Materias grises

La inevitable esquizofrenia alemana

La historia de Europa desde la batalla de Sedán en 1870 se resume en una sola pregunta: qué hacemos con Alemania. Tras la victoria prusiana sobre el ejército francés, los líderes del continente tuvieron que decidir cómo acomodar al nuevo imperio alemán y su aparentemente ilimitada expansión económica. El Reich iba camino de convertirse en la potencia industrial dominante, eclipsando al Reino Unido y a una Francia que se estaba quedando rápidamente atrás. Con Austria-Hungría poco más que un satélite germano, Italia estancada y el Imperio Otomano en decadencia, sólo Rusia parecía ser capaz de hacer sombra al nuevo gigante europeo, al menos a medio plazo.

A principios de los años cincuenta la República Federal Alemana no tardo en eclipsar de nuevo a las economías de sus vecinos

Casi un siglo y medio después sabemos lo difícil que ha resultado responder esta pregunta. Los líderes europeos acabaron por ir a la guerra para contener a Alemania en 1914, impusieron una paz draconiana para desarmarla en 1919, y acabaron con el continente en ruinas apenas dos décadas más tarde. La partición fue de nuevo otro intento de desactivar el problema germano, pero a principios de los años cincuenta la República Federal Alemana no tardo en eclipsar de nuevo a las economías de sus vecinos.

La respuesta de los líderes europeos y de la propia Alemania, sin embargo, esta vez fue distinta. Lejos de formar alianzas que actuaran como contrapeso o crear fórmulas para limitar su crecimiento, Europa y Estados Unidos buscaron estrategias para poner al coloso alemán al servicio de una causa común. Adenauer y la República Federal aceptaron renunciar a tener una política exterior autónoma, dejando de lado una parte considerable de su soberanía, a cambio de convertirse en el motor económico del continente. De este modo Francia podía seguir jugando a ser un país importante gracias a su asociación con sus vecinos del este, y los alemanes podían dedicarse a reconstruir el país sin el riesgo de ser considerados un peligro público para la humanidad.

Tras setenta años de fracasos, el acuerdo funcionó. El sistema institucional de las instituciones europeas, los tratados militares con Estados Unidos y todo el andamiaje del continente se construyó bajo estos supuestos. Alemania aceptó su papel de centro económico del continente, con voz pero sin voto, a cambio de dejar de ser considerado un apestado. La Europa de postguerra es, en gran medida, la historia de una estructura institucional diseñada para evitar que Alemania fuera la potencia hegemónica del continente, y fue un éxito admirable.

Lo que nos lleva a la Unión Europea del 2015, y los problemas de la eurozona. Con contadas excepciones, las instituciones del continente siguen diseñadas bajo estos mismos principios. El euro, sin ir más lejos, fue una de las condiciones de Mitterrand para permitir la reunificación alemana; Francia quiso retirar el control de la moneda a sus vecinos para evitar que el marco fuera aún más dominante. El BCE está diseñado a imagen y semejanza del Bundesbank, pero no se limita a velar sólo por los intereses de Berlín. La ampliación de la UE hacia el este fue lenta y deliberada, con los germanos de nuevo pagando la mayor parte de la factura. Las votaciones dentro del Consejo Europeo siguen primando los estados, limitando el enorme peso demográfico de Alemania y sus aliados naturales, ahora dentro de la Unión.

Las instituciones europeas están diseñadas para evitar que Alemania actúe como una potencia hegemónica e imponga al continente sus soluciones

La crisis del euro, sin embargo, ha hecho evidente los problemas de este modelo. Las instituciones europeas están diseñadas para evitar que Alemania actúe como una potencia hegemónica e imponga al continente sus soluciones. En un momento en que cualquier solución a los problemas del euro pasa necesariamente por Alemania, estamos ante un escenario en que todo el mundo piden que den un paso adelante para arreglar las cosas, pero bajo unas instituciones que no están diseñadas para responder a su liderazgo.

Los problemas institucionales del euro nacen en parte por su diseño como un instrumento para limitar a Alemania. La moneda única se crea para evitar que Berlín utilice el privilegio de ser la moneda de reserva del continente y su envidiable posición comercial para dictar la política monetaria a sus vecinos. Con el euro, Alemania conservó su posición comercial pero perdió su vieja capacidad de forzar devaluaciones en la periferia europea cuando las cosas se salían de madre. Grecia, España, Portugal e Italia ahora sufren/disfrutan los desequilibrios en la balanza de pagos (sea en forma de burbuja o el crash posterior) como antes, pero Alemania ya no puede pedirles educadamente que se empobrezcan depreciando su moneda si se portan mal. La hegemonía económica sigue ahí, pero la UE ha creado un mecanismo para evitar que puedan ejercerla.

Dado que la estructura de la moneda única se basa en desconfiar de las imposiciones alemanas, esto hace que Alemania desconfíe de las decisiones del resto del continente: aunque ellos son los que acaban pagando la factura, las instituciones están construidas para que no puedan hacer efectiva su posición dominante. El resultado es una negociación absurda donde Merkel nunca va a atreverse a dar concesiones significativas ya que nunca tiene instrumentos válidos para hacer cumplir sus condiciones.

El euro “desarmó” a Alemania; es hora de crear unas instituciones democráticas europeas que permitan hacer una política de transferencias a cambio de reformas efectivas

Paradójicamente, es posible que la única forma de arreglar los problemas de la eurozona sea dar más poder de decisión a Alemania, no menos. Si la solución de los problemas del continente pasa porque Alemania pague más ya que es la potencia económica del continente, es necesario también que se le permita ejercer un liderazgo político. En la eurozona llevamos años pidiendo al país más poderoso que ponga dinero sobre la mesa y que renuncie a su capacidad de controlarlo. Si queremos reformar las instituciones europeas de forma efectiva, es hora de dejar de lado la vieja política de intentar contener a Alemania, y darle los instrumentos para poder solucionar los problemas, no sólo para crearlos.

A medio plazo, esto requerirá una renuncia real de la soberanía de los estados de la eurozona hacia el centro. El euro “desarmó” a Alemania; es hora de crear unas instituciones democráticas europeas (que estarán dominadas por los países del norte, no nos engañemos – el centro demográfico de la Unión está ahí) que permitan hacer una política de transferencias a cambio de reformas efectivas.

Sí sólo Merkel y los alemanes pueden solucionar los problemas del euro, es hora de darles las herramientas para que puedan hacerlo. Eso significa más democracia en la UE, y más concretamente, una democracia en la que la mayoría del norte nos impone reformas a los países del sur. Esa será la única manera de que Alemania acceda a financiar a la periferia sin imponer austeridad, y una de las pocas vías de escape realistas para salir de la crisis.


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