Materias grises

Grecia y la máquina del juicio final

En “Teléfono Rojo: Volamos Hacia Moscú” el embajador soviético revela la existencia de un sistema de armas atómicas llamado la máquina del juicio final. El artefacto consiste en un sistema de respuesta automática que ante cualquier ataque nuclear detonaría una serie de bombas cubiertas de cobalto que eliminarían toda forma de vida de la faz de la tierra. La máquina del juicio final no podía ser desarmada o desactivada: era la garantía que la destrucción mutua asegurada fuera total y completa.

Por desgracia, la máquina del juicio final no cumple su cometido de disuadir a los americanos de lanzar un ataque nuclear: los soviéticos estaban esperando anunciar su existencia en el próximo congreso del PCUS. En el cálculo nuclear, la mejor defensa consiste en la amenaza de represalia, así que mantener la represalia en secreto hacía de ella algo inútil.

En las mentes de los dirigentes griegos el impago es su máquina del juicio final, algo que destruirá la economía de su propio país pero se llevará el resto del continente por delante

Estos días el gobierno griego de Syriza parece estar convencido de estar viviendo un escenario digno de los días de la guerra fría, con dos bandos armados hasta los dientes prometiendo vaporizarse mutuamente en caso de conflicto. Más en concreto, Tsipras y Syriza amenazan con provocar una crisis económica internacional con un impago de deuda y salida del euro si los líderes europeos no acceden a negociar los términos del rescate financiero de su país. En las mentes de los dirigentes griegos el impago es su máquina del juicio final, algo que destruirá la economía de su propio país pero se llevará el resto del continente por delante.

El problema para Tsipras y Grecia, sin embargo, es que parecen haber sobreestimado el temor de sus socios europeos a la detonación incontrolada de su economía. Desde su llegada al poder, el gobierno de Syriza ha recurrido una y otra vez a mensajes altisonantes, demonizando a los representantes electos del resto de países europeos y las instituciones del continente. Desde el principio han insistido en que estaban dispuestos a romper acuerdos anteriores y forzar negociaciones, una y otra vez, cada vez que tuvieran oportunidad. Syriza exigía dinero sin aceptar reformas; los préstamos europeos (ofrecidos con intereses muy por debajo del mercado) iban a ser empleados como ellos quisieran, sin condiciones.

Esto colocaba al resto de dirigentes del continente en una situación un tanto paradójica. Syriza, obviamente, había ganado las elecciones, pero sus promesas electorales de renegociación de la deuda y el final de la austeridad chocaban frontalmente con las promesas que ellos habían hecho a sus votantes. Merkel, Hollande, Rutte o Faymann habían llegado al gobierno diciendo que Grecia sólo iba a recibir un rescate si aceptaba reformas.  El programa de Tsipras consistía en decir que los alemanes, franceses, holandeses y austríacos iban a condonar deudas y eliminar reformas sin contrapartida alguna. Por mucho respeto a la voluntad del pueblo griego que tuvieran, regalar dinero a Atenas era para ellos una forma rápida de perder elecciones.

Los dirigentes europeos probablemente les explicaron esto a los ministros griegos pacientemente el primer día que llegaron a Bruselas. A ver, Alexis, que gané las elecciones prometiendo no perdonar ni un céntimo de deuda. Antes de poder tocar una coma de los acuerdos actuales, tienes que darme algo que pueda vender a mi electorado como una demostración que los griegos no son esos irresponsables que tuvimos que rescatar gastando una millonada, o algo parecido, en lenguaje diplomático.

Tsipras, sin embargo, se negó a dar señales de responsabilidad. Es más, se dedicó a recordar la Segunda Guerra Mundial, hablar sobre lo antidemocráticos que eran todos sus socios europeos y básicamente actuar como si el único que tuviera votantes que satisfacer fuera él. Con la excusa que los problemas actuales de Grecia no eran culpa suya, exigió una y otra vez cambios y más cambios, exasperando a todo el mundo con diatribas inacabables, retrasos constantes y negociaciones sin sentido.

Tsipras ha roto la baraja, provocando que la ira del continente caiga sobre Grecia… y el juicio final parece no haber llegado

Durante estos meses, Syriza ha actuado partiendo de la idea de que Grecia tiene una posición de fuerza: los europeos temen demasiado lo que podría pasar en caso de una salida del euro, así que acabarán por ceder. Su actitud durante los últimos meses, sin embargo, sumada a la aparente calma de los mercados financieros cada vez que Tsipras o Varoufakis llevaba a algún consejo europeo hasta altas horas de la madrugada, probablemente les ha hecho cambiar de opinión. Los dirigentes europeos sospechan que una salida griega del euro quizás no sea un problema tan grave para el resto del continente. Están preparados, el BCE tiene un presidente activo y competente y la inmensa mayoría de la deuda griega está ya en manos públicas (FMI, BCE, SME y otros gobiernos) así que el sistema financiero continental no se verá afectado. Además, así se librarán de estos pesados que insisten que cuando hacen caso a sus votantes son antidemócratas.

El resultado para Grecia ha sido el que hemos visto estos días: Tsipras ha roto la baraja, provocando que la ira del continente caiga sobre Grecia… y el juicio final parece no haber llegado. La tímida recuperación económica del año pasado se ha esfumado, los inversores huyen del país, el sistema financiero iba camino de un pánico bancario y la crisis ha vuelto con aún más intensidad. El corralito está ahogando la economía griega, y será complicado levantarlo a corto plazo. En vez de destrucción mutua asegurada, Syriza parece haber provocado únicamente la destrucción en Grecia.

La realidad es que el referéndum del domingo como lo ha planteado Syriza es increíblemente estúpido. Si Tsipras gana la votación y los griegos dan un “no” rotundo a las condiciones del rescate, los dirigentes del resto del continente seguirán teniendo exactamente la misma estructura de incentivos que han tenido hasta ahora. Los votantes alemanes, belgas, franceses, holandeses o austríacos no quieren dar más dinero a Grecia. El referéndum no hará más que confirmarles que el electorado griego es igual de irresponsable que sus dirigentes, haciendo aún más difícil para los políticos del norte de Europa ofrecer concesiones en cualquier acuerdo.

Un “sí”, en cambio, crearía el escenario opuesto: Tsipras a buen seguro perdería el cargo, y los políticos del resto del continente podrían vender a sus votantes que los griegos han apostado por la responsabilidad. Para Merkel será mucho más fácil aceptar concesiones y una quita de deuda si desde Atenas se habla de reformas y no de la ocupación nazi. Cuando desde Bruselas dicen que la votación es un sí o no a permanecer en Europa, no exageran demasiado.

En este debate Grecia realmente no tiene mucho que hacer, aparte de no cometer suficientes estupideces como para conseguir auto expulsarse de la eurozona

La negociación importante para solucionar la crisis griega no es entre Atenas y Berlín, o entre el pueblo griego y los mercados. La negociación real, y la única que puede salvar la eurozona a largo plazo, es entre los políticos e instituciones del continente que creen en la moneda única y quieren avanzar hacia una Europa unida y los votantes del norte de Europa temerosos del despilfarro ajeno.  El futuro del continente depende de que los políticos alemanes, austríacos, finlandeses o franceses sean capaces de superar el colosal escepticismo de sus electorados para construir una Europa realmente integrada con instituciones y fiscalidad común, donde los rescates financieros de emergencia dejen de ser necesarios.

En este debate Grecia realmente no tiene mucho que hacer, aparte de no cometer suficientes estupideces como para conseguir auto expulsarse de la eurozona. Por mucha razón que tenga Syriza sobre cómo la austeridad ha destruido la economía griega y los enormes errores de la troika, la realidad es que su aportación al debate está haciendo el trabajo de los europeístas más difícil, no menos.

Una nota final: nada garantiza que una salida incontrolada de Grecia del euro realmente no acabe por provocar una crisis económica en todo el continente. El punto crucial, ahora mismo, es que en Bruselas nadie parece creer ya que esto sea así para nadie que no sean los griegos.

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Foto: Peter Sellers como el Dr. Strangelove en la película de Stanley Kubrick 'Teléfono rojo, volamos hacia Moscú' (1964)


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