OPINIÓN

Populismos y el imperio de la ley

Estos días, en Cataluña, vemos como un gobierno autonómico con una exigua mayoría parlamentaria está intentando reescribir de forma unilateral los derechos, principios y valores del ordenamiento jurídico apelando a la voluntad popular como fuente de legitimidad.

Populismos y el imperio de la ley.
Populismos y el imperio de la ley. EFE

El viernes pasado, todo Estados Unidos estaba a la espera de Harvey. El temporal se había convertido en un monstruoso huracán de categoría 4, capaz de una destrucción aterradora. Las previsiones indicaban que Harvey no iba a asolar una región del litoral y avanzar tierra adentro, debilitándose al perder el contacto con las cálidas aguas del Golfo de México. Este ciclón frenaría en seco, permaneciendo estacionario cerca del agua. Eso quería decir varios días de lluvias torrenciales; más de 1000 litros por metro cuadrado en Houston el peor de los casos. Las autoridades en Texas se prepararon para lo peor.

Fue con este ruido de fondo que el presidente Donald Trump decidió indultar a Joe Arpaio, ex sheriff del condado de Maricopa, en Arizona.

Arpaio es uno de los hombres más infames de los cuerpos de seguridad en Estados Unidos

Arpaio es uno de los hombres más infames de los cuerpos de seguridad en Estados Unidos. Sheriff durante 18 años, reelegido democráticamente cinco veces, Arpaio se hizo famoso por su hostilidad hacia los inmigrantes, un completo desprecio por los derechos civiles de la comunidad latina y una brutal indiferencia con los derechos humanos. Es un tipo que construyó cárceles en tiendas de campaña al aire libre, a las que llamaba orgullosamente campos de concentración, donde los prisioneros eran maltratados de forma rutinaria. Arpaio intentó encarcelar a periodistas locales que le criticaban, adoptó prácticas abiertamente racistas, pasó olímpicamente de investigar cientos de casos de abusos sexuales a inmigrantes, fue condenado repetidamente por violaciones masivas de la constitución y derechos humanos, y condenado de nuevo por ignorar sentencias en firme contra su departamento de policía.

La última condena fue en julio, por desacato a un tribunal federal que le exigía que detuviera sus prácticas discriminatorias por enésima vez. El juez iba a dictar sentencia, y seguramente enviarlo a la cárcel, en octubre. Trump le indultó de antemano, sin esperar a que oliera prisión.

Formalmente, Trump puede indultar a Arpaio; la constitución americana da al presidente poderes de clemencia casi ilimitados. Dado que es una atribución que puede ser abusada por el ejecutivo, la práctica habitual es que cualquier indulto debe ser revisado y aprobado por el departamento de justicia, evaluado una serie de criterios formales, y recibir una recomendación no vinculante escrita por funcionarios de carrera. Este proceso toma de uno a tres años.

Trump, sin embargo, no quiso esperar. Arpaio le había apoyado durante las primarias, y todo parece indicar que comparte sus valores. Tras pedir de manera infructuosa a su fiscal general que retirara los cargos contra el sheriff, el tipo decidió tirar al monte e indultarlo directamente un viernes por la tarde, en vísperas de un desastre natural sin precedentes en la cuarta ciudad más grande del país. Lo hizo así porque sabía que de este modo el escándalo que representa que el presidente de los Estados Unidos indulte al policía más abiertamente racista del continente sería una nota al pie de página en los telediarios antes de que acabara el fin de semana, con los medios concentrándose en la tragedia.

El indulto de un fascista que se creía por encima de la ley y la constitución por parte del presidente de los Estados Unidos ha sido casi olvidado

Esto es, obviamente, lo que ha sucedido. Houston es un enorme pantano, las pérdidas ascienden a miles de millones de dólares y el país debate horrorizado por enésima vez por qué hay tantos desastres naturales últimamente (pista: hace calor). El indulto de un fascista que se creía por encima de la ley y la constitución por parte del presidente de los Estados Unidos ha sido casi olvidado.

A estas alturas es imposible negar que Trump es, a todos los efectos, un racista con todas las letras. Lo interesante de toda esta historia, sin embargo, es la idea implícita sobre qué es la ley y el estado de derecho tanto del presidente como de Joe Arpaio.

Durante años, Joe Arpaio justificó sus atroces prácticas policiales utilizando un solo argumento: él había ganado las elecciones. Arpaio había prometido mano dura; si las autoridades federales y sus leyes no estaban de acuerdo, era su problema. El pueblo había hablado, y él iba a hacer lo que el pueblo le pedía. Los votantes de Arizona eran quienes decidían qué era la ley, qué derechos debían respetarse y quién podía disfrutarlos. Si al honorable juez federal esto le molestaba, era su problema.

Este populismo de Arpaio, por supuesto, ignora uno de los principios básicos del estado de derecho y el constitucionalismo moderno: hay valores, principios e ideas que están por encima de la voluntad del pueblo. El estado, los poderes públicos, tienen una serie de límites explícitos y derechos que no pueden ignorar en ningún caso porque son más importantes que el resultado de una votación. Estos valores son los derechos fundamentales que se incluyen en las constituciones y que son imprescindibles para el funcionamiento de una democracia. Son tan importantes, de hecho, que los legisladores decidieron en su momento que sólo pueden ser alterados en condiciones excepcionales, bajo supermayorías y procedimientos de reforma lentos y detallados.

La secesión, como la plantean los independentistas catalanes, no es democracia: es la tiranía de una autoproclamada mayoría

Arpaio podía decir que sus votantes no creían que todos los habitantes del condado de Maricopa fueran iguales ante la ley. Es más, podía incluso tener razón. La igualdad ante la ley, sin embargo, es uno de los principios constitucionales básicos de Estados Unidos, uno de esos conceptos que los padres fundadores decidieron que sin él la república no podía existir. Nadie debía poder revocar este principio por mayoría simple, porque de lo contrario los ganadores de las elecciones podrían expulsar a los perdedores del sistema político sin que nadie pudiera impedirlo. Para evitar la dictadura de la mayoría, este derecho es una de las piezas claves de cualquier constitución moderna.

Trump es un populista; todo indica que comparte esta visión plebiscitaria del estado. No es el único. Estos días, en Cataluña, vemos como un gobierno autonómico con una exigua mayoría parlamentaria está intentando reescribir de forma unilateral los derechos, principios y valores del ordenamiento jurídico apelando a la voluntad popular como fuente de legitimidad. Lo hacen a pesar de que las propias leyes catalanas que dicen venerar exigen una mayoría amplia en el parlament para reformar el estatuto de autonomía o la ley electoral. Lo hacen ignorando completamente el derecho del 52% del electorado que no les votó a que nadie les cambie todo el ordenamiento legal y redefina el país que viven mediante decreto. Ellos dicen representar la voluntad del pueblo, y eso basta para volar los derechos fundamentales de quienes no están con ellos por los aires.

La secesión, como la plantean los independentistas catalanes, no es democracia: es la tiranía de una autoproclamada mayoría. Es un ejercicio de populismo sin ningún contacto con el estado de derecho. Que sus promotores sean incapaces de ver como sus grandiosos proyectos de desconexión son un abuso de su cargo y de los valores democráticos es aterrador. Que sigan adelante, sin querer ver el riesgo y las consecuencias, me hace creer que medio país ha enloquecido.


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