarios en situaciones de crisis pero poniendo límites a estas transferencias. Lo que no podemos olvidar, sin embargo, es que el vivir en una federación/confederación implica unas normas distintas. Compartir una moneda manteniendo la soberanía tiene ventajas, pero también implica la responsabilidad de no portarse mal y pasarle la factura a otros


Fotografía: Jip`.


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