Materias grises

Grecia y la soberanía económica

Grecia va camino de unas nuevas elecciones generales, las quintas en cuatro años, con Syriza partiendo como los grandes favoritos para ganar los comicios. Sería la culminación de una larga crisis económica que ha acabado por provocar la desintegración del sistema de partidos del país y el ascenso de un nuevo partido de izquierdas contestatario, anti-elitista y contrario a las políticas de austeridad.

Lo cierto es que los votantes griegos tienen toda la razón del mundo para estar hartos de la situación. El PIB del país ha caído un 25% desde el año 2008; la tasa de paro sigue estando por encima del 25%; las pensiones han sido recortadas un 30%. Aunque la situación económica parece haberse estabilizado, con el paro bajando y el PIB recuperándose lentamente (1,9% de crecimiento el tercer trimestre), es difícil imaginar cómo alguien puede ver la ruina de estos últimos años y no tener ganas de echar a sus gobernantes a patadas.

Syriza promete romper con la ortodoxia económica de estos últimos años, acabando con los recortes, renegociando la deuda del país y aumentando el gasto público

Para salir de este ciclo, Syriza promete romper con la ortodoxia económica de estos últimos años, acabando con los recortes, renegociando la deuda del país y aumentando el gasto público para ayudar a los más castigados por la recesión y modernizar la economía. El problema para Grecia es que Syriza tiene razón en parte de su diagnóstico sobre la crisis, pero parece no entender los motivos que llevaron a ella, o los efectos económicos de sus soluciones.

Empezaremos por el principio: sí, la austeridad en Grecia ha fracasado. Los recortes y subidas de impuestos hundieron la demanda interna, pero la caída de la actividad no vino acompañada de una caída de los salarios o un aumento de la competitividad de la economía del país. Los sueldos nominales no bajan; los trabajadores y empresarios nunca tienen estómago para hacerlo. Subir el IVA y bajar el IRPF y las cotizaciones sociales, la única forma de simular una devolución por la vía impositiva, es una combinación política tóxica y completamente insostenible para cualquier gobernante.

La realidad es que por bien diseñado que esté tu paquete de medidas económicas, estas son completamente inútiles si no hay ningún gobierno que sea capaz de aprobarlas sin suicidarse políticamente. Los últimos años han generado una larguísima lista de cadáveres políticos griegos, todos caídos en acto de servicio aprobando reformas económicas que siempre se quedaban a medias por su insostenible coste político. Incluso si las reformas hubieran dado su fruto a medio plazo, uno no puede pedir que un país se inmole repetidamente y esperar que estas lleguen a buen puerto.

Los gobernantes griegos, en los años anteriores de la crisis, estaban poniéndose hasta las cejas de deuda pública, con un déficit público enorme y completamente insostenible

Esto no quiere decir, no obstante, que la situación griega en el 2008 fuera remotamente sostenible. Los gobiernos de la eurozona pre-recesión eran más o menos torpes, y entendían los problemas y exigencias de la moneda única más o menos bien, pero actuaban, dentro de lo que cabe, dentro de ciertos límites razonables. Los gobernantes griegos, en los años anteriores de la crisis, estaban poniéndose hasta las cejas de deuda pública, con un déficit público enorme y completamente insostenible incluso en tiempos de bonanza, mientras mentían como bellacos en sus cuentas en el Eurostat. De forma completamente inexplicable alguien les dejó entrar en el euro, a pesar que su sector público era un festival del humor que gastaba lo que no tenía (por cierto, siguen inventándose cifras de vez en cuando). El país estaba realmente en quiebra el 2009; era completamente imposible sostener los servicios y gasto público pre-recesión.

Tenemos entonces una serie de políticas públicas de austeridad que no han funcionado para arreglar un problema de deuda pública real e inevitable. Grecia tuvo ya el 2012 una quita de deuda importante, forzando a sus acreedores a tragarse 100.000 millones de euros de deuda impagada de un total de 350.000 millones. Aún con los achaques de la austeridad, las cuentas del estado ahora mismo están casi equilibradas. La deuda sigue siendo desmesurada, así que el gobierno se ve forzado a pagar unos intereses desmesurados para cumplir con sus compromisos. Intereses que, en vista de la creciente inestabilidad, han vuelto a dispararse por encima del 8%. La tentación de un gobierno griego de romper la baraja y exigir una nueva quita es obviamente muy fuerte.

El problema, sin embargo, es qué sucede si Tsipras exige una renegociación bajo amenaza de impago, y las autoridades de la eurozona le dicen que no. Si Syriza se plantara y declarara una bancarrota soberana de forma unilateral, los griegos descubrirían rápidamente por qué esto de la soberanía económica está increíblemente sobrevalorado.

La cosa iría seguramente como sigue: diez minutos después de la declaración de impago, el Banco Central Europeo dejaría de aceptar bonos griegos como colateral, y retiraría toda la liquidez al sistema bancario del país. El sistema bancario griego implosionaría de inmediato, y el gobierno no podría hacer nada para rescatarles, al no tener margen fiscal alguno y no poder pedir créditos. Millones de ahorradores perderían todo su dinero; el resto trataría de sacar del país lo que tienen tan rápido como sea posible. Esto bastaría para enviar la economía griega a una recesión galopante, a la que el gobierno no podría responder ya que nadie le presta dinero. La única opción para evitar males mayores sería obviar el euro y emitir dracmas para cubrir los depósitos bancarios.

La soberanía económica suena muy bien hasta que descubres que no tienes capacidad de maniobra alguna en política económica porque tu país es una tachuela en el sistema internacional

La historia sería ya familiar: una moneda nueva, un gobierno pagando gastos corrientes tirando de imprenta, inflación, depreciación, y salida del euro. A corto plazo, una crisis económica descomunal, con el país empobreciéndose lo indecible debido a la caída del dracma. A medio plazo, Grecia pasaría a ser un país sin capacidad de endeudarse en el exterior (cualquiera se fía) obligado a vivir estrictamente según lo que recauda fuera del euro (si hacen las cosas bien) o sufriendo brotes de inflación periódica (si lo hacen mal). La economía se recuperaría a base de exportaciones, aprovechando la devaluación, y el hecho de convertirse en un destino turístico escandalosamente barato. Pero la vida fuera de la eurozona expondría a Grecia a los vaivenes de los mercados de divisas, forzaría al las empresas del país a endeudarse en moneda foránea, haciéndolas vulnerables, y les cerraría el acceso al mercado europeo. La soberanía económica suena muy bien hasta que descubres que no tienes capacidad de maniobra alguna en política económica porque tu país es una tachuela en el sistema internacional.

Mi sospecha, en este caso, es que Syriza realmente no quiere salir del euro. Tsipras cree que las autoridades de la eurozona temen más las consecuencias de una salida traumática de Grecia que el coste de renegociar la deuda de nuevo. El problema es que es probable que el BCE, Alemania y el FMI sean de la opinión que la salida de los griegos no tendrá efectos secundarios graves: el peso de Grecia en el PIB de la eurozona es minúsculo, tras años de algaradas sólo los kamikazes genuinos siguen teniendo deuda pública griega y el BCE puede regar de liquidez al resto de la eurozona para contener cualquier contagio.

Si Syriza gana las elecciones, y lanza el órdago prometido, es posible que o bien acaben saliendo del euro accidentalmente, o bien que tengan que conformarse con una victoria simbólica y acaben en la misma casilla de salida que sus antecesores. Bajo la pátina populista del partido a menudo tenemos a gente diciendo que creen en el equilibrio presupuestario a ultranza; es muy posible que Tsipras sólo hable con amenazar con el suicidio para ganar votos.

Lo más divertido, sin embargo, es que por mucho que se hable de la inevitable victoria de Syriza, en las encuestas sólo tienen un 28% de intención de voto

Lo más divertido, sin embargo, es que por mucho que se hable de la inevitable victoria de Syriza, en las encuestas sólo tienen un 28% de intención de voto. Con suerte Grecia amanecerá el 26 de enero con un galimatías de partidos tal que la única forma de gobernar sea vía alguna extraña coalición que apenas puedan hacer otra cosa que repartirse ministerios, y todo esto acabe en nada.

Nota final: los orígenes de la crisis en España no vienen de la deuda pública, sino de una burbuja inmobiliaria. Nuestros males y soluciones son distintos; comparar España con Grecia no es válido. Si hay alguien parecido a Grecia ahí fuera es Portugal, aunque ahí el sistema de partidos no se ha desintegrado (todavía).


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