OPINIÓN

Genios, negocios y suerte

Los titanes del capitalismo son tipos listos, pero eso no basta. Las grandes fortunas, las empresas que realmente se convierten en gigantes de su industria, casi de forma invariable nacen justo cuando está empezando una revolución tecnológica.

Genios, negocios y suerte.
Genios, negocios y suerte. Gtres

John D. Rockefeller nació en Richford, Nueva York, en 1839. Su carrera profesional empezó en 1855, en Cleveland, como contable en una firma comercial. Trabajó duro esos primeros años, lo suficiente como para poder pagarse sustitutos que fueran al frente durante la guerra civil. En 1865, justo antes de que acabará la guerra, Rockefeller se convirtió en socio único de su compañía tras comprarla en subasta echando a sus socios. A los 26 años, con una década de experiencia a sus espaldas, fue cuando empezó a invertir en el negocio que le haría el hombre más rico de la tierra.

En esa misma época, los primeros pozos de petróleo de Estados Unidos fueron descubiertos en Pennsylvania. Fue un golpe de suerte: la guerra había provocado serios daños a la flota ballenera de Nueva Inglaterra, y el keroseno (también un invento reciente) era un sustituto perfecto para lámparas e iluminación. Cleveland era la ciudad más cercana a los nuevos yacimientos petroleros con acceso al ferrocarril y los puertos de los grandes lagos.

Rockefeller, por azares del destino, estaba en el lugar adecuado en el momento preciso para construir una refinería

Rockefeller, por azares del destino, estaba en el lugar adecuado en el momento preciso para construir una refinería. Era joven, ambicioso, tenaz y valiente; un hombre de negocios brillante. También fue alguien que tuvo la inmensa fortuna de que el negocio que iba a definir la economía mundial durante el próximo siglo y medio explotara justo al lado de su oficina, exactamente cuando empezaba su carrera tras haberse librado de luchar en la guerra civil.

Si miramos las biografías de otros grandes potentados de la Gilded Age, los años dorados del capitalismo americano durante la segunda revolución industrial, nos encontramos con historias parecidas. Jay Gould (magnate de los ferrocarriles) nació en 1836, también en Nueva York, y también se libró del servicio militar. Andrew Carnegie (acero) nació en 1835 en Escocia, pero su familia emigró a Pennsylvania cuando era un niño. Trabajó como ferroviario durante la guerra civil para el Pennsylvania Railroad. J.P Morgan (finanzas) nació en 1837 en Connecticut, y también se libró del frente pagando sustitutos mientras trabajaba en Londres de banquero. Jacob Shiff (finanzas) nació en 1847, y llegó como inmigrante a Nueva York en 1865, al final de la guerra. Henry Clay Frick (acero) nació en 1849 en Pennsylvania, y no fue a la guerra por ser demasiado joven.

Hay toda una generación de hombres de negocios legendarios que comparten en su biografía el hecho de nacer en la décadas de 1830 y 1840

No es casualidad: hay toda una generación de hombres de negocios legendarios que comparten en su biografía el hecho de nacer en la décadas de 1830 y 1840, no servir en el frente durante la guerra civil, y empezar sus negocios justo cuando Estados Unidos empezaba su inexorable marcha hacia convertirse en una superpotencia económica.

No hace falta remontarse al siglo XIX, sin embargo, para ver fenómenos parecidos. Bill Gates, fundador de Microsoft, nació en 1955. Paul Allen, su socio, es de 1953. Steve Jobs, fundador de Apple, es de 1955. Steve Wozniak es de 1950. Flanqueando esta generación, hay un grupo de pioneros un poco más viejos con empresas que no llegaron a prosperar (Nolan Bushnell, Atari, nacido en 1943; Clive Sinclair, 1940; Alan Sugar, Amstrad, en 1947; Jack Trammiel, Commodore, 1928), que llegaron a la informática personal antes que fuera realmente viable. Tras ellos tenemos la generación de empresarios de internet (Musk, Paypall, 1971; Larry Page y Sergey Brin, Google, ambos de 1973; Jeff Bezos, Amazon, 1964; Richard Barton, Expedia, 1967; Michael Dell, 1965; Travis Kalanick, Uber, 1976; Peter Thiel, Palantir, 1967; Pierre Omidyar, Ebay, 1967), que pudieron montar su negocio y prosperar sobre la infraestructura creada por sus antecesores.

Aquellos que tuvieron la suerte lanzar su carrera de emprendedores exactamente cuándo eclosionaba una nueva industria partían con ventaja

De nuevo, hay un patrón claro. Microsoft y Apple son las herederas de años de inversiones en I+D del gobierno federal americano, Intel, IBM, Hewlett-Packard, Xerox, Texas Instruments y Bell Labs, que lanzaron sus compañías justo cuando los semiconductores y el precio de la memoria bajaron hasta el punto de ser productos de consumo viables. Estaban en el lugar adecuado en el momento preciso, ni antes ni después. La generación de internet lanza sus negocios 20 años después, cuando los ordenadores de Gates y Jobs son lo suficiente potentes como para conectarse de forma competente a internet, otro proyecto del departamento de defensa de Estados Unidos. Aquellos que tuvieron la suerte lanzar su carrera de emprendedores exactamente cuándo eclosionaba una nueva industria partían con ventaja.

Por supuesto, los logros de todos estos titanes de la industria y finanzas son indudablemente enormes, y sólo llegaron a la cima tras derrotar a cientos de competidores. John D. Rockefeller, Jay Gould, Jeff Bezos y demás siempre fueron tipos brillantes, que han trabajado muchísimo para estar donde están. También es innegable, sin embargo, que su carrera está marcada tanto por su talento como el momento en el que nacieron.

Los titanes del capitalismo son tipos listos, pero eso no basta. Las grandes fortunas, las empresas que realmente se convierten en gigantes de su industria, casi de forma invariable nacen justo cuando está empezando una revolución tecnológica. Más que innovadoras, son empresas inevitables: el boom del petróleo iba a suceder sí o sí en los 1860s, los ordenadores iban a dominar el mundo en los 1980s, e internet necesitaba un buscador/agencia de publicidad en los 2000s. El mérito de los Gates, Rockefellers, Pages, Brins y demás es haber sabido abrirse paso a codazos, tener exactamente lo que IBM necesitaba en el momento preciso o un algoritmo especialmente ingenioso antes que nadie, no sacar una invención maravillosa de la nada.

La innovación, en realidad, nunca es fruto de una empresa o de una persona. El contexto, la infraestructura, el mundo donde una empresa se mueve, crece y desarrolla sus productos son una parte crucial de su éxito o fracaso

Un producto como el iPhone es el resultado de decenas de desarrollos previos, desde cristales irrompibles pasando por comunicaciones inalámbricas, software, semiconductores, pantallas táctiles, miniaturización de sensores, logística, minería y un largo etcétera que una horda de ingenieros en Apple agregó en un solo producto. En cierto sentido, alguien iba a inventarlo tarde o temprano. Steve Jobs y su equipo fueron quienes lo hicieron mejor.

La innovación, en realidad, nunca es fruto de una empresa o de una persona. El contexto, la infraestructura, el mundo donde una empresa se mueve, crece y desarrolla sus productos son una parte crucial de su éxito o fracaso. Debemos olvidarnos del mito del emprendedor heroico, genio solitario que emerge de la nada para dominar una industria, y pensar más en cómo cualquier industria, nueva o vieja, es el resultado de décadas de innovaciones, infraestructura, conocimientos acumulados e invenciones acumuladas.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba