Materias grises

La desigual distribución de la productividad

Una de las paradojas de los últimos años en las economías desarrolladas ha sido el estancamiento de la productividad en una era de rápido desarrollo tecnológico. En las últimas décadas hemos visto una serie de innovaciones aparentemente revolucionarias en informática, genética, comunicaciones, materiales y energía, sin que estas se hayan traducido en un aumento sostenido de la productividad por hora trabajada. Algunos economistas hablan de un periodo de estancamiento secular, una era donde el declive demográfico y la ralentización de la innovación acaban por producir años de crecimiento económico limitado.

A largo plazo, lo único capaz de mejorar de forma significativa, sostenida y real los ingresos y el bienestar de los trabajadores de un país es un incremento de la productividad

Este debate es importante por un motivo muy sencillo: a largo plazo, lo único capaz de mejorar de forma significativa, sostenida y real los ingresos y el bienestar de los trabajadores de un país es un incremento de la productividad. Un país puede generar crecimiento económico o bien trabajando más horas o bien haciendo más utilizando menos tiempo y recursos. Las economías desarrolladas se enfrentan a una caída de la población activa en las próximas décadas, así que no podemos confiar en más mano de obra; si además la capacidad de descubrir qué hacer más con menos está desapareciendo, como parecen indicar los datos, quizás tenemos un problema serio.

Aunque los datos en agregado parecen confirmar esta tendencia hacia la mediocridad económica a largo plazo, un estudio reciente de la OCDE indica que quizás la historia es un poco más complicada de lo que vemos a primera vista. Los autores del informe, Dan Andrews, Chiara Criscuolo y Peter Gal, creen que fijarse en el aumento medio de la productividad de la economía da una explicación limitada sobre lo que está sucediendo, ya que el dato oculta las tremendas diferencias entre compañías. Para los autores, lo importante es menos averiguar si toda la economía parece estancarse, sino ver si los aumentos de la productividad siguen ahí, pero concentrados en unas pocas empresas punteras.

Lo que Andrews, Cricuolo y Gal descubren es que durante los últimos años se ha producido un notable aumento de la desigualdad entre empresas respecto a su productividad. Tanto en industria como en servicios lo que vemos es que la mayoría de empresas efectivamente parecen estar varadas con tasas de crecimiento entre mediocres y nulas. En medio de este estancamiento, sin embargo, hay un número relativamente pequeño pero significativo de empresas punteras que sí están innovando como posesas, con aumentos de productividad muy por encima de la media.

Las diferencias son considerables. En industria, las empresas punteras tienen una tasa de crecimiento de productividad anual de un 3,5%, una cifra que no tiene nada que envidiar a los años de gloria de la postguerra en Estados Unidos. Esta cifra duplica la media para todo el sector industrial de la OCDE. En el sector servicios, mientras tanto, el crecimiento medio ha sido de un raquítico 0,3% anual, mientras que las empresas punteras se mueven en un 5%.

Si estas cifras son ciertas, el problema al que se enfrentan las economías desarrolladas no es tanto que el mundo haya olvidado cómo inventar nuevas tecnologías, sino el fracaso de la mayoría de empresas en adoptar estas innovaciones. Las empresas punteras de industrias y servicios han aprendido a utilizar los ordenadores, comunicaciones, nuevos materiales y demás de modo que son capaces de ser mucho más eficientes, y además están avanzando en sacarles cada vez mayor partido. El resto de la economía, mientras tanto, anda adormecida haciendo las cosas como siempre o utilizando los nuevos cachivaches de forma chapucera, sin mejorar gran cosa. ¿Por qué está sucediendo esto?

Una explicación posible es que haya algún factor estructural que explique por qué la difusión tecnológica no se está produciendo. Podría ser, por ejemplo, que el sistema de patentes es demasiado estricto, dejando a las empresas inventoras con un monopolio de facto en muchas tecnologías claves. Quizás el problema en España (con un problema de productividad crónico) es que el tamaño medio de las empresas es minúsculo y no tienen el capital para adoptar estas innovaciones. En otras ocasiones, puede ser que barreras burocráticas o regulatorias estén haciendo que las empresas sean más aversas al riesgo.

La historia que a mí me parece más convincente, sin embargo, es más sencilla: inventar es fácil, cambiar cómo trabajamos no lo es tanto. El argumento original es de Paul David, a finales de los años ochenta, intentando responder ya entonces por qué los ordenadores de la época no parecían haber producido cambios apreciables en la productividad de la economía. David traza un paralelismo entre la revolución informática y la segunda revolución industrial, o más concretamente, con el desarrollo de la electricidad.

La electricidad tiene una serie de ventajas significativas sobre el carbón para la producción industrial. Una fábrica basada en el carbón y motores de vapor debe estructurarse alrededor de las necesidades de la transmisión mecánica. Cada máquina, telar, torno, prensa o pieza de maquinaria no tiene un motor de vapor al lado específico, sino que recibe su energía de una caldera situada en el centro del edificio que es la que genera movimiento, que es a su vez transmitido mediante correas de transmisión, engranajes y bielas por toda la factoría. Esto limita considerablemente cómo puedes organizar la producción en un edificio, obliga a tener una infraestructura enorme, inflexible y llena de componentes frágiles, y crea una serie de problemas logísticos importantes, empezando por el hecho de que cualquier cambio de configuración de la fábrica es mucho más complicado.

Los motores eléctricos eliminan ese problema casi por completo. En vez de tener un enorme generador de vapor en la planta baja con montones de correas de transmisión, ahora cada pieza de maquinaria tiene su pequeño motor. Lo único que necesitas es tirar hilo de cobre y tener tomas de corriente; la infraestructura es muchísimo más sencilla. Una empresa electrificada puede producir más y mejor al ser mucho más flexible con costes mucho más bajos.

La cuestión es que aunque los primeros motores eléctricos prácticos aparecen a finales del siglo XIX, la productividad industrial no varía demasiado hasta después de la primera guerra mundial. Un observador económico en 1900 podría haber dicho, con buen criterio, que todos estos revolucionarios motores eléctricos no están cambiando gran cosa; el cambio no vino hasta mucho después.

¿Qué estaba sucediendo? Para David, el problema no era la existencia o no de una tecnología, sino la necesidad de, por un lado, aprender a utilizarla de forma efectiva, y por otro que las empresas existentes vean un retorno de inversión suficiente antes de adoptarla. Tuvieron que pasar un par de décadas antes de que los ingenieros industriales adoptaran fábricas de una sola planta con cadenas de montaje lineales en edificios ligeros, en vez de los monstruos de cinco plantas y estructuras megalíticas de la era del vapor. Hasta que todas las implicaciones del motor eléctrico no fueron entendidas y adoptadas, el aumento de la productividad del nuevo invento era limitado, y a menudo no justificaba tirar a la basura las enormes inversiones sin amortizar en maquinaria, edificios y máquinas de vapor existentes. No fue hasta que la combinación entre implementación efectiva de nuevos sistemas, cambios en la forma de organizar fábricas y obsolescencia de las viejas fábricas que la productividad de todo el sector industrial empezó a aumentar.

Tras tres décadas de uso de ordenadores a gran escala, un grupo aún pequeño de empresas ha descubierto cómo utilizarlos de forma efectiva

Es posible, por tanto, que lo que estamos viendo es como por fin, tras tres décadas de uso de ordenadores a gran escala, un grupo aún pequeño de empresas ha descubierto cómo utilizarlos de forma efectiva. La caída de los costes de transacción, por ejemplo, ha abierto la puerta “economías en nube” descentralizadas (de Uber a contratar telefonistas en Argentina); la emergencia de sistemas inteligentes ha permitido procesar y analizar información de forma mucho más efectiva; la automatización y los sistemas RFID han revolucionado la logística. La inmensa mayoría de empresas aún no están utilizando estas innovaciones, así que las ventajas de la revolución digital no son aún del todo aparentes. Según las nuevas formas de trabajo se extiendan, sin embargo, y las empresas aprendan a utilizar la tecnología y automatización de modo efectivo, la productividad empezará a aumentar otra vez, saliendo de su estancamiento.

Aún es temprano para saber si lo que estamos viendo son las primeras señales de un cambio profundo, o la existencia de varios sectores específicos, donde los ordenadores sí son revolucionarios mientras el resto se queda atrás.


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