Materias grises

Votantes y ancho de banda

Llevo años hablando a favor del federalismo. Siempre he sido de la opinión que los votantes en lugares distintos a menudo tienen preferencias políticas y necesidades diferentes, y creo que es justo que la estructura de nuestros gobiernos acomode estas diferencias. Un sistema federal bien diseñado debe permitir que el electorado en cada región pueda decidir sobre cómo quieren gastar e invertir dinero, y debe dar los instrumentos a los gobiernos estatales-regionales para poder recaudar y gastar para hacerlo.

Estados Unidos es, en muchos aspectos, uno de los arquetipos de federalismo a nivel comparado. Los estados tienen una capacidad enorme para decidir sobre una amplísima cantidad de materias, desde normas sobre armas de fuego hasta nivel de gasto educativo. Los servicios públicos disponibles para un ciudadano de Mississippi o Texas son infinitamente menores que para alguien que viva en Massachusetts o Connecticut, hasta el punto que los estados pueden rechazar dinero para programas federales si prefieren que sus residentes pobres no tengan acceso a sanidad o educación infantil pública. Esto puede parecer una salvajada visto desde fuera, pero es lo que permite que alguien que vive en un estado norteño como un servidor pueda tener servicios públicos medio decentes sin que los estados del sur voten en contra.

Quién ocupa la mansión del gobernador y controla las cámaras legislativas tiene un impacto mucho mayor sobre la vida de los votantes que quién controla la Casa Blanca

Esto quiere decir que en un sistema federal las elecciones estatales importan de veras. Gran parte de las decisiones de gasto público, derechos civiles, competencia, urbanismo, medio ambiente, justicia criminal y prácticamente cualquier tema que no sea relaciones internacionales, política monetaria y seguridad social se deciden en los capitolios estatales. Quién ocupa la mansión del gobernador y controla las cámaras legislativas en Hartford, Albany, Sacramento o Austin tiene con frecuencia un impacto mucho mayor sobre la vida de los votantes que quién controla la Casa Blanca. Las elecciones estatales es algo al que los votantes americanos deberían prestarle atención.

Lo que sucede a menudo, sin embargo, es que no le hacen demasiado caso. Los votantes, casi sin excepción, prestan mucha más atención a las elecciones presidenciales que a los comicios estatales. La participación en elecciones sub-nacionales en años con elecciones presidenciales es mucho más alta que en los años en que las elecciones estatales coinciden sólo con las legislativas en el congreso.

Esto tiene un efecto inmediato en la política estatal. El electorado en años presidenciales tiende a ser más joven y menos blanco que en los años de legislativas; los jubilados y blancos se abstienen menos. Esto quiere decir que los estados que escogen gobernador en los “años valle” del ciclo político escogen a su jefe del ejecutivo con un electorado más conservador, pero tienden a renovar a sus legisladores en elecciones con más votantes progresistas, siguiendo el ciclo presidencial a la inversa.

La variable que tiene mayor peso, de muy, muy lejos, es la popularidad del presidente del país en ese momento, no algo relacionado con la economía o política estatal

La disparidad de calendarios crea dinámicas curiosas, pero las cifras de abstención deberían dar pistas sobre los conocimientos de los votantes sobre política estatal. Básicamente nadie sigue demasiado lo que sucede en la capital de su estado, y desde luego, casi nadie tiene la más remota idea sobre quién es su tesorero, contable, fiscal general, representante o senador estatal. En un artículo reciente, Steven Rogers analizaba cuál es el mejor predictor de voto en elecciones estatales en Estados Unidos. La variable que tiene mayor peso, de muy, muy lejos, es la popularidad del presidente del país en ese momento, no algo relacionado con la economía o política estatal.

Con contadas excepciones, esto quiere decir que un legislador o político estatal no tiene apenas ningún control sobre su destino. Si resulta ser demócrata, el presidente es demócrata y este resulta ser popular, es muy probable que salga reelegido. Si es impopular, es bastante más probable que su partido pierda las elecciones, no importa el buen trabajo que estén haciendo. Los votantes no acostumbran a prestar atención a lo que hacen sus políticos locales, los medios y prensa local hablan más sobre sucesos y crímenes que sobre política estatal, y (todo sea dicho) a menudo es muy complicado saber a quién atribuir el mérito o la culpa de la situación económica de una región, así que ni lo intentan.

Esto quiere decir que las elecciones estatales (o, dicho sea de paso, muchas elecciones autonómicas) no son un mecanismo demasiado efectivo de rendición de cuentas. La política a nivel sub-nacional a veces es más un juego de accidentes extraños donde malos gobernantes sobreviven por ser republicanos en un año cuando Obama era impopular, o malos gobernadores demócratas se mantienen porque Obama estaba mejor ese año.

Que los votantes no castiguen a sus políticos “regionales” de forma eficaz no quiere decir que el federalismo no acabe por reflejar sus preferencias a medio plazo

Que los votantes no castiguen a sus políticos “regionales” de forma eficaz, sin embargo, no quiere decir que el federalismo no acabe por reflejar sus preferencias a medio plazo. Por mucho que las elecciones a gobernador en Connecticut estén más influidas por Obama que por el talento de Dan Malloy, el estado es bastante más progresista que Texas, y los candidatos a gobernador reflejan esta realidad. Tom Foley, el último gobernador republicano, estaba a favor de subir el salario mínimo, por ejemplo, algo que algunos candidatos demócratas en el sur del país no se atreven a decir en voz alta. Los votantes en las primarias de los dos partidos sí que prestan atención a las elecciones estatales (por eso la participación tiende a ser minúscula), y siendo como son gente de Nueva Inglaterra escogen a candidatos más progresistas que en el sur. El electorado, además, tiene ciertos límites a partir de los cuales empiezan a prestar atención. Si el partido republicano en Massachusetts presenta a alguien chiflado digno de mandar en Luisiana, los medios acabarán por hablar de ello, y casi siempre acabará perdiendo. No siempre, eso sí: basta ver el caso de Paul LePage en Maine. Pero a largo plazo, el gobierno estatal tiende a representar a sus votantes, aunque no sea demasiado eficaz castigando a sus políticos más incompetentes.

El federalismo, como toda institución democrática, es un instrumento imperfecto. Es un sistema torpe, complicado, donde es difícil rendir cuentas. A menudo, es demasiado exigente con los votantes. Es también el sistema menos malo posible para mantener regiones con preferencias políticas muy distintas entre ellas dentro de un mismo país sin cabrear demasiado a nadie. Viendo cómo funcionan las cosas en Estados Unidos, no es un logro pequeño.

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Imagen: Josh Wilburne


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