Materias grises

De demoliciones y limpiezas

Cuentan que un buen día un parlamentario británico (la anécdota habitualmente se le atribuye a Churchill, pero probablemente es más antigua) cogió por el hombro a un joven diputado recién llegado a la cámara de los comunes en una pausa de un apasionado debate. Una ley andaba corta de votos, un ministro estaba en problemas, una decisión de política exterior estaba en entredicho, quién sabe. El veterano, viendo a su nuevo compañero criticando apasionadamente a la oposición, le dijo: “amigo mío, los que se sientan en el otro lado de la cámara son tus adversarios. Los que se sientan en este lado son tus enemigos”.

Aunque es relativamente habitual ver al PSOE metido en batallas internas, ver como la cúpula de la organización ordena desmantelar una federación del partido es algo bastante extraordinario

Algo parecido debía pensar ayer un buen puñado de dirigentes del Partido Socialista tras la inesperada decisión de Pedro Sánchez de disolver el Partido Socialista de Madrid y destituir a su secretario general, Tomás Gómez. Aunque es relativamente habitual ver al PSOE metido en batallas internas, ver como la cúpula de la organización ordena desmantelar una federación del partido es algo bastante extraordinario, y más a tres meses de unas elecciones.

¿Por qué estamos visto esta crisis precisamente ahora? El motivo principal es bastante obvio: el PSM es una organización profundamente disfuncional, y Tomás Gómez es un candidato espantoso. Los socialistas madrileños llevan 20 años fuera del gobierno de la comunidad, y han sido incapaces de sacar ni el más mínimo rédito electoral a los escándalos de corrupción del PP en los últimos años.

El partido no es sólo incompetente de cara a las urnas, sino que su organización es también cada vez más decrépita: desde que está Gómez al frente han perdido la mitad de afiliados, cayendo desde unos tristes 30.000 a unos ya patéticos 15.000La dirección regional ha utilizado esta caída en su favor recurriendo a primarias cerradas, aprovechando la pérdida de militantes para hacer imposible que otros candidatos consiguieran suficientes avales. 

Lo cierto es que los líderes del PSM, tras años de derrotas, estaban más preocupados de proteger su propia supervivencia política que del éxito electoral del partido. El aparato llevaba años dedicando todas sus energías a blindarse organizativamente, forzando la salida de cualquier militante con ideas por pura asfixia burocrática. Los dirigentes se conformaban con administrar unos pocos feudos municipales donde podían colocar a los restos del partido (los cuatro matados que les apoyaban),  poco menos que renunciando a hacer una oposición decente o tener líderes presentables. La proliferación de casos de corrupción (incluso afectando al propio Gómez) y conflictos internos en los pocos feudos municipales bajo su control en la comunidad son un síntoma más de esta decadencia. La imagen es de un partido clientelista, cerrado en si mismo, incapaz de responder a la opinión pública no sólo era inevitable, sino que también era acertada.

A estas alturas a los votantes de la comunidad si les dan a escoger entre Jack el Destripador y un candidato salido del PSM probablemente se decantarían por el primero

El PSM, por tanto, llevaba siendo un lastre desde hacía 20 años. Tomás Gómez no había hecho más que empeorar el problema. Pedro Sánchez y la dirección del PSOE tienen razón en querer hacer limpieza en Madrid; a estas alturas a los votantes de la comunidad si les dan a escoger entre Jack el Destripador y un candidato salido del PSM probablemente se decantarían por el primero. El riesgo, sin embargo, es la decisión de Ferraz de hacer limpieza precisamente ahora con las elecciones a la vista, abriendo el partido en canal justo cuando los votantes empiezan a prestar atención.

Por mucho que nos guste criticar a los partidos por ser entes cerrados que no respetan las opiniones de sus militantes y cuadros intermedios, lo cierto es que la evidencia empírica va en dirección contraria. Los votantes detestan que los miembros de un mismo partido se peleen entre ellos, penalizando en las urnas a los partidos que están sufriendo crisis internas. La imagen de Tomás Gómez rodeado de seguidores, agarrado a la tribuna, acusando a la dirección federal del partido de ser unos vendidos a la derecha que no respetan la voluntad de los militantes, por muy lógica que sea, es también algo parecido a un cartel luminoso gigante indicando división interna. Un votante indeciso al ver este espectáculo puede llegar a la conclusión que dado que los socialistas son incapaces de gobernarse a si mismos, quizás no sea una buen idea votarles en unas autonómicas.

Pedro Sánchez, entonces debía escoger entre dos males. Por un lado, puede acudir a las urnas con un candidato inservible, sufriendo una derrota casi segura. Por otro, puede jugársela con un relevo de última hora, rezando porque los votos perdidos ante la división interna sean menores que los ganados al presentar un candidato capaz de andar y mascar chicle al mismo tiempo. En condiciones normales y con un PSM medio funcional y un PSOE fuerte apostar por la segunda opción sería casi seguro el camino más arriesgado. La cuestión es que ni el PSM es medio funcional, ni la situación de Pedro Sánchez al frente del PSOE era del todo estable.

La prensa llevaba semanas con el runrún de la debilidad de Sánchez, los problemas del partido en las encuestas y cómo Susana Díaz empezaba a sondear la posibilidad de dar el salto a Ferraz por las bravas

Lo cierto es que el PSOE ya tenía un buen montón de problemas internos antes de la algarada de ayer. El partido no estaba sufriendo manifestaciones de militantes enfurecidos o soflamas de dirigentes soliviantados poniendo a parir a su propia dirección, pero la prensa llevaba semanas con el runrún de la debilidad de Sánchez, los problemas del partido en las encuestas y cómo Susana Díaz empezaba a sondear la posibilidad de dar el salto a Ferraz por las bravas. Que el conflicto fuera menos vistoso no quiere decir que no estuviera haciendo mella en las expectativas del partido, y Sánchez, como cualquier político con dos dedos de frente, sabe que su capacidad de supervivencia depende directamente de sus expectativas electorales. Con su autoridad bajo asedio, los medios haciéndose eco de conspiraciones y voces del partido diciendo por las esquinas que su futuro dependía del resultado de las autonómicas, el líder del PSOE debe haber pensado que estando ya divididos, quizás era mejor sumarse a la fiesta, dar un golpe de autoridad y sacarse de encima al inútil congénito que le quedara más cerca. Es decir, Tomás Gómez.

Con esta decisión Sánchez mata dos pájaros de un tiro: por un lado ofrece una súbita, enérgica, valiente iniciativa mostrando que quiere renovar el partido (que muchos andábamos pidiendo), y por otro envía una señal clara, dramática y directa al resto de que no le va a temblar el pulso a la hora de hacer limpieza. Si Ferraz está pidiendo cambios en el partido y los barones no hacen caso, Ferraz está dispuesto a utilizar el equivalente político de armas nucleares para forzar esos cambios. Por descontado, todo el mundo entiende que una cosa es librarse de un cretino que nadie aguanta y otra es enfrentarse a la federación andaluza, pero Sánchez al menos está dejando claro que si va a haber guerra se la va a tomar en serio.

Por supuesto, que la estrategia de Ferraz sea bastante racional no quiere decir que no esté exenta de riesgos. El cálculo electoral en el centro de esta maniobra es complicado; los votantes pueden interpretar la disolución del PSM como un gesto de firmeza y renovación de un partido necesitado de una buena limpieza, o pueden verlo como una escalada militar en la lenta demolición del PSOE. Es posible que la reacción de Gómez ayer (la patética rueda de prensa, la triste manifestación de un puñado de fieles, la hilarante apelación a la democracia interna) le hiciera un favor a Sánchez, pero aún es pronto para saberlo; a estas alturas más vale desconfiar de las encuestas.

Lo único que queda claro, al menos por ahora, es que el golpe de mano de Ferraz ayer fue un gesto de energía y decisión en un Partido Socialista que anda muy necesitado de ellos. Si Pedro Sánchez actuara con la misma decisión y valentía en otros temas del partido, como en su renovación ideológica, quizás las cosas les irían mejor en las encuestas. Quién sabe. 


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