OPINIÓN

La política aburrida, ese gran logro de Occidente

Vivir en una sociedad profundamente aburrida con líderes mediocres es uno de los grandes logros de la civilización occidental, no uno de nuestros problemas.

Funcionarios.
Funcionarios. EFE

La apatía política, el no prestar atención a lo que sucede en el debate público, siempre ha sido como uno de los grandes enemigos de la democracia. La buena salud de nuestras instituciones, se dice, se basa en una ciudadanía interesada, activa, dispuesta a escuchar, debatir y participar en el proceso de toma de decisiones en su barrio, municipio, región o país. Queremos votantes bien informados, despiertos, comprometidos con el futuro de nuestra sociedad.

Aunque estas afirmaciones son ciertas, la verdad es que esta clase de ciudadanía es bastante cansada. La participación política es algo que requiere una inversión de tiempo y energía considerable. Tener que leer periódicos, debatir, movilizarse y participar es algo que requiere una motivación que mucha gente no tiene. El día a día de la gestión de un municipio, región o país es a menudo algo bastante cansino, con multitud de temas rutinarios y poco emocionantes dominando la agenda.

Uno necesita una paciencia especial para aguantar una intervención pública del secretario general de sanidad y consumo o del presidente del ADIF

Para empeorar aún más las cosas, la política está a menudo dominada por gente increíblemente aburrida. La mayoría de la actividad de los gobiernos es llevada a cabo por directores generales, ministros, comisionados, secretarios de estado, concejales de distrito o vicepresidentes de agencias públicas casi siempre competentes, profesionales y relativamente expertos en su tema, pero sosos hasta la extenuación. Uno necesita una paciencia especial para aguantar una intervención pública del secretario general de sanidad y consumo o del presidente del ADIF, pero son esta gente los que hacen gran parte del trabajo. Seguir estas cosas es casi pedir demasiado a un ciudadano.

Lo curioso, sin embargo, es que incluso cuando casi nadie presta demasiada atención a esta gente, las cosas siguen funcionando más o menos bien. Las instituciones de un país como España son maquinarias extraordinariamente complejas, pero capaces de hacer que los trenes circulen a la hora, los órganos de un trasplante lleguen a su paciente y que la basura sea recogida con regularidad sin demasiados aspavientos. La burocracia y la pequeña horda de políticos que la dirigen pueden llevar a cabo hitos organizativos considerables de forma rutinaria, sin que los ciudadanos tengamos que estar pegando berrinches y manteniendo una vigilancia constante. Podemos no pensar en el gobierno, y las cosas más o menos funcionarán igual.

Esta capacidad de los estados modernos de hacer que los ciudadanos puedan vivir tranquilos y sin preocupaciones inmediatas, es uno de los grandes logros de Occidente tras la segunda guerra mundial

Esta estabilidad, esta capacidad de los estados modernos de hacer que los ciudadanos puedan vivir tranquilos y sin preocupaciones inmediatas, es uno de los grandes logros de Occidente tras la segunda guerra mundial. Durante más de seis décadas, Europa se ha visto bendecida con la existencia de un sistema institucional y político profundamente aburrido, donde las cosas han ido funcionando más o menos bien, sin algaradas, traumas, guerras, disturbios, revoluciones o catástrofes. Durante todos estos años un ciudadano europeo podía desentenderse de su sistema político durante meses a sabiendas que nadie rompería nada, mandaría deportarle o prohibiría algún derecho fundamental al tuntún. Por supuesto, la participación continuada era importante y mejoraba la calidad de las democracias, pero el día a día de la política era gloriosamente rutinario y aburrido.

Estos años de estabilidad y paz explican en parte la abundancia de políticos profundamente mediocres que habitan en las democracias europeas. Hay algunos, como Mariano Rajoy, que han sido capaces de hacer su total, completa y absoluta mediocridad algo así como un santo y seña de su identidad política. La mayoría de los partidos clásicos europeos están dirigidos por personas similares, aunque sin llegar a las cotas de agresivo aburrimiento de Rajoy: gestores, tipos capaces, a menudo sensatos y bien educados, con un profundo aprecio por el duro trabajo del día a día y completamente carentes de imaginación. Son gente no demasiado creativa, que a menudo intentan arreglar problemas nuevos con soluciones antiguas; la clase de políticos profesionales que no emocionan a nadie, se mueven con lentitud y siempre parecen más preocupados por detalles técnicos que grandes teorías o visiones sociales.

En este contexto de estabilidad eterna y política aburrida llena de tipos grises es cuando han empezado a emerger una nueva clase de políticos que quieren cambiar las cosas

En este contexto de estabilidad eterna y política aburrida llena de tipos grises es cuando han empezado a emerger una nueva clase de políticos que quieren cambiar las cosas. Son tipos a menudo carismáticos que braman contra la corrección política, los buenos modales y la mediocridad militante del sistema político actual. Su mensaje es a menudo directo, sin rodeos, señalando los fracasos y pobre respuesta a nuevos retos del establishment, hablando sobre cómo las élites han dejado a la gente atrás. Sus proclamas son en muchas ocasiones efectivas porque tienen la virtud de ser verdad: el sistema político y las élites realmente está lleno de mediocres, y el establishment lleva años dejando que algunos problemas (desigualdad, falta de oportunidades, desindustrialización, ingresos estancados) se queden ahí, sin soluciones. Proponen reventar el sistema, enviar al diablo a las élites, vaciar el pantano. Y lo quieren hacer ahora.

La política, dicen, tiene que ser excitante otra vez. El aburrimiento es una forma de opresión. Es hora de cambiar el mundo, salirse de la norma, hacer lo que nos pide el cuerpo. En nuestras sociedades de entretenimiento y realities, muchos votantes están hartos de la mediocridad, y están dispuestos a buscar la diversión y el drama que estos outsiders prometen. Es fácil creer que el problema de nuestros sistemas de gobierno es la falta de acción y la obsesión por el detalle, y quieren hacer que el país sea grande de nuevo a base de montar dramas.

El aburrimiento en política no es un problema, sino algo deseable

El problema es que el drama constante, la tensión, los gestos a la galería y las decisiones tomadas porque suenan bien, cuentan una buena historia y generan conflicto y ruido, quizás son buenas en la televisión, pero no es la manera más eficaz o saludable de llevar un país. Queremos vivir en países donde uno no abre el periódico con miedo a leer qué barbaridad ha soltado hoy el presidente. Es agradable vivir en una sociedad donde uno no debe andar preocupado todo el día sobre qué nos va a deparar la política esta semana. Es mucho más agradable poder vivir en un lugar donde sus dirigentes no se divierten aprobando leyes por sorpresa, interpretando la constitución de forma creativa o intentando chocar con otras instituciones por deporte. El aburrimiento en política no es un problema, sino algo deseable.

La demanda de soluciones agresivas y cambios políticos no debe llevarnos al romanticismo de la política como algo que debe ser dramático, excitante

La clase política de Europa y Estados Unidos, es indudable, ha fracasado en muchos aspectos. Las sociedades occidentales se enfrentan a problemas nuevos que deben ser atacados con nuevas soluciones. Algunas, además, deben ser radicales; hay motivos para pensar que el Estado de bienestar como lo conocemos debe ser redefinido por completo, y debemos considerar medidas como impuestos negativos sobre la renta o la renta básica. Lo que no podemos olvidar, sin embargo, es que el vivir en una sociedad profundamente aburrida con líderes mediocres es uno de los grandes logros de la civilización occidental, no uno de nuestros problemas. La demanda de soluciones agresivas y cambios políticos no debe llevarnos al romanticismo de la política como algo que debe ser dramático, excitante o que está ahí para darnos satisfacción emocional y venganzas tribales.

Queremos un mundo mejor y participaremos como ciudadanos con entusiasmo para construirlo, pero por favor, que nadie nos quite el aburrimiento.


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