OPINIÓN

Legislación y casos extremos

Vermont es un pacífico estado del noreste de Nueva Inglaterra. Sin embargo, tiene una de las leyes sobre delincuencia juvenil más draconianas de Estados Unidos. Allí, la edad mínima para juzgar a un menor de edad como adulto es diez años.

Legislación y casos extremos.
Legislación y casos extremos. Matt Heaton

Vermont es un pacífico estado del noreste de Nueva Inglaterra. Es un lugar de montañas cubiertas de bosques, graneros pintados de rojo, carreteras idílicas bordeando ríos y lagos pintorescos, pueblos con su plaza, iglesia de torre puntiaguda puntiaguda y su pequeña oficina de correos. Es un sitio plácido, próspero y tranquilo, con una peculiar tendencia a abrazar causas progresistas. Bernie Sanders, el “socialista democrático” que tantos problemas le dio a Hillary Clinton en las primarias, representa este Estado en Washington.

La ley data de 1981. Ese año dos adolescentes de Essex Junction secuestraron, violaron y apuñalaron a dos niñas de doce años, matando una de ellas

Vermont tiene también una de las leyes sobre delincuencia juvenil más draconianas de Estados Unidos. La edad mínima para juzgar a un menor de edad como adulto es diez años. Un chaval de 12 años que haya cometido un crimen debido a una apuesta juvenil estúpida, un momento de rebeldía o porque tenía ganas de romper cosas puede acabar en la cárcel durante décadas con un poco de suerte.

La ley data de 1981. Ese año dos adolescentes de Essex Junction secuestraron, violaron y apuñalaron a dos niñas de doce años, matando una de ellas. Los autores del crimen eran James Savage, de 15 años, y Louis Hamlin, de 16. Por aquel entonces, la edad mínima para ser juzgado como un adulto eran 16 años, así que las condenas de ambos fueron completamente distintas. Hamlin fue condenado a 45 años de cárcel. Savage fue condenado a la sentencia máxima para juveniles, dos años de cárcel, saliendo libre al cumplir los 18 sin antecedentes criminales.

Como era de esperar, la indignación popular ante el caso fue enorme. Los legisladores de Vermont aprobaron una ley apresuradamente para que esto nunca se repitiera. Es por este motivo que desde entonces un juez de Vermont puede decidir que cualquier persona mayor de 10 años merece ser juzgada y castigada como un adulto.

Este es un ejemplo claro de una tendencia tristemente común en política, tanto en derecho penal como en otros temas menos dramáticos: la legislación por anécdota

Este es un ejemplo claro de una tendencia tristemente común en política, tanto en derecho penal como en otros temas menos dramáticos: la legislación por anécdota. Un titular, una noticia especialmente dramática o sangrienta, puede hacer que políticos, comentaristas, opinadores profesionales y tertulianos de barra de bar se vuelquen a responder con acciones dramáticas sucesos que a menudo son extremos, extraordinariamente infrecuentes y nada representativos de problemas sociales reales.

El caso de Savage y Hamlin es especialmente curioso. Hamlin sigue en prisión, 36 años después. Tiene 53 años; 36 los ha vivido entre rejas. Desde el 2012 está pidiendo la libertad condicional, hasta ahora sin suerte. Savage, por el contrario, salió de la cárcel para juveniles al cumplir los 18. De él nunca más se supo. Nunca volvió a cometer crímenes o salir en los medios.

La parte del cerebro que controla actos impulsivos y tendencias antisociales no se desarrolla hasta después de la adolescencia

Es probable que Hamlin, si hubiera salido de la cárcel a los 18, hubiera tenido una vida parecida. Psicólogos y expertos sobre delincuencia juvenil llevan décadas señalando que, en la inmensa, abrumadora mayoría de los casos la delincuencia juvenil es más fruto de la inmadurez, una cierta afición al riesgo y presiones sociales que de una tendencia innata a la violencia o criminalidad. La parte del cerebro que controla actos impulsivos y tendencias antisociales no se desarrolla hasta después de la adolescencia. Simplemente, muchos chavales de 16-17 años (porque son casi siempre varones) cometiendo crímenes son demasiado tontitos aún para poder controlarse. En un contexto social de clase media o en un barrio acomodado esta atracción natural por el caos se mantiene bajo control con relativa facilidad, pero en un mal barrio, con malas influencia, es más fácil que emerja.

La evidencia empírica, por tanto, aconseja que la mejor manera de tratar la delincuencia juvenil no es un castigo severo, sino programas de reinserción social bien diseñados para ayudar al adolescente a controlarse hasta que sea adulto. Hay estudios que aconsejan que la edad para juzgar como adultos a delincuentes juveniles debería ser 21 años, no 18 ó 16. Mantener un prisionero un año en la cárcel en Estados Unidos cuesta unos $31.000.  Si Hamlin, como indican los expertos, hubiera sido rehabilitado en sus años de juventud, los contribuyentes de Vermont se podrían haber ahorrado más de un millón de dólares, sin riesgo alguno para nadie.

Hay un porcentaje pequeño, minúsculo, de chavales que son realmente psicópatas, carentes de cualquier atisbo de empatía y humanidad

Obviamente, hay casos extremos. Hay un porcentaje pequeño, minúsculo, de chavales que son realmente psicópatas, carentes de cualquier atisbo de empatía y humanidad. Son la clase de personas sobre las que se hacen películas y series de televisión. Son también extraordinariamente inusuales, hasta el punto que es completamente irracional diseñar la legislación penal bajo la idea que todos los criminales están así de chiflados.

Tras un crimen especialmente espantoso, un ataque terrorista inesperado o un accidente aparatoso es fácil concluir que el gobierno debe hacer algo, y debe hacerlo ahora. Lo que es más complicado, pero mucho más recomendable, es analizar si lo que vemos en los titulares es el fruto de un caso realmente excepcional, el resultado de una serie de casualidades imposibles o la obra de un perturbado aislado o el reflejo de un problema real en cómo hacemos las cosas al que debemos responder.

Políticamente es difícil resistir el impulso a la sobrerreacción, algo que cualquier terrorista de medio pelo sabe de sobras, y busca conseguir de forma desesperada. La reacción natural ante la noticia de un violador reincidente, un crimen pasional o una agresión ante las cámaras es pedir mano dura, sin pensar sobre el coste social y económico de cada medida.

Políticamente es difícil resistir el impulso a la sobrerreacción, algo que cualquier terrorista de medio pelo sabe de sobras

Debemos resistir ese instinto. En los Estados de derecho, los tribunales imparten justicia “en nombre del Rey” (en monarquías parlamentarias), en nombre del pueblo o la república, no en nombre de las víctimas de un crimen. Es un recordatorio que las leyes deben ser diseñadas, escritas e implementadas de modo que sirvan el interés de la mayoría, basando nuestras decisiones en la evidencia empírica, no en los instintos de venganza que puedan surgir en un momento y lugar concretos.

Las tasas de delincuencia juvenil en Vermont, por cierto, son casi idénticas a la de sus estados vecinos en Nueva Inglaterra.


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