OPINIÓN

Trump, un año después

Los republicanos están divididos, desmoralizados y sin un líder efectivo en la presidencia, y parecen ir camino de perder el control de, al menos, una de las cámaras legislativas el 2018, y la presidencia el 2020.

Trump, un año después.
Trump, un año después. EFE

Este martes pasado Danica Roem, demócrata de 33 años, derrotaba contra todo pronóstico a Robert G. Marshal, republicano de 73, en las elecciones del decimotercer distrito de la cámara de delegados de Virginia.

Aunque Marshal había ocupado ese escaño durante los últimos 26 años, su nombre sólo saltó a la fama a principios de este año, cuando propuso una de las llamadas “leyes de baño” que han proliferado en cámaras estatales por todos Estados Unidos. El texto hubiera establecido por ley que todos los habitantes de Virginia sólo podían utilizar el lavabo público que se correspondiera con el sexo que tuvieran el día de su nacimiento. Según el legislador, alguien que se autoproclamó hace unos años el “homófobo en jefe” de su estado, era para proteger a mujeres y niñas de los depredadores sexuales travestidos ansiosos por entrar en esos lavabos. Para sus críticos, era un ejemplo más del ultraconservadurismo que había tomado el partido republicano estos últimos años.

Danica Roem, la persona que derrotó a Marshal el martes, es transexual.

La victoria de Roem fue una más dentro de un mar de palizas demócratas en Nueva Jersey y Virginia, los dos estados con elecciones a gobernador esta semana

La victoria de Roem fue una más dentro de un mar de palizas demócratas en Nueva Jersey y Virginia, los dos estados con elecciones a gobernador esta semana, y se sumaba a la rotunda victoria de los demócratas en Maine en un referéndum para implementar Obamacare en el estado, expandiendo Medicaid. Las victorias demócratas se extendieron a lugares como Georgia (dos escaños republicanos que habían quedado vacantes), dando esperanzas al partido de cara a las legislativas del año que viene.

El resultado es significativo porque el ocho de noviembre del 2016, hace un año, Donald J. Trump ganaba contra todo pronóstico (incluido el mío, aunque no le daba por muerto como otros) las elecciones presidenciales de Estados Unidos. El resultado fue visto por muchos como un cambio sísmico del mapa político americano; la clase de realineamiento demográfico que podía enviar el partido demócrata a la oposición durante más de una década. Trump había conseguido que la clase trabajadora blanca fuera antes blanca que trabajadora a la hora de acudir a las urnas. Los demócratas, obsesionados con temas identitarios y raciales, tardarían años en recuperar la mayoría.

A pesar de tener un control completo del gobierno federal, Trump y sus muchachos pifiaron espectacularmente sus cada vez más desesperados intentos de derogar la reforma de la sanidad

Eso fue hace un año, hoy las cosas parecen un poco distintas. Los republicanos, habiendo ganado el control de la presidencia, senado y cámara de representantes, se dispusieron a lanzar un ambicioso programa legislativo con el objetivo de desmantelar el legado de Barack Obama como presidente. A pesar de tener un control completo del gobierno federal, Trump y sus muchachos pifiaron espectacularmente sus cada vez más desesperados intentos de derogar la reforma de la sanidad, se han pasado meses peleándose entre ellos y están teniendo problemas atroces para sacar adelante la ley más fácil de todas, una rebaja de impuestos. La investigación sobre la 'trama rusa' para influir en las elecciones presidenciales se ha cobrado ya varias dimisiones y dos altos cargos de la campaña presidencial imputados, y se esperan más. Trump, lejos de comportarse de forma presidencial, se ha convertido en una persona cada vez más errática. Los republicanos, en vez de convertir su victoria electoral en legislación, se han estrellado una y otra vez.

¿Qué ha pasado? Básicamente, Trump ha resultado ser la persona que parecía ser. Justo después de las elecciones escribí un artículo explicando por qué Trump podía fracasar como presidente. La idea básica es que gobernar un país como Estados Unidos, con sus partidos indisciplinados, bicameralismo puro y un sistema legislativo lento y donde el presidente tiene poco poder, es muy, muy complicado.

La Casa Blanca de Trump tiene un presidente que ha alardeado repetidamente no tener ni idea de política

Los demócratas, bajo Obama, consiguieron sacar adelante una cantidad descomunal de legislación el 2009 con Obama porque tenían unas mayorías legislativas gigantescas, dos líderes en el senado y la cámara de representantes con décadas de experiencia y un equipo legislativo en la Casa Blanca que conocía el sistema, estaba lleno de ex legisladores y gente venida del capitolio y un presidente paciente, inteligente y con un plan detallado para sacar adelante legislación. La Casa Blanca de Trump tiene un presidente que ha alardeado repetidamente no tener ni idea de política, un equipo legislativo lleno de amateurs salidos de la blogosfera y Fox News, y un partido en el congreso que se había pasado los últimos seis años haciendo promesas imposibles y linchando a sus líderes cuando no podían cumplirlas.

Aunque parezca mentira, resulta que gobernar es complicado, y más cuando el líder de tu partido es un tipo vagamente naranja que se pasó la campaña diciendo barbaridades racistas y mostrando nula capacidad de autocontrol.

Más allá del temperamento errático del presidente, hay voces que señalan que Trump quizás sea menos el adalid de una nueva coalición capaz de dominar la política durante décadas que el último representante de una coalición destinada al fracaso.

La idea es de Stephen Skowronek, el autor del libro “The Politics Presidents Make”. Su explicación se centra en que la política americana se define en ciclos largos marcados por un presidente capaz de redefinir el debate político del país según unas líneas de conflicto que sobreviven durante décadas. Para Skowronek, Andrew Johnson, Abraham Lincoln y Franklin Roosevelt representan esta clase de figuras; Ronald Reagan sería su ejemplo más reciente. En su explicación, el último presidente antes de uno de estos políticos definitorios (reconstructivos, en su clasificación) viene precedido por alguien que gana las elecciones como una extensión de la última coalición dominante, ya sin ideas claras, que acaba por caer víctima de sus contradicciones.

Nixon fue el que marcó el camino a Reagan con su “estrategia sureña” (léase: racismo), Obama es quien marcó el camino a un hipotético sucesor con una coalición basada en la diversidad

En esta explicación, Donald Trump sería Jimmy Carter, no Ronald Reagan; no el creador de un nuevo movimiento conservador, sino el hombre que se topó que las tensiones culturales y raciales que habían mantenido cohesionada la coalición conservadora durante las últimas cuatro décadas ya no eran sostenibles. Aunque no hay dos personas más diferentes en la política americana que Carter y Trump (el primero, puritano, austero y serio, el segundo libertino, ostentoso y maleducado), sus presidencias tienen una marcada simetría en cuanto a mayorías legislativas amplias, grandes promesas y proyectos, y multitud de fracasos. Obama ocuparía un lugar cercano a Nixon en esta historia; Nixon fue el que marcó el camino a Reagan con su “estrategia sureña” (léase: racismo), Obama es quien marcó el camino a un hipotético sucesor con una coalición basada en la diversidad.

Aunque soy en general escéptico de cualquier teoría política que hable de ciclos largos, es ciertamente una idea seductora. La coalición que llevó Obama a la presidencia el 2008 fue en no poca medida accidental, fruto de la desastrosa guerra de Irak y la gran recesión. Su reelección el 2012 tiene más que ver con su talento político que de un realineamiento real; el 2016, con Hillary como candidata, sus votantes se quedaron en casa. La victoria de Trump, sin embargo, ha hecho más por cohesionar esa mayoría incipiente más que cualquier medida presidencia de Obama. Los republicanos están divididos, desmoralizados y sin un líder efectivo en la presidencia, y parecen ir camino de perder el control de, al menos, una de las cámaras legislativas el 2018, y la presidencia el 2020.

Aunque claro, todo sea dicho: Trump es el quinto presidente seguido que ve como su partido pierde las elecciones a gobernador en Virginia y Nueva Jersey el primer año de presidencia. Es muy fácil ver grandes tendencias y cambios tectónicos en lo que son simples pataletas electorales de toda la vida, y grandes metahistorias donde no hay más que el día a día de la política. Es temprano aún para dirimir si Trump es la historia de un fracaso o una nueva era de populismo conservador en Estados Unidos.

Si tuviera que apostar, sin embargo, creo que la primera hipótesis es cada vez más probable.


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