OPINIÓN

Nueva York, ciudad cerrada: una lección para Carmena y Colau

Cuando Carmena o Colau proponen restricciones a nuevas construcciones y los propietarios del barrio aplauden con las orejas, empezad a sospechar.

Nueva York, ciudad cerrada: una lección para Carmena y Colau.
Nueva York, ciudad cerrada: una lección para Carmena y Colau. EP

Para cualquier visitante, Nueva York parece uno de los lugares más abiertos al mundo del planeta. Es una ciudad inabarcable, enorme; un coloso de ocho millones y medio de habitantes en el centro de una gigantesca área metropolitana de 23 millones. Un 37% de los residentes de la ciudad han nacido fuera de Estados Unidos; más de la mitad de los nacimientos son de madres inmigrantes. Apenas un tercio de la población en blanca no-hispana. Es un lugar próspero, vibrante, lleno de vida; para los optimistas, una visión del futuro cosmopolita que nos espera.

Nueva York, además, está creciendo. Durante los últimos seis años ha añadido casi 400.000 habitantes, superando con creces su récord de población en los años cincuenta. Es un lugar tremendamente rico, lleno de oportunidades, lleno de vida, que atrae a gente ambiciosa de todos los rincones del mundo.

Eso hace que Nueva York, como otras ciudades parecidas en Estados Unidos (Los Ángeles, San Francisco, Boston, Seattle, Denver, Minneapolis, Washington…) sea un lugar tremendamente caro. En estos lugares donde la economía funciona, nacen nuevas ideas y se tiene la sensación que el futuro está aquí mismo, tienen una fuerte demanda de vivienda, y a menudo padecen de enormes costes tanto de compra como de alquiler.

Aunque los salarios tienden a ser más altos, la renta disponible para muchos residentes acaba siendo menor

Esto tiene varias consecuencias curiosas. Primero, aunque los salarios tienden a ser más altos, la renta disponible para muchos residentes acaba siendo menor. En lugares como el área metropolitana de Nueva York esto acaba por producir una migración considerable de gente de clase media a otras regiones donde los salarios son más bajos, pero el precio de la vivienda es mucho menor. Estados enteros como Arizona, Florida, Nuevo Méjico o Carolina del Sur han crecido de forma sostenida durante años en parte gracias a la llegada de clases medias desde Los Ángeles, Boston o Nueva York.

Segundo, el altísimo coste de la vida en las ciudades más vibrantes de Estados Unidos hace que el número de personas de otras regiones que se trasladan a estas urbes sea limitado. Aunque un ingeniero, abogado, contable, informático, mecánico, administrativo o cocinero puede ganar mucho más dinero en Nueva York que en Albuquerque, Baton Rouge o Cleveland, la escasa oferta de vivienda hace que pocos puedan permitírselo. La riqueza de las grandes ciudades no está abierta a todo el mundo.

Las economías de red favorecen a las grandes ciudades, y eso se refleja en empresas más eficientes y empleados mejor pagados

Esto resulta ser un problema, ya que la riqueza de las grandes ciudades americanas es fruto de la mayor productividad de sus trabajadores y empresas. Nueva York es inmensamente próspera porque la enormidad de su mercado crea un tejido empresarial competitivo e innovador. Las economías de red favorecen a las grandes ciudades, y eso se refleja en empresas más eficientes y empleados mejor pagados. Tener más gente viviendo en lugares así significa crear más riqueza. El coste de la vivienda, sin embargo, impide que esto suceda.

En un estudio reciente, Chang Tai-Hsieh y Enrico Moretti intentan cuantificar el impacto agregado de este fenómeno. La economía americana está colocando a sus trabajadores en lugares donde son menos productivos de lo que deberían, así que utilizando un modelo de equilibrio espacial y datos sobre 220 áreas metropolitanas del país entre 1964 y 2009, intentan estimar su coste. Según su estimación (utilizando supuestos francamente conservadores), Estados Unidos ha visto su tasa de crecimiento reducida en un 50% entre 1964 y 2009 debido a la ineficiente distribución geográfica de su población.

Esta distribución no se debe, por cierto, a que Estados Unidos esté lleno de paletos que viven en sitios como Fargo, Dakota del Norte, que se niegan a mudarse a Chicago o Miami. Alguno de estos habrá, pero el alto coste de la vivienda en Boston no tiene nada que ver con ellos. La causa del problema, las fuerzas más implacables contra el progreso, son los NIMBYs, y su entusiasta demolición de los mecanismos de libre mercado.

Estos tipos se hacen fuertes en los consejos de urbanismo, comités de calificación de suelo y asociaciones de vecinos en los gobiernos locales, y se dedican a bloquear cualquier desarrollo urbano

¿Qué es un NIMBY? Son las siglas de “Not In My Back Yard”, o “no en mi patio trasero”. Dícese del nutrido grupo de activistas, ciudadanos preocupados, gente que quiere preservar el carácter histórico de su barrio y otras criaturas parecidas que habitan en las grandes ciudades. En Estados Unidos, y especialmente en lugares como Boston, San Francisco o Connecticut, estos tipos tienen la costumbre de hacerse fuertes en los consejos de urbanismo, comités de calificación de suelo y asociaciones de vecinos en los gobiernos locales, y se dedican a bloquear cualquier desarrollo urbano por pequeño que sea, limitando la oferta de vivienda en muchas ciudades.

A efectos prácticos eso hace que sitios como San Francisco, el núcleo principal de la región más innovadora del país, apenas haya añadido 100.000 habitantes en los últimos 20 años, pero el precio de la vivienda en términos reales se haya multiplicado por cinco. En la Bay Area en su conjunto, las cifras no son demasiado distintas, con los inmensamente ricos suburbios de Silicon Valley manteniendo regulaciones urbanísticas restrictivas (limitar la construcción en altura, insistir en viviendas unifamiliares…) para mantener el crecimiento a raya.

Los grandes beneficiados de estas restricciones a la construcción de nuevas viviendas, huelga decirlo, son aquellos que ya tienen casa o edificios en alquiler en estas áreas metropolitanas. Obviamente, también son a menudo los campeones más entusiastas de todo lo que traiga más viviendas al mercado, desde un bloque de pisos a una tienda de ultramarinos. La escasez de oferta les garantiza unos retornos del capital enormes en sus propiedades; son rentistas que viven para mantener estos mercados intervenidos, llenos de barreras a la entrada. Hay buenos motivos para creer que uno de los principales motores del gran aumento de la desigualdad en muchos países desarrollados es precisamente la emergencia de estos semi-monopolios inmobiliarios. Lo que este estudio advierte es que el coste para la economía de su extracción descarada de rentas resulta ser mucho mayor de lo que esperábamos.

El urbanismo no es sólo cosa de tener ciudades bonitas, sino que también afecta a toda la economía del país a largo plazo

¿Qué podemos extrapolar de este artículo para España? Que debemos desconfiar, y mucho, de los efectos a largo plazo de cualquier política urbanística que limite el crecimiento en las áreas metropolitanas más ricas del país. Estas medidas a menudo vienen cargadas de buenas intenciones y envueltas en impecable retórica progre de proteger el patrimonio, no queremos una ciudad-parque temático, combatir la especulación y demás, pero sus efectos a largo plazo van en dirección contraria. Cuando Carmena o Colau proponen restricciones a nuevas construcciones y los propietarios del barrio aplauden con las orejas, empezad a sospechar.

El urbanismo no es sólo cosa de tener ciudades bonitas, sino que también afecta a toda la economía del país a largo plazo. Es algo que deberíamos tomarnos mucho más en serio.


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