OPINIÓN

La política como incordio

La construcción de la agenda política a base de provocaciones es una señal clara de que un movimiento político ha degenerado de una organización con ideas claras a una farsa controlada por engañabobos más motivados por su ego que por su deseo de mejorar la vida de nadie.

La política como incordio.
La política como incordio.

Rush Limbaugh es el comentarista radiofónico más influyente de Estados Unidos. Cada día, durante tres horas, su programa se emite desde Florida a 590 emisoras de todo el país. Tiene una audiencia semanal de más de 26 millones de personas, más del doble que su competidor más inmediato, el también conservador Sean Hannity. En el altamente fragmentado panorama audiovisual americano, Limbaugh es un coloso, llegando a 10 veces más oyentes que el programa con más audiencia de Fox News (Tucker Carlson Tonigh), y más del doble que cualquiera de los informativos vespertinos de NBC, ABC o CBS.

Esta enorme audiencia hace que Limbaugh sea temido y respetado en el partido republicano. Cualquier causa o ley que sea defendida por Rush acostumbra a ser apoyada tarde o temprano por el sector más montañés del GOP; cualquier idea o propuesta que Rush critique no tarda en convertirse en tóxica para el partido. Limbaugh tiene una influencia desmedida en las bases conservadoras, y como tal, es capaz de influir, a menudo de manera decisiva, en su agenda política.

Este uno de acuerdo o no con él, su programa es una auténtica maravilla de retórica populista

Para fortuna de los republicanos, Rush es una persona extraordinariamente inteligente, capaz de articular de forma clara, simple y directa casi cualquier medida o posición política que tenga por bien de defender. Este uno de acuerdo o no con él (y vaya por delante, casi nunca lo estoy), su programa es una auténtica maravilla de retórica populista. Limbaugh es un comunicador sensacional; irónico, seguro de si mismo, grandilocuente, mordaz, con un talento único para la metáfora precisa o la sátira cortante. De todas las personas que te pueden marcar la agenda y definir tu retórica, Rush es probablemente el mejor ideólogo que uno puede desear.

La ideología de Rush Limbaugh, sin embargo, es otro tema distinto. El problema para el GOP no es que Limbaugh sea un tipo muy, muy de derechas (siendo generoso), sino el hecho que su definición sobre qué es ser conservador es cualquier cosa que ponga de los nervios a los liberales (como se les llama a los progresistas en Estados Unidos), no una serie de convicciones ideológicas serias. Rush, en el fondo, no deja de ser un tipo que está en la radio para ganarse la vida, y el hombre sabe que nada atrae audiencias como el conflicto. Su programa consiste, inevitablemente, en atacar mediante astracanadas cualquier cosa que los demócratas defiendan en largos monólogos de jocosa indignación. El tipo no se esconde; durante su programa lo proclama abiertamente con cuñas para la publicidad celebrando “Rush Limbaugh: volviendo locos a los liberales desde 1988”.

Esta estrategia ha hecho que Limbaugh y su nutrida corte de imitadores ganen cantidades obscenas de dinero con su negocio de la indignación

Esta estrategia, no hay duda, ha hecho que Limbaugh y su nutrida corte de imitadores (Hannity, Savage, Levin, Beck, Ingraham, Hewitt…) ganen cantidades obscenas de dinero con su negocio de la indignación. También han hecho del partido republicano una máquina tremendamente efectiva cuando están en la oposición, aconsejados como están por el que es indudablemente el mejor troll del mundo, y un desastre completo a la hora de gobernar, ya que su agenda política se reduce a una larguísima sarta de insultos.

La incapacidad del GOP para definir un programa de gobierno serio ha sido patente durante los seis últimos meses, en su intentona legislativa para derogar la reforma de la sanidad de Obama. Los republicanos tienen como presidente un tipo que esencialmente habla como una versión torpe de Rush Limbaugh, y el partido lleno de legisladores que llevan años repitiendo sus aceradas críticas a la ley sanitaria.

Desafortunadamente, los mordientes insultos de los últimos años no incluían una serie de propuestas legislativas, sino un montón de ideas y promesas a menudo contradictorias. Los republicanos se pasaron años prometiendo una contrarreforma que abarataría los seguros médicos, reduciría copagos y cubriría a más gente, cuando en realidad todas sus propuestas concretas acababan apuntando en dirección contraria. Construir un programa de gobierno basado en intentar cabrear al adversario, desafortunadamente, no basta para gobernar.

Esta clase de construcción de la agenda política a base de provocaciones es una señal clara de que un movimiento político ha degenerado de una organización con ideas claras a una farsa controlada por engañabobos más motivados por su ego que por su deseo de mejorar la vida de nadie.

No es difícil ver esta tendencia de anteponer la provocación a las ideas y el ruido a las propuestas concretas en no pocos partidos en España

Por supuesto, esta clase de política no es exclusiva del movimiento conservador en Estados Unidos. No es difícil ver esta tendencia de anteponer la provocación a las ideas y el ruido a las propuestas concretas en no pocos partidos en España.

Se me ocurren tres ejemplos. El primero, y el de mayores consecuencias, es la obsesiva tendencia de ciertos líderes de Podemos a preferir la astracanada y el postureo a gobernar, ganar elecciones y dar soluciones constructivas. Lo vemos con la absurda obsesión de algunos dirigentes de llamar franquista a absolutamente todo, insistir en relitigar desde la guerra civil a las guerras carlistas, y bañarse en su pureza ideológica antes que querer formar gobierno o aceptar acuerdos que incluían dos tercios de su programa electoral.

El segundo, no menos importante, es un sector de la derecha española que ve a Venezuela, ETA y separatismo por todos sitios, y que definen su programa como llamar antipatriota a todo el mundo. Cualquier cosa que indigne la sensibilidad de la gente de provincias les parece buena idea, y cualquier cosa que pidan aquellos que no hablen castellano sin acento de Chamberí, Salamanca o Castellana les parece un insulto a la patria. Nada les hace más felices que una manifestación con banderas regionales y las inacabables oportunidades de agitar el puño indignados en cientos de tertulias que esto les genera.

El tercer grupo es una facción especialmente ruidosa del independentismo catalán, el colectivo de “procesistas” profesionales

El tercer grupo es una facción especialmente ruidosa del independentismo catalán, el colectivo de “procesistas” profesionales. Sean o no nacionalistas convencidos, son gente que está más preocupada por buscar “la reacción” desde Madrid; la clase de activistas que sueñan con la aplicación del artículo 155, tanques por la Diagonal y que Jaime Mayor Oreja les llame totalitarios y Etarras personalmente. Algunos son majaderos con complejo de héroe, otros son gente que sólo quieren que les presten atención. Dudo que a nadie de este pelotón les importe demasiado si Cataluña se independiza o no, porque lo que realmente les pone es hacerse las víctimas y conseguir que la Unión Europea les haga caso.

Desafortunadamente, estos tres grupos de trolls entusiastas han conseguido monopolizar el debate político español durante los últimos 3-4 años. Son, cada una a su manera, formas degeneradas de ideas otrora respetables; populismos más preocupados de salir por la tele que de solucionar cualquier problema. Uno puede ser de izquierdas, nacionalista español o independentista sin ser un cretino inaguantable, pero estos son los tipos que nos han tocado.

La expulsión de estos pelmas del debate público debería ser un proyecto colectivo de todo el país en los meses que vienen. O al menos eso deberíamos intentar conseguir si queremos arreglar los problemas que tenemos de una puñetera vez.


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