OPINIÓN

Liderazgo y opinión pública

La sociedad catalana está dividida, en gran medida, porque los políticos quieren, no por un clamor popular espontáneo o un nuevo aprecio por el odio al prójimo.

Lliderazgo y opinión pública.
Lliderazgo y opinión pública. EFE

La primera semana de noviembre del 2016, justo antes de las elecciones, el índice de confianza económica de Estados Unidos tenía un valor de -10.

Siete días después, pasados los comicios, el indicador saltó de -10 a +3. Aparte de la victoria de Trump en las elecciones, nada había cambiado; el país iba a seguir con el mismo presidente hasta finales de enero, y nadie tenía ni la menor idea sobre qué iba a hacer Trump cuando llegara a la Casa Blanca aparte de enviar tweets enfurecidos. El motivo del súbito cambio se debía a un factor muy concreto: los votantes republicanos habían pasado de ver el futuro muy negro (16% diciendo que la economía iba a mejorar) a verlo con cierto optimismo (49% esperando mejoras). De forma más esperpéntica, su percepción sobre el estado actual de la economía mejoró 19 puntos de golpe, aunque ningún indicador económico se había movido en absoluto. El mero hecho de que mandaran “los míos” bastaba para que el mundo fuera visto de forma completamente distinta.

Del mismo modo que cuando un defensa de nuestro equipo derriba a alguien en el área nunca parece ser penalti, el hecho que un político que nos caiga bien esté en Moncloa o en la Casa Blanca también hace que seamos más o menos pesimistas

Que la ideología y la opinión que tenemos sobre la situación económica estén relacionados es algo que debería sonar familiar. Del mismo modo que cuando un defensa de nuestro equipo derriba a alguien en el área nunca parece ser penalti, el hecho que un político que nos caiga bien esté en Moncloa o en la Casa Blanca también hace que seamos más o menos pesimistas al interpretar la realidad. El porcentaje de votantes que se mueve entre un partido y otro es, en la mayoría de elecciones, francamente pequeño.

Lo que es un poco menos conocido, sin embargo, es el papel que las opiniones de los políticos tienen en alterar las opiniones de los votantes. El caso más claro y conocido en Estados Unidos es sobre el calentamiento global, donde la opinión de los votantes de uno y otro partido ha ido cambiando siguiendo las posiciones de los líderes republicanos y demócratas. El escepticismo de los votantes republicanos respecto al cambio climático creció según el Presidente Obama habló de ello y los políticos republicanos expresaron su oposición a combatirlo.

Esto sucede porque la ideología y las afiliaciones políticas son utilizados a menudo como un atajo cognitivo para desarrollar nuestras posiciones políticas. El mundo, la realidad que tenemos ahí fuera, es una cosa francamente complicada, y la inmensa mayoría de votantes estamos demasiado ocupados como para evaluar y buscar información científica y datos objetivos cada vez que aparece un problema nuevo. Cuando hay algo nuevo que parece importante, es difícil de entender y necesitaríamos dedicar un tiempo considerable para formarnos una opinión bien desarrollada, la mayor parte del electorado lo que hace es ver qué posición toman los líderes del partido que normalmente apoyan, y la adoptan sin demasiados matices.

Este es el motivo, por ejemplo, por el que el resultado de un sondeo puede cambiar dramáticamente dependiendo si en el enunciado de la pregunta se menciona qué partido está a favor de una medida o no. Una de las frustraciones recurrentes del partido demócrata durante estos últimos años es que en los sondeos un mayor número de votantes se oponía a Obamacare que a la Affordable Care Act (ACA). “Affordable Care Act” es el nombre oficial de la reforma de la sanidad de Obama; Obamacare es el mote despectivo que le colgaron los republicanos. Muchos votantes cuando se les habla de la ley en abstracto la apoyan, pero cuando referencias quién está a favor se oponen.

Esto tiene ciertas ventajas, tanto para los votantes como para los líderes políticos. Para el ciudadano medio, esta clase de lógica partidista representa un ahorro de tiempo considerable y casi siempre efectivo. Si el líder del partido X ha representado a mi clase social y valores culturales de forma efectiva hasta ahora, es muy probable que cuando salga algo nuevo también adopte un programa político que va a defender mis intereses y valores. Si soy pequeñoburgués y en mi pequeño negocio me molestan las regulaciones, mi partido político seguramente habrá tomado una posición que siga minimizándolas.

La identificación partidista permitió que el Partido Socialista ganara el referéndum de la OTAN, a pesar de que los sondeos le eran claramente desfavorables apenas un mes antes de la votación

Desde el punto de vista de los políticos, esta capacidad de moldear la opinión pública exige algo de esfuerzo, pero tiene ventajas innegables. El esfuerzo se deriva de la necesidad de evaluar qué medidas van a favorecer a mi electorado a medio plazo, para asegurar que seguimos siendo representantes efectivos, y mantener cierta disciplina interna dentro del partido, para que las divisiones internas no debiliten nuestro mensaje.

Las ventajas son la posibilidad de mantener coaliciones políticas estables sin sufrir demasiado, y un margen de maniobra considerable para tomar decisiones en materias nuevas sin temer en exceso que tus votantes te den la espalda. Es esta clase de identificación partidista que permitió que elPartido Socialista ganara el referéndum de la OTAN, a pesar que los sondeos le eran claramente desfavorables apenas un mes antes de la votación. Es también el motivo por el que, a pesar de los enormes cambios sociales vividos en Europa durante los últimos 200 años, la mayoría de discusiones políticas acaban asentándose en el viejo eje izquierda-derecha. Los partidos tienen una capacidad considerable de moldear la opinión de sus propios votantes.

Es también por este motivo por el que nunca me he acabado de creer que la oleada secesionista en la opinión pública catalana sea exactamente un clamor popular o un fenómeno natural espontáneo. El apoyo a la secesión creció apenas 10 puntos entre marzo del 2006 y los meses posteriores a la sentencia del Estatut, en junio del 2010, cuando Artur Mas gana las elecciones en noviembre con un programa que ni mencionaba la independencia .

La reacción del gobierno de la Generalitat a los recortes fiscales impuestos desde Madrid, y la marcada y notoria hostilidad del PP a negociar nada, precedieron el avance del independentismo, no lo contrario

El punto de inflexión se produce a principios del 2012, tras la victoria de Mariano Rajoy en la generales, por un lado, y el abrazo entusiasta de Convergència i Unió al soberanismo. La reacción del gobierno de la Generalitat a los recortes fiscales impuestos desde Madrid, y la marcada y notoria hostilidad del PP a negociar nada, precedieron el avance del independentismo, no lo contrario. Se habla a menudo sobre cómo la gran manifestación del 11 de septiembre hizo que Mas se volviera independentista; la realidad es que Convergència había adoptado el independentismo en el congreso del partido ya en marzo. Aunque el apoyo en los sondeos a la secesión ha seguido oscilando entre el 40 y el 48% en los sondeos desde entonces (con tendencia a la baja), la evidencia empírica previa, y las oscilaciones de las encuestas sugieren que muchos votantes han cambiado de opinión siguiendo la retórica de sus líderes.

Esto quiere decir que, aunque los líderes de los partidos a ambos lados del debate a menudo digan que sus votantes no les permitirían ceder un ápice en una negociación, la realidad es que muchos de ellos cambiarían de opinión según ellos cambiaran sus posturas. Es muy probable que si Puigdemont decide abrazar un acuerdo de financiación y dice que eso es lo mejor para Cataluña muchos de sus votantes le sigan sin rechistar. Del mismo modo, si Rajoy y el PP abrazaran el federalismo (algo que, insisto, es de derechas ), una parte importante de su electorado aceptarían que es por el bien de España. Es cierto que, en ambos casos, la competencia intrabloque ( PdC con ERC, PP con Ciudadanos) provocara algunas deserciones y que los gritos de traición de los más convencidos serían atronadores, pero los datos y experiencia demuestran que la opinión pública es mucho más moldeable de lo que parece .

Cuando algunos hablamos de que hemos asistido a un fracaso de las élites, que la solución al conflicto catalán es política y apelamos a la responsabilidad de los líderes de ambos bandos, lo hacemos por este motivo. La sociedad catalana está dividida, en gran medida, porque los políticos quieren, no por un clamor popular espontáneo o un nuevo aprecio por el odio al prójimo.

De los políticos depende tener la valentía de dar un paso atrás.


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