Materias grises

De alternativas y fantasías municipales

En el nuevo panorama abierto en el sistema de partidos español en los últimos meses, las elecciones municipales en Barcelona presentan uno de los mapas políticos más jugosos del país. La Ciudad Condal ya tenía un mapa político bastante fragmentado, un reflejo de la considerable vitalidad del sistema de partidos catalán estos últimos años. Estas elecciones parece que los barceloneses van a dar otra vuelta de tuerca al sistema, en vista del considerable apoyo que Barcelona en Comú, la plataforma ciudadana de Ada Colau, está recogiendo en las encuestas.

Ada Colau ha sido, durante años, una pieza increíblemente activa en los movimientos sociales y en la sociedad civil de Barcelona. Es una activista profesional, en el mejor sentido de la palabra: durante más de una década ha dedicado su tiempo a movilizar, polemizar y organizar a la opinión pública para poner temas en la agenda política del país. Muchos columnistas tienden a menospreciar el papel de gente como Colau, pero son piezas clave en el buen funcionamiento de una democracia. Se esté de acuerdo o no con sus ideas (y yo no siempre lo estoy) lo cierto es que sin la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) y sus campañas antidesahucios, el debate en España sobre vivienda sería bastante distinto.

Los éxitos de Ada Colau como activista, no tienen por qué traducirse en una buena carrera política. Las exigencias de un organizador de movimientos sociales son muy distintas que los compromisos, acuerdos y decisiones que debe tomar un cargo público

La transición de Colau desde el activismo hacia la política es casi una evolución natural. A mediados del año pasado lanzó Guanyem Barcelona, una plataforma ciudadana orientada a crear una candidatura de izquierdas unitaria para las elecciones municipales de este año. Es una muestra de su talento que, al contrario de lo sucedido en Madrid, Guanyem consiguió reunir bajo un mismo techo un amplio abanico de formaciones de izquierda con una larga tradición de peleas fratricidas, formando la coalición Barcelona en Comú.

Los éxitos de Ada Colau como activista, sin embargo, no tienen por qué traducirse en una buena carrera política. Las exigencias de un organizador de movimientos sociales, alguien que se mueve en la sociedad civil, son muy distintas que los compromisos, acuerdos y decisiones que debe tomar un cargo público. Un activista, por ejemplo, debe preocuparse más de ser escuchado que de que le hagan caso. El trabajo de Colau en la PAH era poner el problema de la vivienda en España en la agenda; escribir la legislación era cosa de políticos. Esto quiere decir que la PAH podía concentrar sus esfuerzos en tener un mensaje efectivo y efectista más que un programa económico coherente. La organización centraba sus esfuerzos en un tema, y no tenía que perder el tiempo con ideas demasiado detalladas.

El programa electoral de Barcelona en Comú, por desgracia, parece estar escrito por alguien que no es demasiado consciente de que la política municipal es algo bastante distinto al activismo.  El texto ha sido preparado a partir de un elaborado sistema de asambleas ciudadanas, dándole un cierto aire de lista de la compra de propuestas de la izquierda barcelonesa. Es una lista que, por desgracia, incluye un número nada trivial de brindis al sol, peticiones inútiles y políticas directamente contraproducentes para conseguir una ciudad más igualitaria y abierta.

El programa, para empezar, incluye una larga serie de propuestas que directamente están fuera del alcance de un gobierno municipal. Barcelona no puede auditar a las eléctricas o las empresas de suministro de agua, ni controlar las tarifas de estos servicios. La capacidad del ayuntamiento para decidir cuándo un desahucio es por motivos económicos es extraordinariamente limitada sin crear un galimatías jurídico imposible. La ciudad probablemente no tiene suficiente capacidad presupuestaria para crear una renta municipal básica, y si la tuviera, es dudoso que pueda administrarla de forma efectiva. Todas estas propuestas destilan loables buenas intenciones, pero una alcaldesa no puede llegar a implementarlas.

Barcelona en Comú sigue con la idea de promocionar y subvencionar a PyMES mientras busca penalizar a las grandes corporaciones

Más allá de ideas no aplicables por un ayuntamiento, el programa participa plenamente en muchas de las viejas obsesiones de la izquierda. Barcelona en Comú, por ejemplo, sigue con la idea de promocionar y subvencionar a PyMES mientras busca penalizar a las grandes corporaciones. A continuación, habla de combatir el empleo precario y de poca calidad, ignorando completamente el hecho de que las condiciones laborales en empresas grandes son de media considerablemente mejores que en empresas pequeñas. Como es costumbre también en la izquierda, se habla de apoyar la industria local, a pesar de que el sector servicios es de muy lejos el principal motor económico de la ciudad. Eso no impide que el partido quiera limitar la expansión turística de la ciudad, obviamente.

Vista panorámica de Barcelona (Juan Manuel Monleón Antón)


Como guiño a los ecologistas, se propone incluso impulsar la agricultura de proximidad, porque en una de las ciudades más densas del país tiene sentido reconocer la función social del pagès.  Todo el programa, además, busca solucionar problemas con planes municipales de inversión, sin pararse demasiado a pensar si empezar a subvencionar pequeños comercios es la mejor manera de invertir dinero público.

Dentro del apartado de regulaciones e inversiones, Barcelona en Comú parece dedicar su tiempo a intentar definir lo que es “el bien común” de forma un tanto peculiar. El partido parece estar ofendido de que alguien, en algún sitio, esté haciendo algo al aire libre ganando dinero. El ayuntamiento debe oponerse a proyectos que responden a un interés particular en detrimento del interés colectivo,  siendo la definición de ambas cosas algo que se supone dependerá del buen criterio de los políticos.

De todo el programa, sin embargo, hay dos cosas que me han llamado la atención especialmente. La primera, por absurda, es la creación de una moneda municipal emitida por el propio ayuntamiento. En el fondo, una moneda de este tipo es la creación de pagarés garantizados por un municipio. El volumen de emisión, obviamente, depende de los políticos de turno, así que es fácil imaginar un escenario donde el ayuntamiento decide emitir papelitos de “moneda local” para no tener que tomarse la molestia de pagar sus deudas en dinero real. Aunque estos sistemas de moneda local pueden funcionar bajo ciertas condiciones, ponerla bajo supervisión municipal directa es una idea peligrosa.

Ninguna de las políticas de Barcelona en Comú ataca de raíz los dos problemas de fondo de la ciudad de Barcelona al hablar del precio de la vivienda

Segundo, la política de vivienda es tan vaga como inútil. El programa de Barcelona en Comú básicamente tiene dos estrategias principales para garantizar el acceso a vivienda: reducir el número de desahucios por vía administrativa (prohibiéndolos o forzando la renegociación de contratos), y promocionar la vivienda social, sea de alquiler o de propiedad. Se habla de reservar un porcentaje de viviendas de nueva construcción como vivienda social (se entiende que subvencionada) y obligar a sacar al mercado los pisos ahora vacíos. Ninguna de estas políticas ataca de raíz los dos problemas de fondo de la ciudad de Barcelona al hablar del precio de la vivienda.

Para empezar, en Barcelona la vivienda es cara no porque el ayuntamiento no regula los alquileres lo suficiente, sino porque realmente hay poca oferta. Es una ciudad grande, increíblemente atractiva, con una economía vibrante en comparación con el resto del país y con cada vez más demanda internacional. Barcelona en Comú quiere reducir los precios de los alquileres y favorecer que más gente pueda disfrutar de las enormes ventajas económicas y sociales que conlleva vivir en un sitio tan estupendo como es esta ciudad el primer paso debe ser impulsar la construcción de más viviendas, aumentando la densidad allá donde sea posible.

Dado que Barcelona es ya ahora una ciudad densa (y no quedan ya demasiadas zonas de baja densidad donde expandirse), cualquier partido de izquierdas debería además impulsar políticas a nivel de área metropolitana. Como muchas ciudades europeas, Barcelona ha evolucionado hacia un esquema donde el centro de la conurbación es más rico que los municipios de la primera corona metropolitana. Esto quiere decir que a pesar que dentro de la ciudad pueden persistir bolsas de pobreza, la mayoría de problemas sociales tienden a exportarse a los municipios de los alrededores, peor conectados con transporte público y con un stock de vivienda de menor calidad. Dada que la anexión municipal parece ser políticamente inviable a estas alturas, cualquier intento de paliar los problemas sociales a nivel local debe incluir un fuerte componente regionalizador, algo que el programa de Barcelona en Comú parece dejar de lado.

Vista de Barcelona desde Montjuïc (Anthonis van den Wijngaerde, 1563)


Tener barrios abiertos, integrados, con personas de todas las clases sociales es una pieza clave para garantizar la igualdad de oportunidades y la movilidad social

De todas las atribuciones y competencias municipales, el urbanismo y la política de vivienda es la que tiene mayor impacto directo sobre la vida de sus ciudadanos. Tener barrios abiertos, integrados, con personas de todas las clases sociales es una pieza clave para garantizar la igualdad de oportunidades y la movilidad social. Los ayuntamientos tienen una capacidad limitada para regular las eléctricas, crear economías solidarias u ofrecer servicios de bienestar social, pero son las únicas instituciones que tienen un control directo sobre el aspecto que tendrán sus barrios a largo plazo.

En el programa de Barcelona en Comú vemos un ayuntamiento que intentaría hacer cientos de proyectos casi simbólicos a pequeña escala en cosas en las que un municipio realmente apenas tiene capacidad de maniobra. En el área de políticas públicas donde realmente puede marcar la diferencia, sin embargo, no hay apenas detalle. Es un programa de activistas intentando mostrar sus buenas intenciones, no de un partido consciente de qué puede hacer desde la administración para realmente cambiar las cosas. 


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