OPINIÓN

Los beneficios de la inmigración

Muchos políticos, comentaristas y presuntos expertos han hecho del miedo a la inmigración uno de sus mensajes principales. Tendrán sus motivos. La realidad, sin embargo, es que la inmigración es una de las pocas políticas públicas que tiene efectos estrictamente positivos.

Colas de inmigrantes en una oficina provincial de extranjería.
Colas de inmigrantes en una oficina provincial de extranjería. EFE

No hay demasiadas políticas públicas ahí fuera que garanticen crecimiento económico a corto y medio plazo. Aún hay menos medidas a disposición de los gobiernos que puedan generar este crecimiento sin generar deuda pública, sacrificar crecimiento futuro o generar desequilibrios de los que algún día uno pueda arrepentirse. Generar riqueza no es sencillo, y menos hacerlo rápido y sin tomar atajos peligrosos.

De implementarla, la economía crecerá más rápido, creará más empleo y hará que todo vaya mejor

A finales del año pasado, sin embargo, la National Academy of Sciences de Estados Unidos publicó un monumental informe de más de 500 páginas bajo la dirección de Francine Blau y Christopher Mackie. Sus conclusiones son claras y directas: los gobiernos tienen a su alcance una medida de política económica de coste presupuestario cero que aumenta el crecimiento económico, reduce precios para consumidores y aumenta los salarios de la mayoría de trabajadores del país. Cualquier gobierno en cualquier país desarrollado del mundo puede aplicarla inmediatamente, sin tener que preocuparse de efectos secundarios, estructura económica del país o su situación fiscal. De implementarla, la economía crecerá más rápido, creará más empleo y hará que todo vaya mejor.

Esta medida mágica puede definirse con una sola palabra: inmigración.

No debería ser una sorpresa. El informe ofrece un amplio repaso a la enorme literatura empírica sobre los efectos económicos de la inmigración, una cantidad ingente de nueva investigación sobre la materia y toneladas de datos sobre Estados Unidos. Nada queda fuera del análisis; el capítulo sobre impactos fiscales tiene en cuenta el coste diferencial de los inmigrantes para la administración local, estatal y federal, no sólo para esta generación, sino para sus hijos.

El único grupo que ve sus salarios descender ligeramente son los inmigrantes de segunda generación

Gracias al admirable aprecio del gobierno federal americano por recoger datos y permitir su uso en estudios empíricos, los autores han podido evaluar el impacto de la inmigración por región a lo largo del tiempo y por nivel de renta. Su conclusión es que el único grupo que ve sus salarios descender ligeramente son los inmigrantes de segunda generación, ya que deben competir con los recién llegados; los nativos ven sus ingresos aumentar, y estos suben más como más estudios tengan los nuevos trabajadores.

El efecto positivo de la inmigración se debe a dos motivos muy simples. Primero, cualquier economía moderna puede producir más cosas si tiene más gente disponible para hacerlo. El aumento de la población activa produce, inevitablemente, aumentos del PIB; hay más gente a mano para trabajar. Segundo, un inmigrante además de aumentar la oferta de mano de obra también aumenta la demanda. El tipo va a necesitar vivir en algún sitio, comer y vestirse; irá al cine, al bar y comprará cosas. Su mera existencia hace que haya más consumo; ese consumo, a su vez, aumentará la demanda de empleo.

Sabemos también que los inmigrantes tienden a crear empresas más a menudo que los nativos. Uno de los secretos del éxito de Silicon Valley es la enorme cantidad de compañías lanzadas por gente nacida fuera de Estados Unidos, que encuentra en California un vivero único para sus proyectos. El estudio de la National Academy of Sciences se centra en Estados Unidos, así que no se plantea otros efectos positivos que serían aún más relevantes en España. El aumento de la población activa, por ejemplo, en nuestro caso sería una excepcional ayuda para corregir el atroz déficit demográfico y reforzar el sistema de pensiones.

El aumento de la población activa, por ejemplo, en nuestro caso sería una excepcional ayuda para corregir el atroz déficit demográfico

Estos días, sin embargo, estamos viendo precisamente en Estados Unidos una nueva administración que lejos de apostar por la inmigración, busca restringirla. Trump y los republicanos han repetido, una y otra vez, que sus objeciones a la llegada de extranjeros son económicas (y como hemos visto, falaces) y de seguridad ciudadana, sea por terrorismo, sea por delincuencia común.

Las dos excusas son poco creíbles, y no están basadas en la evidencia empírica. Para empezar, hay multitud de estudios que demuestran que la tasa de criminalidad para inmigrantes de primera generación es mucho menor que para nativos, y que es básicamente idéntica a los autóctonos a partir de segunda generación. La inmigración no ha tenido ningún impacto en la tasa de criminalidad de Estados Unidos. Si sólo miramos los delitos de terrorismo, los datos son aún más claros. El Cato Institute ha estimado que la probabilidad de morir en un atentado terrorista cometido por un inmigrante durante las últimas décadas es de una entre 3,6 millones; la cifra es aún menor si sólo miramos a refugiados. Simplemente, la inmigración no tiene costes de seguridad apreciables.

La probabilidad de morir en un atentado terrorista cometido por un inmigrante durante las últimas décadas es de una entre 3,6 millones

Por supuesto, existe un tercer motivo en la retórica de Trump, casi siempre implícito: la preservación de la “cultura” o los “valores” nacionales. Llamadme ingenuo, pero nunca he acabado de entender esta clase de objeciones. Las sociedades occidentales son extraordinariamente maleables y flexibles; en el caso americano, hablar de “valores nacionales” en un país donde esencialmente todo el mundo viene de fuera siempre me ha parecido ridículo. Si nuestra cultura occidental se va a derrumbar porque un diez o quince por ciento de la población son nacidos fuera, creo que el problema es la debilidad de la cultura occidental, no los inmigrantes. Estados Unidos lleva 200 años admitiendo, aculturando y asimilando generaciones de inmigrantes de forma increíblemente efectiva; en épocas pasadas (finales del siglo XIX y principios del XX) importando mano de obra a unos volúmenes que nos parecerían inauditos hoy. El temor a que “esta vez es diferente” o que esta vez no será posible hacerlo es poco creíble.

Durante los últimos años muchos políticos, comentaristas y presuntos expertos han hecho del miedo a la inmigración uno de sus mensajes principales. Tendrán sus motivos. La realidad, sin embargo, es que la inmigración es una de las pocas políticas públicas que tiene efectos estrictamente positivos sobre la economía del país receptor. Sus costes sociales son mínimos; si se acompaña con políticas de integración y asimilación coherentes (y nada misteriosas – Estados Unidos tiene dos siglos de experiencia en ello), admitir a nuevos residentes será siempre buena noticia.


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