OPINIÓN

La ceremonia de la confusión del independentismo

Si el estado castiga, se hacen las víctimas. Si ofrece negociar, dicen que no es una oferta creíble. Todo, todo, todo es bueno para el 'procés'.

La ceremonia de la confusión del independentismo.
La ceremonia de la confusión del independentismo. EFE

Escribo estas líneas el martes por la noche, y debo empezar con una confesión: estoy harto, harto, harto de escribir sobre Cataluña y el procés.

Mi interés por la política, como el de casi todo el mundo que se dedica a lo público desde dentro o desde fuera, se centra en cómo podemos mejorar la vida de los ciudadanos de a pie. Me gusta hablar de políticas públicas, medidas concretas, qué clase de instituciones hacen que una sociedad se más próspera, más rica y más igualitaria. Soy un admirador público, confeso y declarado de la política aburrida, ese extraordinario logro de la civilización occidental que permite que gobernantes y gobernados puedan dedicar su tiempo a nimiedades como mejorar los servicios públicos, el sistema educativo y que los trenes circulen a la hora en vez de pasarse el tiempo en peleas a muerte sobre el sentido último del estado e ideas filosóficas variadas.

Hoy, en vez de hablar sobre cosas concretas, interesantes y relevantes para la vida diaria de los ciudadanos, estoy otra vez hablando sobre el sentido último del estado e ideas filosóficas variadas

Hoy, en vez de hablar sobre cosas concretas, interesantes y relevantes para la vida diaria de los ciudadanos como el soterramiento del ferrocarril en Murcia (estoy en contra ), los efectos de los copagos en el gasto sanitario ( son mala idea ), o porque el futuro está en las ciudades grandes , sin embargo, estoy otra vez hablando sobre el sentido último del estado e ideas filosóficas variadas. Otra vez el procés, con su inacabable, vacua y esotérica terminología de derechos a decidir, definiciones del demos, apelaciones a derecho internacional, teoría constitucional comparada y disquisiciones sobre la relación entre derechos individuales y colectivos, minorías y estado de derecho. Estas son las cosas que te fascinan en segundo de carrera, en inacabables asambleas de la facultad y tertulias que no llevan a ninguna parte. Que el debate político en Cataluña se centre en esto desde hace años es desesperante.

Si las polémicas se limitaran a esto la cosa sería medio tolerable; la teoría es al menos medio entretenida y de ella puedes llegar a algunas conclusiones sobre políticas públicas de vez en cuando. El problema es que además de hablar sobre el sexo de los ángeles, los políticos catalanes parecen haber visto demasiado episodios de House of Cards, Juego de Tronos y Battlestar Galactica (a ver, ven infiltrados por todas partes) y se pasan la vida en un inacabable ciclo de maniobras políticas supercomplicadas. Lo suyo, dicen, es Alta Estrategia Política, una partida de ajedrez o algo así muy profundo en un ultraelaborado plan secreto para derrotar al estado.

Lo importante es este kabuki ceremonial a la vez pomposo, ambiguo, complicado e insultante que le permite seguir diciendo que están en una lucha superestratégica contra el estado

El martes, de hecho, vimos un ejemplo rutilante de maniobras estrafalarias de gente que se creen genios de la política. Lo que hizo Puigdemont con su discurso fue una construcción retórica imposiblemente barroca: anunciar que va a pedir al parlament una declaración unilateral de independencia, pedir a la cámara que aplace esa declaración, no votar nada en la cámara, y después firmar una declaración altisonante fuera de ella sin ningún valor jurídico. Todo este ejercicio, por supuesto, era ya de por sí una pantomima ridícula, ya que tanto el referéndum con el que justifica estos pasos como la ley de transitoriedad están suspendidas por los tribunales, pero da igual. Lo importante es este kabuki ceremonial a la vez pomposo, ambiguo, complicado e insultante que le permite seguir diciendo que están en una lucha superestratégica contra el estado, y defender que están haciendo una cosa y su contraria en caso de que el gobierno central tome medidas.

Por supuesto, lo que haga el estado les da igual. La declaración-que-no-fue-declaración y firma-que-no-fue-firma fueron ambiguas aposta; el objetivo no es hacer nada en concreto, sino poder decir que están avanzando hacia la llibertat d´un poble y a la vez clamar que todo lo que hacen era simbólico si el gobierno central decide hacer cualquier cosa. Del mismo modo que el referéndum era a la vez lo suficiente vinculante para justificar la declaración de independencia y una cosa simbólica que no justificaba la desmedida respuesta policial, el teatrillo del martes es simplemente otro movimiento más de este ajedrez multidimensional que los independentistas dicen estar dominando. Si el estado castiga, se hacen las víctimas. Si ofrece negociar, dicen que no es una oferta creíble. Todo, todo, todo es bueno para el procés.

Tras un lustro de hablar sobre catalanes todo el puto rato, Mariano Rajoy sigue ahí, con la inestimable colaboración de los salvapatrias de Podemos

Tras cinco años de maniobras elaboradas, proclamas idealistas y jiujitsu político, sin embargo, estamos casi exactamente en el mismo lugar donde empezamos. Hace cinco años Cataluña tenía problemas para pagar sus servicios públicos, y España tenía un problema de diseño grave en su sistema autonómico. Tras un lustro de atizarnos sobre el tema, Cataluña sigue teniendo un estado de bienestar con grandes lagunas, y el sistema autonómico sigue roto . Hace cinco años, la ameba barbuda conocida como Mariano Rajoy estaba en Moncloa, leyendo el Marca sin responder a estímulos externos. Tras un lustro de hablar sobre catalanes todo el puto rato, Mariano Rajoy sigue ahí, con la inestimable colaboración de los salvapatrias de Podemos. Hace cinco años, menos de la mitad de los catalanes estaban a favor de la secesión. Tras un lustro de marear la perdiz, ese porcentaje no ha variado en absoluto.

Da igual. Los independentistas siguen convenciéndose a sí mismos laboriosamente que su última maniobra política, elaborada estrategia de relaciones públicas, acto simbólico de contenido patriótico o reacción del estado será la clave que ganará la partida. Todo lo que han hecho hasta ahora era prólogo; el siguiente sí que será un día decisivo, histórico y maravilloso que abrirá las puertas de Europa y el camino hacia la libertad. El modelo será Escocia, Kosovo, Eslovenia, Cuba, Estados Unidos, Lituania, el Khanato de Bulgaria o el principado de Borduria, según la metáfora ajedrecística del momento. Siempre, siempre estarán ganando, porque su causa es justa. Y así seguirán.

Esto no es un juego. Cataluña no es un tablero donde los ciudadanos son las piezas. El trabajo de los políticos consiste en solucionar conflictos, no provocarlos

Si fueran juegos inofensivos, esto sería enternecedor, pero no lo son. Las estrategias de los independentistas, y las a menudo atolondradas respuestas de un gobierno central que no parece tener la más mínima intención de arreglar nada, tienen consecuencias. Hace cuatro o cinco años, el postureo era un tanto cómico, con elecciones autonómicas con coaliciones salvapatrias y acampadas reivindicativas. Estos días, los secesionistas están siguiendo una hoja de ruta que busca provocar el conflicto como estrategia principal para ganar esta “partida”, sin atenerse al coste social y económico que esta confrontación pueda tener. Es una extensión natural de creerse muy listos, sólo escuchar a la gente de tu propio bando y no querer entender que Cataluña es la que es, no la que ellos imaginan. Es también una receta para el desastre.

Esto no es un juego. Cataluña no es un tablero donde los ciudadanos son las piezas. El trabajo de los políticos consiste en solucionar conflictos, no provocarlos. Tristemente, tanto los políticos secesionistas como los dirigentes nacionales, obsesionados con derrotar el independentismo sin arreglar ni uno sólo de los problemas de fondo, parecen haberse olvidado de ello.

A estas alturas, aplicar el artículo 155 para suspender la autonomía en Cataluña parece inevitable. Unas elecciones autonómicas anticipadas, probablemente, dejaran claro que nada ha cambiado desde el 2012, y que los mismos problemas y divisiones siguen ahí. Hasta que unos y otros entiendan que el politiqueo, las maniobras y los intentos de atizar el fuego del conflicto no sirven para nada, sin embargo, me temo que seguiremos de viaje a ninguna parte.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba