OPINIÓN

¿Dónde se fue la innovación?

Hasta ahora, la innovación tecnológica había seguido una marcha aparentemente inevitable, pero algo parece que ha dejado de funcionar: el desarrollo tecnológico no se está extendiendo. ¿Qué está sucediendo?

¿Dónde se fue la innovación?
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Uno de los pilares del crecimiento económico tras la Segunda Guerra Mundial fueron décadas de crecimiento sostenido de la productividad. En Europa, este crecimiento fue especialmente rápido hasta los años ochenta, gracias en gran parte a la adopción de tecnologías e ideas generadas por Estados Unidos, que partían con enorme ventaja. Los americanos, gracias a una economía vibrante, amplias inversiones en infraestructuras, capital humano (combinación de sus excelentes universidades públicas y la temprana universalización de la educación secundaria obligatoria) y unas instituciones sólidas, flexibles y abiertas vivieron unos años de prosperidad nunca vistos.

En algún momento, sin embargo, el principal motor detrás de este gran ciclo económico empezó a griparse. La productividad, tras cuatro décadas de mejora, se empezó a estancar en Europa en los años ochenta. Estados Unidos sufrió el frenazo un poco antes, para recuperarse con cierto brío en los noventa y a principios de este siglo. Las economías europeas, mientras tanto, han visto un poco de todo, pero su crecimiento en agregado ha sido inferior al americano. Tras la gran recesión, y la lenta recuperación a ambos lados del Atlántico, los chirridos del motor de décadas anteriores han dado paso al ruido sordo de una máquina gripada. La productividad de las economías de la OCDE, ya anémica en algunos sitios, parece haberse estancado.

Hay dos formas de hacer crecer una economía a largo plazo: aumentando la cantidad de gente trabajando o haciendo que los que trabajan produzcan cada vez más con menos

Este es un problema por varios motivos. Hay dos formas de hacer crecer una economía a largo plazo: aumentando la cantidad de gente trabajando o haciendo que los que trabajan produzcan cada vez más con menos. Los países desarrollados vieron considerables aumentos de la población activa con la incorporación de la mujer al mercado laboral y el baby boom de postguerra. El primero no puede repetirse, y el segundo ahora va en dirección contraria, dada la caída de la natalidad y el envejecimiento de la población. Dado que la inmigración ahora mismo parece ser políticamente impopular (aunque sus efectos económicos son tremendamente positivos para la sociedad receptora), sólo nos queda la eficiencia, esto es un aumento de la productividad.

En condiciones normales, el sector privado va descubriendo e implementando nuevas ideas y aumentando poco a poco la eficiencia de las empresas. Los gobiernos, en general, tienen un papel limitado en este proceso; los políticos tienden a ser malos ingenieros o expertos en logística. Lo mejor que podían hacer para promover la innovación era crear mercados abiertos y estables, dar seguridad jurídica e invertir en universidades de calidad bien conectadas con el tejido productivo que fueran capaces de generar buenos ingenieros y patentes. Hasta ahora, la innovación tecnológica había seguido una marcha aparentemente inevitable, pero hay algo que parece no funcionar.

El mundo desarrollado está inventando cosas, pero las empresas no parecen estar utilizándolas para producir más con menos

¿Qué está sucediendo? A primera vista, no parece que estemos hablando de un caso de estancamiento de nuevas invenciones. El flujo constante de cachivaches salidos de Silicon Valley sigue su ritmo frenético, y las innovaciones en software, energías renovables, automatización y materiales no se han frenado. El mundo desarrollado está inventando cosas, pero las empresas no parecen estar utilizándolas para producir más con menos.

Un nuevo estudio de tres economistas de la OCDE, sin embargo, parece haber identificado un posible origen a este problema. En vez de utilizar los datos agregados por países, los autores deciden analizar las cifras de productividad por empresa y sector empresarial. Más en concreto, su análisis se fija en aquellos negocios que están en el 5% de empresas con mayor nivel de productividad en su sector, los que ellos llaman “empresa frontera”, al estar teóricamente en la frontera del desarrollo tecnológico. Para su sorpresa, los datos muestran una fuerte divergencia entre las compañías punteras y el resto entre el 2001 y el 2003. Mientras que las empresas-frontera industriales ven aumentos de la productividad anual del 2,8% (una cifra extraordinariamente saludable, y más con la gran recesión de por medio), el 95% de negocios restantes en este sector sólo crecieron al 0,6% anual.

Lo que parece inexplicable es por qué hay tantas empresas mediocres que sobreviven sin aprender nada. El desarrollo tecnológico no se está extendiendo

Dicho en otras palabras: el futuro ya está aquí, pero aparentemente está mal distribuido. La innovación existe, y hay empresas que están mejorando cómo hacen las cosas a ritmos perfectamente comparables a los gigantes industriales de décadas pasadas. Lo que parece inexplicable, en todo caso, es por qué hay tantas empresas mediocres que sobreviven sin aprender nada. El desarrollo tecnológico no se está extendiendo.

Los autores exploran varias posibles hipótesis sobre por qué esto sucede. Es posible que gran parte de la innovación sea en el sector de tecnologías de la información, donde las economías de red hacen que el ganador se lleve una cantidad desproporcionada del mercado y sus beneficios (léase: Microsoft con Windows, Google y Android, etcétera). Los datos, sin embargo, no parecen reflejar este hecho; los sectores tradicionales ven una divergencia similar entre las empresas punteras y el resto.

En sectores donde se ha liberalizado poco o mal, las empresas punteras son muy productivas, pero el mercado está lleno de chiringuitos familiares sin apenas competencia que no tienen por qué innovar

Donde los autores si ven diferencias entre sectores, sin embargo, es entre aquellos que han sido liberalizados de forma efectiva y los que no. Allá donde los gobiernos de la OCDE aplicaron reformas para aumentar la competencia (telecomunicaciones, transporte aéreo…) la productividad ha aumentado de manera uniforme, y las empresas “torpes” aprenden mucho más deprisa. En sectores donde se ha liberalizado poco o mal, las empresas punteras son muy productivas, pero el mercado está lleno de chiringuitos familiares sin apenas competencia que no tienen por qué innovar.

A efectos prácticos, esto quiere decir que la productividad industrial ha seguido aumentando a un buen ritmo, mientras que el sector servicios, casi siempre mucho más cerrado y protegido, se ha quedado atrás. Dado que las economías desarrolladas son, por encima de todo, economías basadas en servicios, la productividad agregada se ha resentido y, con ella, el crecimiento económico y los salarios.

Las regulaciones que mantienen sectores sin competencia tienen un coste real para toda la economía, y benefician a muy pocos

¿Cuál es la solución entonces? Obviamente, liberalizar. La competencia hace que las empresas se vean forzadas a aprender a hacer las cosas bien si no quieren quedarse atrás. Abrir sectores enteros a la competencia hará que muchos negocios antiguos, poco productivos y un tanto adormilados se vean forzados a hacer las cosas bien, o tendrán que cerrar. Las empresas restantes son las que hacen más con menos, y podrán pagar mejor a sus empleados. A medio plazo, estaremos dedicando recursos de forma más eficiente, en vez de tener un montón de compañías de segunda fila haciendo las cosas como se han hecho siempre.

Es la misma historia de siempre: debemos proteger trabajadores, no empresas. Las regulaciones que mantienen sectores sin competencia tienen un coste real para toda la economía, y benefician a muy pocos. Hay muchos indicadores, por cierto (y otros estudios recientes), que parecen señalar que España es una víctima especialmente pertinaz de la sobrerregulación y la pervivencia de empresas zombi, pero de eso hablaremos en otro artículo.


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