Materias grises

Historias de migraciones pasadas

La Primera Guerra Mundial representa, en muchos aspectos, el final de una era. Para Eric Hobsbawn la Gran Guerra fue el final del siglo XIX, el ocaso de la Belle Epoque y la hegemonía europea. Sarajevo, Somme, Tanneberg y Verdún no sólo fueron grandes batallas, sino detonantes de grandes cambios sociales y políticos aún invisibles.

Si hay una serie de políticas públicas que tienen en 1914 un antes y un después extraordinario es la inmigración 

Si hay una serie de políticas públicas que tienen en 1914 un antes y un después extraordinario es la inmigración. Durante todo el siglo XIX las migraciones entre países y continentes eran esencialmente pacíficas, voluntarias, y determinadas por incentivos de mercado (excluyendo, obviamente, la esclavitud). En los años anteriores a la Gran Guerra era perfectamente posible y aceptable viajar por toda Europa occidental sin pasaporte ni documentación alguna. Los permisos de residencia eran ideas extravagantes de regímenes políticos atrasados; Austria-Hungria, un viejo imperio desvencijado, era ese país donde todos los chiflados de Europa podían residir en Viena (Durante unos años Stalin, Trotsky, Freud, Hitler y Tito vivieron en la ciudad al mismo tiempo) sin que nadie se inmutara. 

Al otro lado del Atlántico, aunque Estados Unidos había impuesto restricciones a la inmigración desde China en la década de 1880 por motivos raciales, el país mantenía una política de puertas abiertas hacia el resto del mundo. Ellis Island era un lugar de paso para controlar epidemias; un vez dentro, nunca un inmigrante iba a necesitar un documento para demostrar que estaba en el país legalmente. Son también los años de las grandes oleadas migratorias a Argentina, por aquel entonces uno de los países más ricos y prósperos de la tierra, sin cuotas, límites o barreras fronterizas. 

La Gran Guerra lo cambió todo. Durante el conflicto los países europeos instauraron controles fronterizos por motivos de seguridad. Tras Versalles, los recelos entre países, la creación de nuevos Estados nación identitarios (el triste legado de Woodrow Wilson) deseosos de proteger su soberanía y el resurgimiento de los nacionalismos los hizo permanentes. La movilización militar, la rivalidad naval entre Alemania y Reino Unido, el uso indiscriminado de submarinos y las necesidades bélicas hicieron que las migraciones transatlánticas cayeran en picado durante la guerra.  El  crecimiento del sentimiento anti inmigrante en Estados Unidos en los años posteriores al conflicto, sin embargo, acabó con la imposición de un sistema de cuotas en los años veinte.

Estos días de naufragios en el Mediterráneo no he podido evitar pensar en la Europa que fue, en el mundo abierto, globalizado y sin fronteras de antes de Sarajevo

Estos días de naufragios en el Mediterráneo no he podido evitar pensar en la Europa que fue, en el mundo abierto, globalizado y sin fronteras de antes de Sarajevo. Las políticas de inmigración dentro del viejo continente tienen poco que envidiar a esos días pasados; la caída de las fronteras dentro de la Unión Europea es uno de los grandes logros de los últimos años. Cuando Europa (y en menor medida, Estados Unidos) mira al exterior, sin embargo, esa vieja idea de un mundo cosmopolita, liberal, abierto y sin barreras parece ser una memoria olvidada del pasado, algo que nadie recuerda

La realidad es que la inmigración nos da miedo. Tememos que los recién llegados “cambien nuestra cultura”, como si tuviéramos miedo de que hablar con alguien con acento extranjero hará que ya no nos gusten los toros. Si la cultura europea es tan débil que la apertura de unos cuantos restaurantes pakistaníes hará que esta se desplome quizás realmente merecemos que desaparezca, la verdad. La realidad es que la “cultura” de un país no deja de ser el resultado de la asimilación de ideas ajenas durante décadas. Debemos sacarnos de la cabeza la idea de que debe ser inmutable. Tememos que la inmigración afecte la seguridad ciudadana, por mucho que la evidencia empírica apunte en dirección contraria

Por encima de todo, tememos que los inmigrantes nos empobrezcan, que nos quiten nuestro trabajo, usen nuestros hospitales, compitan por recursos escasos. La realidad es que la inmensa mayoría de estudios empíricos sobre los efectos de la inmigración indican que generan mucha más riqueza e ingresos para el Estado que lo que gastan en servicios, creando crecimiento económico sin apenas costes para la sociedad receptora.

Para los recién llegados, el trasladarse a un país rico conlleva a menudo un aumento astronómico de ingresos y bienestar, el paso del tercer mundo al primero. Para el país que los recibe, el aumento de la cantidad de mano de obra disponible ya de por sí basta para generar crecimiento: la economía tiene más recursos para producir, y las empresas un mercado más grande en el que vender

La comparación más cercana para visualizar el efecto de este cambio es la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral desde la Segunda Guerra Mundial. En vez de aumentar la tasa de paro, lo que hizo fue aumentar el bienestar general.  Si se diera el caso de que la inmigración afectara negativamente a los trabajadores menos cualificados (discutible, pero una posibilidad), el crecimiento generado es más que suficiente para compensar a los perdedores con transferencias o programas de formación.  Una parte importante del crecimiento económico en España en los años de la burbuja se debió a la inmigración, no al ladrillo. Y lo hizo sin excluir a nadie.

Cada inmigrante que dejamos fuera de Europa, cada vida que permitimos que muera ahogada en un pesquero oxidado en el fondo del estrecho, es una inmensa oportunidad perdida

Los naufragios en el Mediterráneo estos días van mucho más allá de la trágica pérdida de vidas humanas. Cada inmigrante que dejamos fuera de Europa, cada vida que dejamos languidecer en un país pobre, desolado y sin oportunidades, cada vida que permitimos que muera ahogada en un pesquero oxidado en el fondo del estrecho, es una inmensa oportunidad perdida. Lo es para el inmigrante que nunca tendrá acceso a la prosperidad del primer mundo, y lo es para una Europa asustada que deja que el miedo se imponga a la lógica.

Una política de puertas abiertas en inmigración no es una idea popular estos días, igual que no lo es recordar la peligrosa trampa demográfica que algún día deberemos afrontar. Si queremos evitar muertes sin sentido, dar a millones de personas que viven en la pobreza una vida mejor y generar crecimiento económico en España y Europa, sin embargo, es la solución evidente. 


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba