Materias grises

Un barrio tranquilo: vivienda y movilidad social

En 1994 el gobierno americano decidió poner a prueba un nuevo método para aumentar la movilidad social y luchar contra la pobreza. El departamento de vivienda y desarrollo urbano seleccionó 4.604 familias pobres con hijos en Baltimore, Boston, Chicago, Los Ángeles y Nueva York. Todas las familias escogidas eran residentes en vivienda pública o subvencionada en barrios con tasas de pobreza por encima del 40%. Hogares pobres en barrios deprimidos; la pura definición de callejones sin salida en movilidad social.  

El estudio, conocido como el Moving to Opportunity Experiment inmediatamente se convirtió en un caso célebre de estudios de efectividad en políticas públicas

El estudio dividió a las familias seleccionadas en tres grupos establecidos al azar. En el primer grupo, los participantes recibían un vale para pagar el alquiler de una vivienda de su elección que sólo podía ser utilizado en barrios con tasas de pobreza por debajo del 10%. El segundo grupo recibía también un vale similar, pero la familia no tenía restricción alguna sobre dónde mudarse. El tercer grupo, el de control no tenía acceso a ayudas. El estudio, conocido como el Moving to Opportunity Experiment (MTO, experimento “mudarse hacia oportunidades”) inmediatamente se convirtió en un caso célebre de estudios de efectividad en políticas públicas, e inevitablemente ha recibido muchísima atención.

Los resultados han sido curiosos. Aunque en un primer momento las familias que se mudaban a barrios de clase media estaban más felices, el rendimiento escolar de los hijos variaba de forma considerable según género (la mejora era muy superior para las niñas), pero no se apreciaban mejoras extraordinarias. La belleza de MTO, sin embargo, es que es un estudio diseñado para ser evaluado a largo plazo, no a corto, y resulta que según ha ido pasando el tiempo, los efectos de una mudanza han resultado ser más y más pronunciados.

Un primer estudio señala que ya en el año 2001, apenas cuatro años después que el programa oficialmente terminara, los ingresos medios anuales de las familias que se habían trasladado a un barrio de clase media  aumentaron un 12%, o más de $1.500. Esto quiere decir que por el coste de alquilar una furgoneta una tarde, una familia puede ganar un 12% más al año, sin ninguna otra intervención o programa social de por medio.

Lo realmente interesante, sin embargo, es ver qué sucede a medio/largo plazo, cuando los hijos crecen. Los barrios deprimidos son notorios por tener bolsas persistentes de pobreza, lugares donde la ausencia de oportunidades y problemas sociales acumulados hacen que la movilidad social sea muy escasa. El problema, desde un punto de vista de políticas públicas, es si este persistente fracaso en los intentos de sacar adelante a familias con pocos ingresos se debe a problemas individuales o estructurales; es difícil saber si las intervenciones en colegios, programas de ayuda mejor diseñados o más transferencias sociales serían efectivas, o si el contexto está haciendo que estas familias no puedan mejorar su situación.

Raj Chetty, Nathaniel Hendren y Lawrence Katz intentan responder a esta pregunta utilizando datos de los 13.213 participantes del programa MTO que habían cumplido 21 años en el 2012. Es decir, los autores quieren analizar los efectos de una mudanza desde el punto de vista de la movilidad social de los hijos, utilizando datos fiscales (nada de encuestas) y escolares para todos los participantes. 

Los ingresos de los ahora adultos que habían crecido en barrios de clase media y tenían menos de 13 años durante la mudanza son un 30% mayores que los que no se trasladaron

Los resultados son fascinantes. Los ingresos de los ahora adultos que habían crecido en barrios de clase media y tenían menos de 13 años durante la mudanza son un 30% mayores que los que no se trasladaron. Una simple furgoneta produce ingresos de más de $3.000 al año para los hijos de las familias en este programa. Si tenemos en cuenta los ingresos a lo largo de la vida del niño, estamos hablando de más de $300.000 dólares sin apenas invertir nada. El efecto, por cierto, desaparece en familias que se trasladaron de barrio con hijos ya adolescentes; como prácticamente todo en políticas públicas, es mucho más efectivo intervenir en primera infancia que hacerlo más tarde.

Por supuesto, esto es un estudio, con resultados basados en el análisis de unos pocos miles de casos. Es posible, por ejemplo, que las familias participantes estuvieran especialmente motivadas con esta oportunidad y se esforzaran más, o que el mismo proceso de selección atrajera participantes más entusiastas. Para complementar el análisis, Hendren y Chetty recurren a una base de datos de cinco millones de familias que se han mudado de un condado a otro en Estados Unidos, utilizando datos fiscales entre 1996 y 2012. Aunque no estamos ante un experimento natural, los autores están estudiando prácticamente todas las familias americanas que se trasladaron en ese periodo; la calidad de los datos empleados es tremenda. A pesar de que no tienen información estricta sobre la clase de barrio donde cada familia se instala, Hendren y Chetty pueden evaluar las características en 2.407 condados del país y analizar qué factores influyen en la movilidad social.

Los resultados refuerzan las conclusiones del su estudio sobre MTO: el lugar donde uno vive influye, y mucho, en la movilidad social de una familia. Los condados con más movilidad social tienen mejores colegios, un porcentaje menor de familias monoparentales, mayores niveles de participación ciudadana y, por encima de todo, un mayor nivel de integración entre familias pobres y ricas, evitando la segregación racial o por niveles de renta. Vivir en un condado “bueno” tiene efectos más acentuados para niños que para niñas, pero las diferencias son tremendas: vivir en un condado con alta movilidad social puede generar diferencias de ingresos de hasta un 30% por encima o por debajo  de la media nacional.

Desde un punto de vista de políticas públicas las conclusiones de este estudio son muy importantes. Primero, la furgoneta de mudanzas debe ser vista como un instrumento de política social de primer orden. El problema de la pobreza en los barrios marginales no es la falta de servicios en esos barrios o los fracasos personales de sus habitantes, sino la misma existencia de esos barrios. Cualquier política pública que combata la aparición de guetos  es una buena idea; como antes saquemos a las familias con hijos de zonas deprimidas, mejor nos irá a todos.

La política de vivienda debe ser una parte central del estado de bienestar. No estamos hablando de vivienda pública, sino de una política de urbanismo agresiva

Segundo, y no menos importante, la política de vivienda debe ser una parte central del estado de bienestar. No estamos hablando, sin embargo, de vivienda pública, que a menudo acaba por producir las concentraciones de pobreza que queremos evitar a toda costa, sino una política de urbanismo agresiva, decidida y ambiciosa destinada a asegurar la existencia de viviendas asequibles a precio de mercado en barrios de clase media y clase alta. Esto puede hacerse mediante planes urbanísticos que permitan densidades elevadas, construcción en altura y oferta de vivienda en abundancia, por un lado, y mediante la creación de impuestos sobre la venta de viviendas y terrenos (sí, eso reduce precios) y una subida de los impuestos de propiedad y bienes inmuebles (ídem) para limitar el coste de la vivienda.

La idea central debe ser, por encima de todo, evitar que un niño pueda crecer en barrios deprimidos, con altos niveles de crimen y pobreza, malos colegios y pocas oportunidades. Para hacerlo deberemos subvencionar no la vivienda, sino la movilidad, y haremos todo lo posible para que el parque de viviendas en una región no limite las opciones de las familias pobres demasiado.


Fotografía: Paso elevado de la Tercera Avenida en Borough, el Bronx. Nueva York


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