OPINIÓN

Disciplina fiscal e ideas espantosas

Para construir un país que respete el orden, la decencia y la dignidad de las personas y los valores tradicionales no debemos gobernar como lo haría el Dios del Antiguo testamento.

Disciplina fiscal e ideas espantosas.
Disciplina fiscal e ideas espantosas. Fabian Blank

En política es fácil confundir los medios con los fines.

En los debates a ambos lados del Atlántico no es inusual ver a dirigentes y legisladores defender con vehemencia medidas, regulaciones o políticas concretas como si fueran un bien en sí mismas, sin pararse a pensar sobre sus efectos. En tertulias y discursos vemos como políticos de todos los colores atribuyen a mecanismos y normas legales o decisiones un valor moral por ellas mismas, defiendo su aprobación porque comparten estructuras o valores con las ideas que un dirigente dice defender.

Esta clase de fascinación con los medios en vez de con los fines lo vemos tanto en la izquierda como en la derecha. Hay una cantidad francamente ridícula de políticos conservadores que están obsesionados con mantener una moneda fuerte, por mucho que la “fortaleza” de una moneda no deje de ser un mal símil para decir que una divisa es cara en el mercado abierto. La llegada del euro quitó esta manía de las manos de las élites españolas, pero el evangelio de la moneda fuerte a menudo ha guiado las decisiones del Banco Central Europeo.

En la izquierda, el fetiche recurrente en España ha sido de siempre las desastrosas instituciones que definen nuestro horriblemente disfuncional mercado laboral, pero la lista de obsesiones legislativas progresistas es larga. Cosas como las regulaciones urbanísticas que limitan el crecimiento de las grandes ciudades, la oposición a los transgénicos, la afición a subvencionar productos culturales aleatorios, la banca o la televisión pública son recurrentes.

El origen de estas posturas no es una reflexión sobre sus efectos, sino que “suenan bien” a oídos conservadores o progresistas. Queremos una moneda fuerte, porque la fortaleza, la ley y el orden son valores tradicionales. Queremos que despedir sea caro porque los empresarios siempre quieren lo peor para sus trabajadores. El crecimiento urbano debe ser controlado porque la naturaleza es buena y las ciudades son artificiales. Los transgénicos son productos artificiales creados por empresarios que no nos quieren. La cultura debe llegar a las masas, por mucho que el obrero no tenga el más mínimo interés en aguantar tres horas de Wagner en el Real. La banca pública es buena porque lo público es mejor que lo privado. Y así con todo.

De todos los fetiches políticos ahí fuera, sin embargo, el más dañino ha sido el fetiche conservador con la disciplina fiscal.

Vaya por delante: mantener las cuentas públicas saneadas, la deuda manejable y un sistema recaudatorio eficiente no es sólo buena idea, sino que es condición necesaria para casi cualquier cosa que venga después. La base del sistema de bienestar y los derechos sociales es tener una administración pública que pueda pagar las facturas y no ofrezca servicios que no pueda pagar.

Hay un sector ruidoso de la izquierda que parece estar convencida que uno puede recaudar todo lo que quiera o que el gasto público por sí mismo genera suficiente crecimiento económico como para que se pague solo. Ambas ideas son fetiches absurdos. Me refiero, en este caso, a la idea de muchos políticos conservadores que la deuda pública siempre es mala, el gobierno siempre debe aspirar a gastar menos y mantener el déficit siempre a cero es un objetivo en si mismo. La austeridad, en el fondo, es un valor conservador.

Esto sería una obsesión de poca monta si los políticos de derechas no insistieran en aprobar medidas que anteponen esta idea abstracta de rectitud fiscal al objetivo de buscar el bienestar general, sin reparar en sus consecuencias. Lo vimos a menudo durante la crisis de la eurozona, y lo estamos viendo estos días con una idea increíblemente estúpida que varios senadores republicanos están trabajando para incorporar en la reforma fiscal de Trump.

Lo de “reforma fiscal”, por cierto, es ser generoso. El plan de los republicanos es una bajada de impuestos descomunal a las empresas y los más ricos, y una subida de impuestos a medio plazo a todo aquellos que ganan menos de $75.000 al año. Es una reforma cómicamente regresiva, casi una parodia de lo que es ser de derechas, en flagrante contradicción con todas las promesas de Trump durante la campaña.

A pesar de que todos los expertos independientes estiman que el plan costará $1,5 billones de dólares durante los próximos diez años y aumentará la deuda pública en un número cercano a esa cantidad, casi todo el partido se ha autoconvencido que la actividad económica generada por darle toneladas de dinero a los ricos hará que se pague solo. Poco importa que las empresas estén ahora mismo en beneficios récord y que los ricos tengan más dinero que nunca, o que toda la evidencia empírica indique lo contrario.

La cuestión, sin embargo, es que el partido republicano sigue siendo el de la “responsabilidad fiscal”, y algunos senadores no acaban de estar seguros de los poderes mágicos de darle más millones de dólares a Jeff Bezos. El déficit del gobierno federal americano se había reducido de forma considerable en los últimos años de la administración Obama. Como medida de precaución para que la bajada de impuestos no provoque que el déficit público se dispare, estos legisladores han convencido a Trump y al resto del partido para que incluyan un “detonador” ante déficits excesivos. Si la recaudación fiscal de aquí unos años no está siguiendo la (fantasiosa) trayectoria esperada y resulta que bajar impuestos aumenta el déficit, la ley establecería que los impuestos volverían a subir automáticamente.

Aunque esto suena sensato, es una idea espantosa. Primero, porque la economía americana ahora mismo está creciendo a buen ritmo, así que aumentar el déficit con una rebaja fiscal es peligroso. Los gobiernos que quieren ser responsables fiscalmente buscan ahorrar dinero cuando las cosas van bien, reduciendo el déficit o incluso teniendo superávits en tiempos de bonanza; aumentar la deuda cuando las cosas van bien limita la capacidad de respuesta en caso de crisis. Segundo, es muy probable que la economía americana entre en recesión en los próximos años (básicamente porque le toca – la expansión actual es de las más largas de la historia), y con ello el gobierno federal experimente una caída de ingresos y un aumento del déficit. Eso provocaría, bajo esta propuesta, que los impuestos subieran automáticamente en medio de una recesión. Todos hemos visto en Europa el resultado de esta clase de ajustes en medio de una crisis.

De nuevo, estamos ante el triunfo del método sobre los fines: los republicanos en Estados Unidos, y los conservadores en Europa, nunca parecen preocuparse sobre los efectos de la disciplina fiscal sobre el país. Simplemente creen que ser adusto, disciplinado y severo, castigando a los niños cuando se portan mal es algo moralmente recio y conservador, y actúan en consecuencia.

La realidad es que las políticas públicas no reflejan valores; los fines que perseguimos conseguir con ellas son lo que debería preocuparnos. Para construir un país que respete el orden, la decencia y la dignidad de las personas y los valores tradicionales no debemos gobernar como lo haría el Dios del Antiguo testamento, sino aplicar políticas públicas que reducen la tasa de crimen, refuerzan la familia tradicional, la meritocracia, productividad y el aprecio por el trabajo bien hecho. Esto puede implicar hacer cosas como reducir la contaminación ambiental para reducir el crimen (no bromeo), clases de educación sexual y reparto gratuito de anticonceptivos (ambas medidas reducen embarazos adolescentes), promover la igualdad de oportunidades y la competencia e invertir en I+D. Algunas de estas medidas pueden sonar como “de izquierdas”, pero sus resultados son consistentemente conservadores – y son una buena idea.

Olvidémonos de fetiches y de defender políticas públicas porque sí. El fin no justifica los medios, pero desde luego los medios no pueden ni deben ser un sustituto de nuestros fines.


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